Archivo mensual: diciembre 2008

Don DeLillo – Hablar o callar

– ¿Por qué sigues aquí?

Lo dijo en un tono de amabilísima curiosidad.

– ¿Piensas quedarte? Porque me parece a mí que tendríamos que hablarlo -dijo ella-. Ya no me acuerdo de cómo hablar contigo. Ésta es la conversación más larga que hemos tenido.

– Lo hacías mejor que nadie. Hablar conmigo. Puede que ése fuera el problema.

– Pues lo he desaprendido. Porque aquí estoy, sentada, pensando en lo mucho que tenemos que decir.

– No tenemos tanto que decir. Antes lo decíamos todo, todo el tiempo. Sometíamos todo a examen, todas las preguntas, todos los temas.

– De acuerdo.

– Fue algo que prácticamente acabó con nosotros.

– De acuerdo. Pero ¿es posible? Ésta es mi pregunta -dijo ella-. ¿Es posible que tú y yo hayamos terminado con los conflictos? Sabes lo que quiero decir. La fricción cotidiana. Lo de no dejar pasar una sola palabra, ni el aliento, como hacíamos antes de separarnos. ¿Es posible que eso haya terminado? Ya no nos hace ninguna falta. Podemos vivir sin ello. ¿Tengo razón?

– Estamos preparados para hundirnos en nuestras pequeñas vidas -dijo él.

El hombre del salto
Don DeLillo

El hombre del salto (Falling man) es una novela basada en los sucesos del 11-S en Nueva York. Quizás la más esperada de todas, porque esperaban que el profético autor de Ruido de fondo consiguiera la gran novela sobre el atentado por excelencia. Pero parece que no ha sido así. No porque la novela no sea una gran novela, que creo que sí; sino porque realmente no trata sobre los sucesos del 11-S.

Alguno me criticará de antemano: ¡todas las presentaciones de la novela dicen que trata sobre los atentados! Y sí, es cierto que habla sobre aquel fatídico día. Pero no relata prácticamente nada de lo que allí sucedió. Y más vale, ¿no?, porque da miedo pensar que nos vayan a hablar otra vez de American Airlines, o de la Torre 1, o de Mohammed Atta. Realmente, lo que hace Don DeLillo es utilizar aquel acontecimiento como excusa para hablar sobre el tema favorito de la mayoría de novelistas americanos: Nueva York.

Por encima de todo, El hombre del salto es esto: un retrato de la Nueva York del siglo XXI, la que se levanta sobre los añicos de las torres gemelas. Una ciudad que, pese a que sigue siendo la capital del mundo occidental, ha perdido la seguridad en sí misma y esa actitud chulesca de antaño.

“Estamos preparados para hundirnos en nuestras pequeñas vidas”, dice el protagonista para terminar la conversación. Y todo vuelve a ser como antes. Este libro muestra con claridad cómo, a causa del atentado, afloran en una pareja muchos traumas que habían permanecido ocultos por el fulgor del éxito. Y la pareja simboliza a la ciudad entera. Los traumas y modificaciones que la continuaron. Y cómo todo volvía a ser igual que siempre.

Porque cuando uno termina de leer la novela, le queda un regusto extraño. ¿Cómo puede ser que un acontecimiento tan impactante no modificara el destino de la sociedad? ¿Cómo puede ser que, pasado el brillo de lo inminente, todo volviera a andar como antes y la velocidad aplastara de nuevo los traumas, los fracasos, los miedos? DeLillo nos dice que, si acaso, cambian las formas, o se acelera algún cambio, o varía ligeramente el curso de los acontecimientos. Pero el destino, la meta, ese final se mantiene inmóvil. Como si la historia hubiera estado escrita de antemano.

Y por eso creo que es una gran novela.

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Baricco – Una dulce presentación

“Hervé Joncour vio aparecer aquella mancha pálida en los límites de su campo visual, la vio rozar la taza de té de Hara Kei y después, absurdamente, continuar deslizándose hasta asir sin titubeos la otra taza, que era inexorablemente la taza en que él había bebido, alzarla ligeramente y llevarla hacia ella. Hara Kei no había dejado ni un instante de mirar inexpresivamente los labios de Hervé Joncour.

La muchacha levantó ligeramente la cabeza.

Por primera vez apartó los ojos de Hervé Joncour y los posó sobre la taza.

Lentamente, le dio la vuelta hasta tener sobre los labios el punto exacto en el que él había bebido.

Entrecerrando los ojos, bebió un sorbo de té.

Alejó la taza de los labios.

La deslizó hasta el lugar donde la había cogido.

Hizo desaparecer la mano bajo el vestido.

Volvió a apoyar la cabeza en el regazo de Hara Kei.

Los ojos abiertos, fijos en los de Hervé Joncour.”

Seda
Alessandro Baricco

Tengo que confesar, aún a riesgo de quedar como un cursi, que esta escena me llegó a conmover. Y ya está.

Porque, por lo demás, Seda es una fábula que suena a engordada a pesar de su brevedad. Y eso que Alessandro Baricco trata de mantener la atención del lector mediante el recurso a los ritmos orientales, esos tan pausados en los que se reconocen tanto los estribillos como las codas. Pero ni el ritmo es suficiente -los viajes de ida y vuelta desde Francia hasta el extremo oriente, que ocupan un amplio porcentaje de páginas, no son en absoluto lúdicos; sino repetitivos e insustanciales- ni consigue mantener la atención -no hay evolución de trama, ni de personaje; solo monotonía-. Aunque, bueno, otra opción es que yo no entienda la cadencia japonesa de la que tanto se habla, esa en la que las ideas son mecidas lentamente.

Tanto aburrimiento hace que lleguemos con ansia al final: el único haber de esta historia. La trama da un giro que rompe la expectativa y consigue dejar un regusto agradable sobre el libro. Pero luego, desde la distancia, pienso que quizás ese final habría podido justificar un buen relato. Y que, por la intención tan evidente de querer estirar una buena idea hasta más allá de sus límites, se ha estropeado el interés.

Solo se me ocurre una razón para recomendar seda: es muy breve. Como decía, aún y todo suena a que la han engordado al máximo, pero se lee en una tarde. Por ejemplo, en pleno invierno, mejor si estamos con resaca y no tenemos nada mejor que hacer. Se pasa un rato entretenido entre sueño y sueño y, luego, a otra cosa.

Ann Beattie – Pérdida de tiempo

“Justo antes de que me marchara de casa cayó una nevada. Fuimos a ver a su mujer. De camino al hospital paramos a comprar la comida asquerosa de siempre y le cogimos unas revistas, las del hospital tienen todas las páginas rasgadas, y jabón, y cosas así. Cuando llegamos estaba sentada al lado de la ventana contemplando la nieve, y nos dijo, sin levantar la vista siquiera, sin saber quiénes éramos, que los médicos le habían dicho que sentarse a mirar la nieve era una pérdida de tiempo, que tendría que apuntarse a algo. Se rió un buen rato y nos dijo que no era una pérdida de tiempo. Quedarse mirando los copos de nieve sí que sería una pérdida de tiempo, pero ella los contaba. Y aunque contar copos de nieve fuera una pérdida de tiempo, ella no lo perdía, porque sólo contaba los que eran idénticos.”

Postales de invierno
Ann Beattie

Hay detalles que llevan vida.

Ann Beattie es una autora que aquí no hemos conocido hasta hace poquitos años aunque Postales de invierno, publicada en 1976, tiene en los EEUU el estatus de novela de culto. Le llaman novela generacional. Como lo fue El guardián entre el centeno en los ’50, pero aplicada a la década de los ’70. Y, pese a ello, no ha sido traducida al castellano hasta este 2008. Ha tenido que ser una pequeña pero comprometida editorial, Libros del asteroide, la que descubriera lo que nos estábamos perdiendo e hiciera todo lo necesario para ofrecérnoslo.

La mirada de Ann Beattie es dulce, comprensiva y carente de prejuicios. Como si sintiera lástima por sus protagonistas. En Postales de invierno, la autora nos presenta una serie de personajes que tratan de sobrevivir a un presente donde ya no sirven las locas ideas del ’68, con su furor de drogas y psicodelia. Son personajes que buscan el sentido a sus vidas bajo unas premisas nuevas y que, pasada ya la resaca de la euforia, giran la mirada hacia metas más realistas. Sus objetivos se hacen más pequeños, conscientes de que han perdido la ilusión por cambiar el mundo, la paz universal o la revolución cultural. Ahora todo parece más amable: alguien a quien querer, algo que proteger. Pero hay una pega: estas pequeñas ambiciones tampoco son fáciles de alcanzar.

Es curioso acercarse a una novela que escribe uno de los periodos descendentes de esta nuestra cíclica historia. No puedo evitar creer que hoy, a finales de la década de los ’00, quizás nos encontremos en una situación similar. ¿O nadie más que yo encuentra paralelismos con aquella lejana década en que muchos nacimos? ¿No podríamos ser esa serie de personajes perdidos, pasados ya los años locos del dinero abundante, que buscamos algo más cercano, menos ambicioso?

No, quizás no tengo razón. Pero ojalá fuera así.

Volviendo al libro, Postales de invierno es el mejor que he leído en este año. Y no han sido pocos.

Philip Roth – Todos diferentes

“- Dímelo, ¿por qué les parece un latazo, a los ingleses, que los judíos sean tan judíos?

– Voy a decírtelo, pero a condición de que podamos hablar, de que esto no se convierta en el enfrentamiento inútil, destructivo y doloroso que estás empeñado en provocar, diga yo lo que diga.

– ¿Por qué es un latazo que os judíos sean tan judíos?

– Vamos ver, me molesta que la gente… Es sólo una sensación, no una postura meditada. Tendré que pensármelo mejor, si te empeñas en seguir mucho más tiempo con este asunto, después de tanto chablis y tanto champán. Me molesta que la gente se aferre a una identidad sin ninguna razón especial, por mor de la propia identidad. No veo en ello nada admirable, desde ningún punto de vista. Tanto rollo con la “identidad”… Empiezas a tener “identidad” en cuanto dejas de pensar, o así lo veo yo. Los grupos étnicos, sean lo que sean, judíos, caribeños convencidos de que hay que mantener puras las esencias del Caribe, lo único que consiguen, los grupos étnicos, es hacer más difícil la vida en una sociedad donde estamos intentando coexistir en paz, en términos amistosos, como es Londres, y donde ahora tenemos una grandísima diversidad.

– Mira, por muy acertado que pueda sonar lo que dices, al menos en parte, lo que sí puedo asegurarte es que lo de vuestro “nosotros” está empezando a deprimirme. Ese nosotros de las gentes que sueñan con la perfección, sin mezcla, sin contaminación, sin olores. No me vengas a mí con el tribalismo judío. ¿Qué es esta insistencia en la homogeneidad, sino una muy sutil manifestación del tribalismo inglés? ¿Por qué ha de ser intolerable tolerar unas pocas diferencias? Os aferráis a vuestra “identidad”, “por mor de la propia identidad”… Dicho así, es exactamente lo que tu madre hace.

– Por favor, soy incapaz de hablar cuando me gritan. Ni es intolerable, ni yo he dicho nada semejante. Las diferencias me parecen perfectamente tolerables, cuando son auténticas. Me parece digna de desprecio la gente que basa en las diferencias su antisemitismo, o su rechazo de los negros, o de lo que sea. Digna de desprecio, y lo sabes muy bien. Lo único que digo es que estas diferencias no siempre se me antojan del todo auténticas.

– Y eso no te gusta.”

La Contravida
Philip Roth

La Contravida, como lo son prácticamente todas las novelas reputadas que se publican en los EEUU actualmente, cumple con muchas de las condiciones que forman la corriente realista. Y, por tanto, y esto es lo que más me interesa, se lee fácil. La pega es que este género limita mucho los cauces para la sorpresa, y el nivel de exigencia desciende.

En La contravida uno visualiza sin mucho esfuerzo las escenas como si formaran parte de una película. Todo está explicado, todo parece evidente. Incluso simple. Pero la prosa de Philip Roth tiene una facultad pasmosa para quedarse dentro y convertirse en un runrún que nos acompaña allá donde vamos. Esta carraca, por decantación, destila poco a poco ideas que dan forma a las convicciones. Y uno piensa que quizás las cosas no eran tan sencillas. Heredero de Hemingway, precisamente lo que hace Roth es utilizar estos actos cotidianos, en apariencia tan poco significativos, para desentrañar los grandes valores de la cultura contemporánea.

Pero yo he tratado de prostituirlo. O bien de contradecir mis dos primeros párrafos, y por eso he entresacado el diálogo de arriba. Porque es uno de los pocos momentos donde los detalles y las acciones explicitan parte del mensaje. María, hija de una familia inglesa bastante snob y antisemita, dice: “Empiezas a tener identidad en cuanto dejas de pensar”. El interlocutor es Nathan Zuckerman, conocido alter ego del propio Roth. Zuckerman es un judío que se toma su condición muy a pecho. Y le duele, claro.

Esta sencilla conversación representa cualquier diálogo que pueden tener dos personas de culturas diferentes, sean cuales sean de entre todas las que pueblan el mundo. Ridiculiza, además, todos los divertimentos grupales que proceden de la necesidad de pertenencia que tenemos los humanos. O somos hippies, o judíos, o sagitario, o nacionalistas, o culturetas, o de derechas, o del Barça, o de whisky con Coca Cola, o de la generación de los setenta, o fans de la Pantera Rosa, o varias cosas a la vez.

No sea que, por un casual, fuéramos a ser todos amigos.

De propina, y como estoy recolocando las viejas entradas en el nuevo blog, dejo un pequeño texto de Marjane Satrapi que creo que tiene mucho que ver con el contenido del post.