Archivo de la categoría: ’90 (S. XX)

J. M. Coetzee – ¿Por qué no escuchan?

Él no entiende por qué las ovejas aceptan su destino, por qué en lugar de rebelarse van dócilmente hacia la muerte. Si los antílopes saben que no hay nada peor en la tierra que caer en las manos de los hombres y luchan por escapar hasta el último aliento, ¿por qué son las ovejas tan estúpidas? Son animales, después de todo, poseen los finos instintos de los animales: ¿por qué no escuchan los últimos balidos de la víctima tras el cobertizo, olisquean su sangre y toman nota?

Infancia
J. M. Coetzee (1998)

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Michel Houellebecq – Todos estamos interpelados

Mi propósito no es hechizarte con sutiles observaciones psicológicas. No ambiciono arrancarte aplausos con mi sutileza y mi sentido del humor. Hay autores que ponen su talento al servicio de la delicada descripción de distintos estados de ánimo, rasgos de carácter, etc. Que no me cuenten entre ellos. Toda esa acumulación de detalles realistas, que supuestamente esboza personajes netamente diferenciados, siempre me ha parecido, perdón por decirlo, una pura chorrada. Daniel, que es amigo de Herve pero que siente algunas reticencias respecto a Gerard. El fantasma de Paul, que se encarna en Virginia, el viaje a Venecia de mi prima…, así nos podríamos pasar horas. Lo mismo podríamos observar a los cangrejos que se pisotean dentro de un tarro (para eso basta con ir a una marisquería). Por otra parte, frecuento poco a los seres humanos.
Al contrario, para alcanzar el objetivo que me propongo, mucho más filosófico, tengo que podar. Simplificar. Destruir, uno por uno, multitud de detalles. Además, me ayudará el simple juego del movimiento histórico. El mundo se uniformiza ante nuestros ojos; los medios de comunicación progresan; el interior de los apartamentos se enriquece con nuevos equipamientos.Las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, lo cual reduce otro tanto la cantidad de anécdotas de las que se compone una vida. Y poco a poco aparece el rostro de la muerte, en todo su esplendor. Se anuncia el tercer milenio.

Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq

Alguna vez me han dicho que escribo de forma parecida a Michel Houellebecq. Creo que no es cierto, pero me hace mucha ilusión. Por varios motivos. De entrada, siempre me hace seguidor de su particular forma de ver la vida; y además no conoce el concepto de lo políticamente correcto, lo que lo hace más interesante. Pero no, no escribo tan bien. Me queda el consuelo de que yo parezco más majo.

Es curioso que mis dos primeras entradas literarias del renacido blog versen sobre Houellebecq, un autor que tiene entre sus principios una indisimulada ansia de destrucción. Casualmente la misma que tienen aquellos blogueros a los que critiqué en mi primer post. Es, pues, uno de mis retos saber por qué Houellebecq me parece un crack, y los blogueros malditos unos farsantes con ínfulas.

Una de las sensaciones más satisfactorias es leer esas cargas de profundidad que lanza contra la estructura de la sociedad actual. Cómo carga contra el consumismo, contra la búsqueda del éxito personal a través del reconocimiento social. Nosotros que leemos, que no tenemos grandes necesidades, seres evolucionados que hemos sabido salir del sistema que denunciamos, deberíamos leer a Houellebecq. Porque nos enseña que no es verdad que hayamos salido, que aún tenemos que intentarlo mucho. No son solo los ricos, los poseedores del capital, o los malvados empresarios los causantes de los males del mundo. Somos nosotros quienes fomentamos esta sociedad. Tú y yo, esos miserables.

Leer Ampliación del campo de batalla es reconocer que formas parte de la burguesía malvada contra la que luchas, que todos tus actos están encaminados a medrar en la sociedad del consumismo.

¿Que no? A mí me gusta cómo me queda esa camiseta y tomarme dos cervezas de vez en cuando, pero no lo asocio con ninguna forma de competencia empresarial, o con ningún gen intrínsecamente malo que me configure. Tampoco creo que colabore a hundir el mundo mi afición por escribir un blog o comprar un día comida más apetitosa.

Pero Houellebecq demuestra que sí, que yo también soy digno de vergüenza. Con esa facilidad que tiene para hacer un totum revolutum con la vida y las ideas, con esa sencillez para contar las cosas de otra manera; consigue que me arrepienta de casi todas mis acciones cotidianas. Consigue ampliar el campo de batalla desde el mundo empresarial donde yo lo tenía confinado, hasta colocarme en la línea del frente.

Y tras sentirme interpelado y querer refutar sus ideas me doy cuenta de que no es posible. De que me ha convertido tan crítico como antes, pero mucho más autocrítico. Que sabemos que no es lo mismo. Después de leerlo sé que volveré a caer en todas las cosas que hago mal, que volveré a pelear en esos campos de batalla que yo creía ajenos. Pero ahora por lo menos lo haré sabiendo quién soy y lo que estoy haciendo. Y podré perder, entonces, sin creer que me he dejado una parte de mi vida en esa lucha.

Y eso es bueno.

Ampliación del campo de batalla es una lectura apta para quien quiera remover los pilares sobre los que cree que vive. También sé de otros que nunca se lo leerían. Pero se lo voy a recomendar, por si acaso. No se lo pierdan:

– Discutidores de barra de bar
– Blogueros incendiarios
– Escritores noveles que pretendan glosar los grandes sentimientos
– Los amantes de lo políticamente correcto

Creo que, después de escribir esta entrada, acabo de entender por qué Houellebecq me gusta y los blogueros incendiarios me ponen nervioso.

El jueves subiré una de las entradas de mi viejo blog. Hablaba de La posibilidad de una isla, el último libro de Houellebecq editado en español, de 2005. Hoy hablo del primero que escribió, Ampliación del campo de batalla, otro monstruo narrativo y destructor de conciencias acomodadas. Con el tiempo me gustará comentar aquí PlataformaLas partículas elementales, pero hay que dejarlos reposar y que me peguen todo el golpe que me merezco. Empiezo, pues.

Tim O’Brien – Sobre la verdad en literatura

Puedes reconocer una auténtica historia de guerra por las preguntas que haces. Alguien cuenta una historia, digamos, y cuando termina preguntas: ¿Es auténtica?, y si la respuesta es importante, ya tienes tu respuesta. Por ejemplo, todos hemos oído ésta: Cuatro soldados van por un sendero. Aparece una granada volando. Uno de ellos se lanza sobre la granada y «absorbe» la explosión, y salva a sus tres compañeros.

¿Es auténtica?

La respuesta es importante.

Te sentirías engañado si nunca hubiese ocurrido. Sin la base de la realidad, no es más que mera propaganda, Hollywood puro, falsa en el sentido de que todas las historias son falsas. Sin embargo, aun cuando hubiese ocurrido -y tal vez ocurrió, todo es posible-, incluso entonces sabes que no puede ser auténtica, porque una auténtica historia de guerra no depende de ese tipo de verdad. Que haya ocurrido punto por punto es irrelevante. Una cosa puede ocurrir y ser pura mentira, o puede no ocurrir y ser más verdadera que la verdad. Por ejemplo: Cuatro hombres van por un sendero. Aparece una granada volando. Uno de ellos salta sobre la granada y «absorbe» la explosión, pero es una granada muy potente y todos mueren. Antes de morir, sin embargo, uno de los soldados dice: «¿Por qué lo hiciste?», y el que saltó dice: «Es la historia de mi vida, hombre», y el otro trata de sonreír, pero está muerto.

Esa es una historia auténtica que nunca ocurrió.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon
Tim O’Brien

Según Tim O’Brien, la franja entre la verdad y la propaganda no depende de lo fiel que la historia es a la realidad, sino por la necesidad que la propia narración tiene de estar apoyada por esta. Las historias de guerra no son limpias y evidentes, ni permiten extraer lecciones morales. Las historias de guerra de pérdidas, o de suciedad, son verdad por sí mismas. No hace falta que la realidad las corrobore. Por eso, cuando se lee Las cosas que llevaban los hombres que lucharon -pensabais que era Stieg Larsson el inventor de los títulos largos, ¿eh?-, uno nunca se pregunta si la historia que se relata fue real o no. No es importante saberlo.

Trata sobre la guerra de Vietnam. Sí, esa que hemos visto infinitas veces en películas. Esa. En principio pensé: vaya coñazo, un libro sobre la guerra de Vietnam. Pero no, no sólo no se hace coñazo sino que se ha convertido en un auténtico descubrimiento. O’Brien engancha al lector con actos de personas que sobreviven a un miedo permanente, uno que no se marcha cuando termina la película. En ese lugar nadie está a salvo. Ni de día ni de noche. Y es en ese opresivo ambiente donde tienen lugar las historias que relata O’Brien, todas sin duda verdaderas. Sin moralejas. Además, Las cosas que... incluye el fragmento que cito arriba, y que para mí ha supuesto una inesperada lección de narrativa.

Como todavía no he completado ninguna entrada en el blog con dos fragmentos de novela, y siempre tiene que haber una primera vez, añado otro capítulo de lectura fácil. El libro entero está compuesto por píldoras pequeñas de historias lanzadas a bocajarro, sin azúcar ni juicios.

Es de agradecer que sea así.

Una mañana de fines de julio, mientras patrullábamos por los alrededores de la pista de aterrizaje Caimán, Lee Strunk y Dave Jensen empezaron a pelearse a puñetazos. Era por algo estúpido -la desaparición de una navaja-, pero aun así luchaban con ferocidad. Durante cierto tiempo hubo un toma y daca, pero Dave Jensen era mucho más corpulento y más fuerte, y pronto pasó un brazo alrededor del cuello de Strunk y le obligó a doblegarse sin parar de golpearle en la nariz. Le pegaba fuerte. Y no se detuvo. La nariz de Strunk emitió un brusco chasquido seco, como un cohete, pero incluso entonces Jensen siguió golpeándole, una y otra vez, con rápidos puñetazos rígidos y certeros. Tuvimos que ser tres los que los separaran. Cuando terminó, tuvieron que trasladar a Strunk en helicóptero a la retaguardia, donde le arreglaron la nariz, y dos días después se reunió con nosotros llevando una férula y montones de gasa.

En otras circunstancias, aquello podría haber terminado allí. Pero estábamos en Vietnam, donde los hombres llevaban armas, y Dave Jensen empezó a preocuparse. Pero el problema estaba sólo en su cabeza. No hubo amenazas, ni promesas de venganza, sólo una tensión silenciosa entre ellos que hacía que Jensen tomara precauciones especiales. Cuando iba de patrulla tenía el cuidado de fijarse bien por dónde andaba Strunk. Cavaba su pozo de tirador en el extremo más alejado del recinto defensivo; mantenía la espalda cubierta; evitaba situaciones que pudieran dejarlos a los dos a solas. Poco a poco, después de una semana así, la tirantez empezó a crear problemas. Jensen no podía relajarse. Era como combatir en dos guerras distintas, decía. No había terreno seguro: enemigos en todas partes. Ni frente ni retaguardia. Por la noche le costaba dormir porque sentía temor; siempre estaba en guardia: oía ruidos extraños en la oscuridad, imaginaba que una granada rodaba dentro de su pozo de tirador o que la punta de un cuchillo le hacía cosquillas en la oreja. La distinción entre buenos y malos desapareció para él. Incluso en momentos de seguridad relativa, mientras los demás nos lo tomábamos con calma, Jensen se quedaba sentado con la espalda contra un muro de piedra y el arma cruzada sobre las rodillas, vigilando a Lee Strunk con ojos rápidos, nerviosos. Por último llegó al punto en que perdió el control. Algo debió de reventar. Una tarde empezó a disparar su arma al aire, aullando el nombre de Strunk, y siguió disparando y aullando hasta que vació el cargador. Estábamos todos pegados al suelo. Nadie tenía el valor de acercarse a él. Jensen empezó a recargar, pero entonces, de pronto, se dejó caer sentado y se agarró la cabeza con las manos y no se movió. Durante dos o tres horas que quedó, sencillamente, sentado.

Pero eso no fue lo más extraño.

Porque más tarde, esa misma noche, pidió prestada una pistola, la cogió por el cañón y la usó como martillo para romperse la nariz.

Después cruzó la posición hasta el pozo de tirador de Lee Strunk. Le mostró lo que se había hecho y le preguntó si estaban en paz.

Strunk asintió y dijo que estaban en paz.

Pero por la mañana Lee Strunk no paraba de reírse.

-¡Ese tío está loco! -decía-. ¡Yo le robé la jodida navaja!

Ray Loriga – Cosas que le pasan a uno

En una cafetería francesa, en lo que sería el centro de Tucson si Tucson tuviera centro, una mujer afroamericana de unos treinta me pregunta si quiero hacérmelo con ella. La cafetería no es francesa en esencia, quiero decir que no hay nada francés aparte del nombre de algunos platos en la carta y un neón de la torre Eiffel en el exterior. Nos tomamos una cerveza antes de salir. Alrededor de la cafetería hay un enorme campo de golf lleno de ancianos y un ejército de caddies mejicanos cargados con esas estúpidas bolsas de palos. Hay dos o tres millones de ancianos en Arizona, vienen hasta aquí desde todos los estados de la unión atraídos por el clima y por la magnífica oferta de órganos para trasplantes y prótesis dentales al otro lado de la frontera mejicana. La mujer no está nerviosa, al fin y al cabo, follar con extraños es lo que anda haciendo todo el mundo estos días. Antes de salir la mujer me pregunta si no me importa que traiga un amigo. Al segundo aparece un árabe vestido con pantalón de peto. No sé si me apetece hacérmelo con un tipo que lleva pantalón de peto así que le digo a mi amiga que no sé si me apetece hacérmelo con un tipo con pantalón de peto y ella me dice que él sólo va a mirar. Mi amiga me dice también que el tipo le da ciento cincuenta dólares si le deja mirar cómo se jode a un blanco. El tipo trabaja en una fábrica de neumáticos en las afueras de Tucson. Sólo es uno más en la cadena, por la pinta que tiene, ciento cincuenta dólares deben de ser para él un buen montón de dinero. Un buen montón de neumáticos.

Cuando salimos al parking, detrás de la cafetería, me alegro sinceramente al darme cuenta de que ya la tengo dura. Mi amiga va delante, buscando un sitio discreto entre las camionetas aparcadas, detrás voy yo y detrás de mí viene el árabe. Los tres muy callados. Como si fuéramos a desenterrar gatos muertos. Mi amiga tiene un buen culo y unas hermosas tetas. Por mi parte he de reconocer que en momentos así, follando con extraños, siempre quisiera uno tener una polla más grande. Por la misma razón por la que al llegar a una fiesta siempre se arrepiente uno de no haber comprado un regalo mejor. Nada más llegar al fondo del parking, entre una furgoneta de helados y uno de esos monovolúmenes familiares que tanto le gustan a la gente por más que luego nadie tenga hijos con que llenarlos, allí mismo, digo, la chica se arrodilla en el suelo, me la saca y comienza a chupármela con ese entusiasmo que sólo le ponen las chicas que no son muy guapas. El árabe se asoma muy animado y como veo que se me pega mucho al culo, le mando que se ponga al otro lado. Mi amiga se apoya en el monovolumen y después de unas cuantas maniobras consigo metérsela por detrás. Por supuesto el árabe ya se ha desabrochado el peto y tiene una buena cosa negra en la mano. Mientras el tipo se la machaca, al otro lado de la verja del parking aparecen dos viejecitos con sus palos de golf y sus gorras y esos absurdos pantalones que parecen imprescindibles para empujar la pelotita hasta el agujero con eficacia. Por supuesto mi amiga piensa en dejarlo pero como el árabe le dice que si paramos ahora no hay dinero, decidimos seguir, así que sigo dándole mientras los jugadores de golf se sacan sus no demasiado despiertas pollas y empiezan a trabajarse una erección con tesón y paciencia. Al rato, los dos viejos son tres y al rato son siete. Mi amiga empieza a cabrearse y el árabe le echa la culpa al barullo de los ancianos, que al parecer no le deja concentrarse. Como ve que me voy desanimando, el árabe ofrece otros cincuenta dólares, a los que uno de los ancianos, que ya está casi a punto, añade otros veinte. Al final nos corremos. No todos, claro. Se corre el árabe y tres o cuatro viejos y un caddy mejicano. La mujer por supuesto no se corre y yo por supuesto tampoco. De los doscientos veinte dólares, me caen al final cincuenta, aunque lo cierto es que uno no hace estas cosas por dinero. El árabe se abrocha el peto. Los viejos recogen sus palos de golf y la mujer se pinta los labios ante el espejo retrovisor de la camioneta de helados. Antes de irse, el caddy mejicano me da un cigarrillo.

Me lo fumo pensando en los viejos días del virus y en cómo han cambiado las cosas.

Cuando termino el cigarrillo ya no queda nadie en el parking.

Para alguien que ni siquiera sabe conducir, un parking es un sitio muy triste.

Tokio ya no nos quiere
Ray Loriga

Un parking es un sitio muy triste, quizás tanto como la esencia de este libro.

Tokio ya no nos quiere es un texto de ciencia ficción. Además, es un libro nostálgico -¿nostálgico del futuro?-. Y, además, un libro que reivindica la memoria.

Para sacarle todo el partido hay que dejarlo reposar tras la lectura, porque por suerte es una de esas historias que se quedan aferradas a uno y que le sobrevienen en numerosas conversaciones. Vale que para todas las narraciones es necesario dejar reposo, pero quizás Tokio ya no nos quiere sea una de esas en las que es imprescindible, en las que un juicio instantáneo nos llevaría, seguro, a error.

En un primer momento, la sorpresa nos lleva a una sensación agridulce. Destaca por encima de todo la fuerza narrativa de Ray Loriga: esa imaginación de largo alcance combinada con in intento casi épico de reventar todas las barreras morales o púdicas. Y por detrás, como escondido, la historia. Y es tan fuerte el primer plano que nos olvidamos del trasfondo. Así podríamos afirmar, por ejemplo, que la brillante pluma de Loriga se ha desaprovechado en una historia insustancial -oído por ahí-.

Pero nada más lejos de la realidad.

Tras esa elaborada ambientación, tras ese mundo nuevo que se describe de forma tan desapasionada en lo formal, pero agresiva en cuanto a contenido; tras ese ecosistema se encuentra escondida una historia de evolución humana. Y de desmemoria. Y de nihilismo.