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Amélie Nothomb – Un viaje de letras

“-¿Entonces sigue creyendo que Dios existe?

-Sí, puesto que no dejo de insultarlo.

-¿Y por qué le insulta?

-Para obligarle a reaccionar. No funciona. Permanece impasible, sin dignidad ante mis injurias. Incluso los hombres son menos blandos que él. Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece callado.

-¿Y qué le gustaría que hiciese? ¿Que le fulminara con su ira?

-Creo que lo confunde con Zeus, caballero.”

Cosmética del enemigo (2001)
Amélie Nothomb

Confieso que me acerqué con cuidado a ella. Había oído hablar de la Nothomb pero siempre recibía con recelo las opiniones, como escucho a mi abuela cuando me habla de esa chica de la frutería que tengo que conocer porque es hacendosa y limpia y también está soltera y mayor.

No sé de dónde me habría venido la duda sobre Amélie Nothomb. No había leído nada sobre ella y todas las opiniones eran favorables, o sea que no pintaba mal para una lectura de esas de relajar los músculos. Quizás es porque había demasiados libros suyos en la biblioteca, algo que me suele producir rechazo. O quizás porque es mujer y llevo implícito en mi subconsciente un machismo literario que sería suficiente para enviarme mil años atrás y dejarme allí colgado. Esto último lo decía en broma. Bueno, sí, la intención era la broma, pero ahora mismo me está entrando una duda de autoconocimiento que me empieza a preocupar: reviso el blog y sólo tengo dos nombres de mujer, uno de una norteamericana desconocida que escribe de miedo –Ann Beattie– y otro de una escritora intimista, dulce, con mucho talento para la construcción de personajes, pero que en mi opinión se pasó de líneas en su primera novela y a la que no traté muy bien en el comentario –Leticia Sigarrostegui-. ¡Joder, yo que me creía un tipo moderno y voy a acabar siendo un cavernícola! ¿Realmente puedo yo ser machista, algo que no me había ni remotamente planteado? ¡Abuela, llama a la frutera, que acabo de descubrir que tenías razón, que necesito a una mujer limpia que me cuide la casa, planche y cocine mientras veo con los amigotes el fútbol!

Bueno, volvamos a Amélie Nothomb, que a este paso pierdo la mitad de mis lectores -contando con que la paridad se aplique también al blog-. Sea por lo que sea, y olvidando esa sospecha que me ha entrado en el párrafo anterior, confieso que nunca me había acercado a la escritora belga nacida en Japón. Para remediarlo, la mejor manera fue coger el libro más fino que encontré –Cosmética del enemigo– y empezarlo a leer. Tenía unos minutillos de descanso, así que me puse a hojearlo sin mucha fe y… no salí de la biblioteca hasta acabarlo. Vale que el libro es breve, su lectura completa no dura más de una hora, pero cayó como un vendaval.

En cuatro páginas me vi enganchado en una conversación estúpida entre un señor que lee mientras espera la salida del avión, y un pesado impertinente que empieza a hablarle y a perseguirle hasta que consigue ser escuchado. Conforme avanzan las hojas, la conversación se va haciendo más densa e incómoda mientras el pesado se encuentra cada vez más en su salsa. El otro, el lector, quiere huir pero poco a poco se ve metido de lleno en la trama, y contempla cómo su vida se desmorona poco a poco. Mientras avanzamos por la Cosmética del enemigo, el tono anímico sube al mismo tiempo que la altura intelectual y el relativismo que preside las vidas de los contendientes. En ocasiones, incluso se cita a personajes como Spinoza o Pascal. Por cierto, ¿alguien sabía que la palabra cosmética no se refiere únicamente a esos embellecedores para humanos, sino que tiene origen en la fuerza que regula los mecanismos del universo -cosmos-? Hay momentos en que parece que la tensión ha alcanzado el límite, pero siempre aparece un detalle más, otro dato, que aumenta la tirantez.

Al final, tras un inesperado y violento viaje de letras, levanté la vista y volví a reconocer la biblioteca. Respiré hondo, dejé Cosmética del enemigo en su estantería, recogí las cosas, y me fui a casa. Ahora lo pongo aquí para recordarlo. ¡Ah! Y también para dar el primer paso en la lucha que acabo de empezar para acabar con mi machismo cultural. Espero hacerlo con rumbo y lógica, no como otros que quién sabe en qué estarán pensando.