Archivo de la categoría: Lecciones de narrativa

Franz Kafka – Una interpretación anticapitalista

En diciembre de 2011 fui a Praga. Tuve suerte porque el invierno no había llegado todavía, y por tanto pude pasear sin dejarme los huesos. El motivo de mi viaje no tenía que ver con Frank Kafka, pero sí con la literatura. Quería ver los lugares donde unos resistentes habían conseguido matar al nazi Heydrich, tras leer el libro HHhH de Laurent Binet. Pero esa es otra historia.

Casa donde Kafka escribió Un médico rural

Aprovechando que andaba por allí, me paseé por el recuerdo de Kafka. Por si se me pegaba algo, vamos. Y hubo suerte. Al llegar al Pasaje Dorado vi que, en la casita donde el escritor había pasado muchas horas de trabajo, había una librería. Uno no es fetichista per sé, pero había que hacer algo y compré Un médico rural – Pequeños relatos. La elección del título fue casual (bueno, no del todo: los demás ya los tenía), y resultó que las letras de ese libro eran las únicas que Kafka escribió en aquel cuco nº 22.

Para los que no hayan leído Un médico rural, dejo el enlace a la biblioteca Ciudad Seva donde podréis encontrarlo. Aquí.

Lo que sigue a continuación es una interpretación mía, ayudado por un litro de cerveza tostada de U Medviku. Pero me cuadra. Eso sí, no dejéis de leerlo si no queréis que os lo destripe a spoilers.

Una interpretación anticapitalista de “Un médico rural”

Punto de partida: un médico rural recibe una llamada urgente. Ha caído una tormenta de nieve y la casa a la que debe llegar está a diez millas. Además, su caballo murió ayer. Pide ayuda entre sus vecinos, pero nadie puede hacer nada por él.

Aparece el capital: en su cochera, un desconocido con ojos azules le presenta dos buenos corceles. Problema solucionado.

El capital no trabaja, pero siempre gana: la criada, preciosa, aparece por la cochera para ayudar al médico a ensillarlos. El capital se lanza sobre la criada y le muerde en una mejilla. El médico le pide que le acompañe, pero el capital no está por la labor. Azuza a los caballos y el médico sale disparado mientras ve cómo la joven huye perseguida por el benefactor.

Fotograma de la película japonesa Inaka Isha, basada en el relato de Kafka.Al principio todo son facilidades: el viaje, que se preveía largo y difícil, se hace en un santiamén. El padre del paciente está preocupado, pero cuando llega, el médico comprueba que está sano.

Primer desajuste: el paciente le pide que le deje morir. Pero él es médico, ¿cómo iba a hacer eso? El padre le ofrece una copa de ron que él rechaza.

Segundo desajuste: el paciente tiene una herida profunda en el costado. Podría morir. Entonces, el paciente le suplica: ¿Me salvarás? Ante el desaguisado, el médico piensa en su criada.

La imposibilidad de entender el mundo laboral: en plena desolación, los dos caballos meten la cabeza por la ventana, como recordándole que tiene una deuda contraída.

Las represalias por no hacer bien un trabajo: de repente, aparece todo el pueblo en la casa. Lo observan y le exigen que lo cure, y para que no escape atan al médico a la cama del paciente. Los niños del coro cantan:

Desvestidlo para que cure
y si no cura matadlo.
No es más que un médico,
no es más que un médico.

El paciente, entonces, le echa en cara que no solo no le va a curar, sino que encima le está quitando un trozo de su lecho de muerte. El médico le dice:

-Tampoco es fácil para mí.
-Es una excusa muy fácil para que baste -replica el moribundo.

Recuperar lo perdido es imposible: consigue escapar y, desnudo, el médico se monta en el carruaje. Por suerte los caballos son buenos y harán el viaje muy rápido. Pero ahora no es así. Los caballos van muy despacio, y se queda atrapado en medio de un desierto de nieve. El médico no para de pensar en su criada.

Fin.

Librito comprado en la casita donde lo escribió.

No pienso hacer ninguna conclusión. Por lo menos ninguna más. Que ya hay unas cuantas. Pero esto era una interpretación mía, ¿no? Pues eso.

Un par de cosas.

Por un lado, buscando imágenes para esta entrada -la primera es una foto mía, pero la segunda no-, me encontré un blog que hablaba sobre Inaka Isha, una película japonesa de 20 minutos que está basada en el relato de Kafka. La tendré que buscar.

Y por otro, una llamada al blog de El economista humilde, lleno de buenas ideas. Este tío un día escribió sobre un sueño que tuvo -o no, me da igual- y que me recuerda mucho a las historias absurdas de Kafka. Si empezamos a leer el post por el segundo párrafo, a partir de “Al girar la esquina me di cuenta…”, nos queda un relato más bien apañado de un aprendiz de Kafka del siglo XXI.

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Oscar Wilde – El peligro de contar demasiado

 

 

Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:

-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

El hombre que contaba historias

Oscar Wilde

 

Qué grande Óscar Wilde. Y qué fácil parece hacerlo así de sencillo. Ni una palabra más alta que la otra, solo lo necesario. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Lo bueno de la ficción es que nos ilusiona, precisamente lo contrario que suele hacer la realidad. El peligro viene cuando confundimos la una con la otra. ¿No?

¿Habéis visto esta película? Es bastante impactante.

 

Michel Houellebecq – Todos estamos interpelados

Mi propósito no es hechizarte con sutiles observaciones psicológicas. No ambiciono arrancarte aplausos con mi sutileza y mi sentido del humor. Hay autores que ponen su talento al servicio de la delicada descripción de distintos estados de ánimo, rasgos de carácter, etc. Que no me cuenten entre ellos. Toda esa acumulación de detalles realistas, que supuestamente esboza personajes netamente diferenciados, siempre me ha parecido, perdón por decirlo, una pura chorrada. Daniel, que es amigo de Herve pero que siente algunas reticencias respecto a Gerard. El fantasma de Paul, que se encarna en Virginia, el viaje a Venecia de mi prima…, así nos podríamos pasar horas. Lo mismo podríamos observar a los cangrejos que se pisotean dentro de un tarro (para eso basta con ir a una marisquería). Por otra parte, frecuento poco a los seres humanos.
Al contrario, para alcanzar el objetivo que me propongo, mucho más filosófico, tengo que podar. Simplificar. Destruir, uno por uno, multitud de detalles. Además, me ayudará el simple juego del movimiento histórico. El mundo se uniformiza ante nuestros ojos; los medios de comunicación progresan; el interior de los apartamentos se enriquece con nuevos equipamientos.Las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, lo cual reduce otro tanto la cantidad de anécdotas de las que se compone una vida. Y poco a poco aparece el rostro de la muerte, en todo su esplendor. Se anuncia el tercer milenio.

Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq

Alguna vez me han dicho que escribo de forma parecida a Michel Houellebecq. Creo que no es cierto, pero me hace mucha ilusión. Por varios motivos. De entrada, siempre me hace seguidor de su particular forma de ver la vida; y además no conoce el concepto de lo políticamente correcto, lo que lo hace más interesante. Pero no, no escribo tan bien. Me queda el consuelo de que yo parezco más majo.

Es curioso que mis dos primeras entradas literarias del renacido blog versen sobre Houellebecq, un autor que tiene entre sus principios una indisimulada ansia de destrucción. Casualmente la misma que tienen aquellos blogueros a los que critiqué en mi primer post. Es, pues, uno de mis retos saber por qué Houellebecq me parece un crack, y los blogueros malditos unos farsantes con ínfulas.

Una de las sensaciones más satisfactorias es leer esas cargas de profundidad que lanza contra la estructura de la sociedad actual. Cómo carga contra el consumismo, contra la búsqueda del éxito personal a través del reconocimiento social. Nosotros que leemos, que no tenemos grandes necesidades, seres evolucionados que hemos sabido salir del sistema que denunciamos, deberíamos leer a Houellebecq. Porque nos enseña que no es verdad que hayamos salido, que aún tenemos que intentarlo mucho. No son solo los ricos, los poseedores del capital, o los malvados empresarios los causantes de los males del mundo. Somos nosotros quienes fomentamos esta sociedad. Tú y yo, esos miserables.

Leer Ampliación del campo de batalla es reconocer que formas parte de la burguesía malvada contra la que luchas, que todos tus actos están encaminados a medrar en la sociedad del consumismo.

¿Que no? A mí me gusta cómo me queda esa camiseta y tomarme dos cervezas de vez en cuando, pero no lo asocio con ninguna forma de competencia empresarial, o con ningún gen intrínsecamente malo que me configure. Tampoco creo que colabore a hundir el mundo mi afición por escribir un blog o comprar un día comida más apetitosa.

Pero Houellebecq demuestra que sí, que yo también soy digno de vergüenza. Con esa facilidad que tiene para hacer un totum revolutum con la vida y las ideas, con esa sencillez para contar las cosas de otra manera; consigue que me arrepienta de casi todas mis acciones cotidianas. Consigue ampliar el campo de batalla desde el mundo empresarial donde yo lo tenía confinado, hasta colocarme en la línea del frente.

Y tras sentirme interpelado y querer refutar sus ideas me doy cuenta de que no es posible. De que me ha convertido tan crítico como antes, pero mucho más autocrítico. Que sabemos que no es lo mismo. Después de leerlo sé que volveré a caer en todas las cosas que hago mal, que volveré a pelear en esos campos de batalla que yo creía ajenos. Pero ahora por lo menos lo haré sabiendo quién soy y lo que estoy haciendo. Y podré perder, entonces, sin creer que me he dejado una parte de mi vida en esa lucha.

Y eso es bueno.

Ampliación del campo de batalla es una lectura apta para quien quiera remover los pilares sobre los que cree que vive. También sé de otros que nunca se lo leerían. Pero se lo voy a recomendar, por si acaso. No se lo pierdan:

– Discutidores de barra de bar
– Blogueros incendiarios
– Escritores noveles que pretendan glosar los grandes sentimientos
– Los amantes de lo políticamente correcto

Creo que, después de escribir esta entrada, acabo de entender por qué Houellebecq me gusta y los blogueros incendiarios me ponen nervioso.

El jueves subiré una de las entradas de mi viejo blog. Hablaba de La posibilidad de una isla, el último libro de Houellebecq editado en español, de 2005. Hoy hablo del primero que escribió, Ampliación del campo de batalla, otro monstruo narrativo y destructor de conciencias acomodadas. Con el tiempo me gustará comentar aquí PlataformaLas partículas elementales, pero hay que dejarlos reposar y que me peguen todo el golpe que me merezco. Empiezo, pues.

Cinco milímetros de agua

“El neopreno fue un inventazo: una fibra que permite el paso del agua hasta que se satura. Cuando un buzo entra en el mar, el neopreno deja pasar unos cinco milímetros del líquido y luego se cierra. El calor del cuerpo se transmite a esa capa de agua, que se convierte en un aislante perfecto.

Un buzo en realidad no nada precisamente en el mar o no en todo el mar, sino en uno de cinco milímetros de profundidad perfectamente acoplado al volumen de su cuerpo. La inmensidad es una fantasía que es mejor visitar desde un Yo herméticamente cerrado que trata de llevar con dignidad su nombre.”

El arquero inmóvil (VV.AA.)
Álvaro Enrigue
Desde que oí hablar de la teoría del neopreno ya no pienso en historias y narraciones. Incluso las librerías han cambiado. Ahora son lugares llenos de trajes de buzo de otras personas, disfraces que me puedo llevar puestos para cambiar de sentimientos, de principios y forma de ser. Y luego comprobar los resultados.

Hay personas que me preguntan: ¿Por qué lees? No es porque me aporte conocimientos nuevos, ni porque teorice sobre aspectos más o menos interesantes. Que también, pero para eso están de manera más específica los manuales. Si me gusta la literatura es porque me permite convertirme en otras personas, conocer qué se siente dentro de su neopreno, cómo son esos cinco milímetros de realidad que filtran; más allá aún, deslizarme como ellos lo hacen por el océano y, si aún quedan fuerzas, tratar de comprender el resto del mundo que nos rodea sin tocarnos.

Muchas veces, casi todas, me sorprendo metido en un neopreno que no es el mío, actuando de formas contrarias a mi forma de ser y pensar. Entonces es cuando mis principios intentan frenar esa locura e imponerse sobre los que me están rigiendo allí dentro. Pero no puedo ver ese mar sin el traje de buzo que lo filtra, y la curiosidad es más fuerte que las reglas. Por eso la lucha no surte efecto y me toca seguir haciendo lo que allí está escrito. El resultado de esta inmersión es que mi propio neopreno se ensancha ligeramente, y poco a poco se vuelve flexible.

Fui un necio en el neopreno de Ignatius Reilly, un snob en el de Dorian Gray, un loco sin fundamento en el de Dean Moriarty, un atormentado en Botchan, un dictador en La fiesta del chivo, insensible en El extranjero, fugitivo en La invención de Morel, fui judío con Philip Roth y cristiano poco convencido con Unamuno, pillo con Quevedo y drogadicto con Ray Loriga.

Así, un día veo que comprendo a muchas personas que lo hacen todo mal. O a aquellas a quienes, por el contrario, todo
les sale bien. Porque yo he sido alguna vez como ellos, he vestido su traje de buzo y filtrado sus cinco milímetros de agua. Es más, después de tantas inmersiones me siento capaz de comprenderme un poquito mejor a mí mismo, tanto cuando hago todo mal como cuando ocurre lo contrario. Que después de tanto cambiar de neopreno, el mío, el que venía con el molde original, se va haciendo cada vez más espacioso y confortable.

* Otra cita, esta de Siete maneras de decir manzana, libro didáctico sobre poesía escrito por Benjamín Prado:

“El lector de Homero no sólo lee la Odisea, también es Ulises, también lucha contra los cíclopes, conoce Ítaca y el palacio de Circe, la cueva de Calipso y el país de los Lotófagos, atraca en la isla Eolia y escucha cantar a las sirenas. Las personas que leen no tienen límites; las que no leen son nada más que ellas mismas.”

** Ilustración del buzo de Elisa Arguilé, robada de aquí.

El arte como prueba

“Porque creo que el artista, como quería Joan Miró, debe plantearse su tarea desde la mayor de las ambiciones, con todo el orgullo posible, para ejecutarla con la mayor de las humildades, desde la convicción de que, casi siempre, el territorio del arte es el fracaso.”

Quimera (Julio-Agosto 2009)
Ricardo Menéndez Salmón

Quimera es una revista con muchas letras. Esta perogrullada es, sin duda, lo que mi primo pensaría de esta revista literaria -de hecho, es lo que dice cada vez que le mando un mail y no se lo lee-. Entre las letras de Quimera suele haber información interesante, a veces cierta petulancia -bien documentada, eso sí-, y en otras ocasiones joyas capaces de resumir años de estudio en unas pocas páginas. Creo que esto último es lo que ocurre con el artículo que acabo de extractar, de Ricardo Menéndez Salmón, publicado en el número doble de verano.

A Menéndez Salmón le he leído otros artículos, pero creo que en éste ha estado especialmente sembrado. Ya sabemos que es un autor al que tengo en gran estima -a partir de un párrafo suyo se me ocurrió la idea de funcionamiento de este blog-, y el interés con el que leo lo que escribe es siempre, por tanto, el máximo.

En este artículo, titulado de forma un tanto académica “Hacia una poética de la decantación”, el autor asturiano realiza una bien armada reflexión sobre el papel de la novela o la literatura en el mundo y la historia. “Una vez la filosofía ha fracasado en su empeño por captar la totalidad”, asevera Salmón, la novela “se convierte en una suerte de gran cedazo que, por decantación, es capaz de retener en su fondo los posos decisivos de nuestra conciencia y los ejes axiales que vertebran la contemporaneidad”. O sea, que es en los posos de la literatura donde, por encima de cualquier otro arte o ciencia, mejor podemos vislumbrar los rasgos característicos de una época.

“Si mi hija me pidiera algún día que le contara cómo era la España en la que su padre pasó sus primeros años”, continúa el autor, “le diría que leyera una novela, por ejemplo Romanticismo, de Manuel Longares. Si mi hija me pidiera algún día que le contara cómo era la España en la que ella nació, le diría que leyera una novela, por ejemplo Crematorio, de Rafael Chirbes. Si los extraterrestres algún día quisieran saber a qué se parecía este planeta llamado Tierra durante el siglo XX, no les invitaría a que escucharan la música de Shostakóvich o la de Joy Division, sino a que leyeran las novelas de Kafka o las de Kureishi.”

Parece mentira que, en dos páginas, haya tres referencias que me resultan imprescindibles y me quede la sensación de que me dejo mucho por contar. Es una muestra de lo condensado de este artículo.

Para los que os interesa de verdad la literatura -que sois todos los que habéis llegado hasta aquí, me imagino-, os aconsejo que busquéis la Quimera de julio y agosto y leáis a Menéndez Salmón. Si la compráis, mejor, así damos dinero -siete euros- para que una de las publicaciones literarias de mayor calidad siga funcionando. Si, de todas maneras, a alguno le jode gastarse el tercer cubata del sábado en cultura, que la pida a la biblioteca pública del barrio y entre todos pagaremos, gustosos, esta necesaria adquisición.

 

Sebastien Smirou, un extranjero

Continúo aprovechándome de los actos que se organizan en la fundación Patxi Buldain, y libando, como las abejas, la literatura que nos ofrece Roberto Valencia, el responsable de que mi cerebro encuentre motivos para no convertirse en una boñiga insolada. Qué suerte encontrar en la comarca un compromiso que consigue traer luces de reflexión como el que protagoniza esta entrada. Un apunte: para devolverme a la cruda realidad ya está mi vecino, con un debate televisivo a volumen imposible que me obliga a escribir esta entrada con tapones en los oídos. Con ellos, con los tapones digo, me siento capaz de hilar dos argumentos y evito distraerme con alguna sesuda opinión sobre el comportamiento de qué sé yo qué personajes pseudo populares, forrados de pasta por dejarse grabar y comentar en estos programas.

Bueno, a lo que me interesa. Me refiero a la charla de Sébastien Smiroubiografía en la wikipedia francesa de este poeta y psicoanalista infantil-, el autor que nos visitó el pasado día 22 y que no sólo ofreció una cuidada exposición sobre el estado de la literatura en el país vecino, sino que aportó argumentos teóricos que se convirtieron en cargas de profundidad sobre el estado de la literatura, la lengua y nuestra propia identidad. Reflexiones bien estructuradas, todas, que obligan a replantearnos no sólo nuestra labor como aprendices de escritores, sino también nuestro papel como lectores.

Voy a plantear una pregunta que me asalta casi cada vez que pongo pie en una librería: ¿por qué hay actualmente tantos libros malos en el mercado? Démonos tres minutos para pensar en razones. Se me ocurre, por ejemplo, en una primera y evidente idea, mencionar la repetición de temáticas o de líneas argumentales; o la búsqueda que muchos autores hacen del mercantilismo a través del simple entretenimiento; o también la absoluta falta de ambición investigadora o experimentadora de estos pocos autores que pueden vivir de la literatura. Son varias, las razones, y todas ellas válidas.

Pero Smirou, como haría si fuera físico o matemático, se va al origen de todo para encontrar respuestas.

El origen está en quien escribe.

Los escritores.

¿Qué es un escritor?

“Un escritor es un extranjero en su propia lengua”, sentencia.

Otros tres minutos de reflexión, y desmontamos mitos. “Claro”, pensaba yo, “un extranjero es aquel que está en un proceso constante de aprendizaje”. Sonrisa y cierre.

Muy pobre, ¿no? mi conclusión. Aparte de muy tópica -sí, tópica, como las cremas que se aplican para suavizar los efectos del quemazo del sol pero que no nos quitan el riesgo de contraer un cáncer-. Muchos estamos constantemente en aprendizaje y no somos capaces de escribir ni esos libros malos de los que hablamos.

Volvamos, pues, a Smirou: “Un extranjero aprende y aporta cosas nuevas a la lengua”. ¡Tate! ¡Ca! ¡Ostia! ¡Eso es! A imagen de los archiconocidos nombres de escritores que no escribieron su lengua materna porque la fuerza de la costumbre les impedía nuevas formas de expresión, la propuesta de Smirou se presenta como imprescindible: hay que desmontar el lenguaje, desoír la memoria y los corsés, hacerlo vivo y transgredir sus normas para ampliar su campo de acción y forzar sus posibilidades expresivas.

Hoy mismo, una buena amiga me ha descubierto una cita de otro gran poeta que engarza perfectamente con la reflexión. Se trata de nuestro gran Federico G. Lorca: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. O sea, no escribamos lo que ya está escrito, intentemos aportar algo al mundo, a la lengua, a la expresión, a la denotación y connotaciones de las palabras, a su morfología. Por ahí vamos, parece, afinando las conclusiones.

“Siempre he escrito para luchar contra mi lengua materna”, terminó Smirou la reflexión, y con esta frase cierro el breve esbozo de una idea que nos llevó durante decenas de minutos por nombres de la literatura, algunos grandes y otros desconocidos; y que me ayudó, de forma contundente, a poner otro escalón en mi hambre de argumentos.

Contamos con un material de base, la lengua, que debemos superar, mejorar o ridiculizar. Trabajemos, leamos, agrandemos nuestra base para poder dar un pasito más a partir de lo que muchos autores hicieron antes. Huyamos de los tópicos y las construcciones impuestas por la costumbre. La idea es ambiciosa, vale, pero partamos por lo menos de esa intención. Sólo de esta manera evitaremos caer en el “más de lo mismo” que inunda las librerías de hoy en día y que hace tan desapacible acercarse con afán descubridor a la estantería de novedades.

 

Lecciones de narrativa (I)

“En narrativa, el lirismo contenido produce magia.

El lirismo sin freno, trucos.”


Andrés Neuman

Para verborreicos y adjetivadores sin fin, los que escriben grave porque la literatura es seria, los que no corrigen porque el arte es espontaneidad, los que pretenden demostrar profundidad y sapiencia.

Dejémonos de trucos.