Archivo mensual: enero 2012

Tebeos de la posguerra – La educación de nuestros padres

Cuando leáis estas líneas, Hechas y Pelayos de la España victoriosa, habréis desfilado ya por las plazas y las calles de todas las ciudades y pueblos de España, enronqueciendo con el grito que en estos momentos escapa de las gargantas de todos los españoles: Franco, Franco, Franco.

La gratitud de todos los niños de España debe llegar hasta él en un alarido unánime. Gratitud, cariño, admiración y sumisión incondicional. Ha sido el enviado de Dios, el instrumento de Dios, el brazo de la justicia y el amado de la victoria.

Treinta y dos meses hace que tomó sobre sus hombros una empresa al parecer irrealizable. Otro cualquiera hubiera dudado; él no vaciló un instante. Confió en Dios, confió en la inmortalidad del pueblo español y confió en la grandeza de su genio. Y aquella empresa erizada de dificultades, imposible para cualquier otro que no fuera él, ha quedado victoriosamente rematada. A él como al emperador bíblico pudo decirle el Señor: Yo te nombré y te llamé y te establecía para abrir las puertas infranqueables, para romper los cinturones de hierro, para entrar en las grandes ciudades y para sojuzgar a los pueblos rebeldes. Y cuando en el curso de vuestro bachillerato os encontréis con aquel verso en que el poeta latino hace el elogio de uno de los grandes generales de Roma: «Con paso lento pero seguro él nos restituyó todo», pensad que este elogio tiene su realización en nuestro Caudillo glorioso, el mejor general del mundo.

Todo lo tenéis por él: la Patria, la familia, la misma fe de Jesucristo, el honor de llamaros españoles, la esperanza de un porvenir glorioso, esa boina roja que significa todo el pasado sin igual de España y esa camisa azul que significa un mañana lleno de esplendor. Y esas flechas de vuestra camisa han conquistado ya por él todo su sentido. enlazadas, como ellas en un solo haz, están ya todas las regiones de España, para trabajar en la realización del lema que tantas veces habéis repetido: Una, Grande y Libre, bajo la espada del triunfador providencial.

Es el momento de decir: ¡Gloria a Dios en las alturas y gratitud en la tierra al hombre Por Él Escogido!

Fray Justo Pérez de Urbel
Primer abad del valle de los caídos

En Palencia hay una exposición sobre tebeos de la posguerra española. Es divertida. No es que haya ninguna publicación que resulte especialmente interesante (al menos para mí, que no soy muy ducho en las artes del dibujo), pero la expo en sí tiene su intríngulis. ¿Por qué? Pues por esto mismo: porque me obliga a esforzarme en entender cómo podían resultar atractivas, en aquella época, todas esas publicaciones plagadas de tópicos y simplezas.

Hay un apartado bastante divertido sobre la censura. Nosotros (los actuales, los nacidos a partir de los sesenta) sabemos que las heroínas femeninas de los cómics siempre enseñan buena parte de su agraciada anatomía mientras pelean contra monstruos. Bien, pues nuestros padres, de niños, no lo sabían. Ni siquiera en las traducciones de comics extranjeros. Para mantener la inocencia de las generaciones que nos criaron existían esos bienpensantes dibujantes censores que aplicaban con desparpajo sus artes y cubrían con gaseosos y desenfocados tules tal exuberancia. Así, las defensoras del bien en España eran ágiles, fuertes, listas y recatadas. Como debe ser.

No tengo imagen para poner, pero prometo volver para hacerle una foto y actualizar la entrada.

Bien, os preguntaréis qué coño tiene que ver todo esto que cuento con las sabias palabras de Fray Justo Pérez de Urbel (a la sazón primer abad del valle de los caídos). Resulta que este texto, por lo visto, abría varios de los comics que se distribuyeron por la España nacional al finalizar la guerra. Y no he podido evitar fotografiarlo y luego transcribirlo. Para todos. Quizás así consigamos entender algunas de las taras de los viejillos y, mucho más allá, sepamos apreciar sus meritorias evoluciones.

Philippe Claudel – La espera

 Amor mío:
Tus cartas se vuelven finas como papel de fumar, de tanto desplegarlas y plegarlas, leerlas y releerlas, llorar sobre ellas… Sufro, ¿sabes? El tiempo me parece un monstruo nacido para alejar a los que se aman y hacerles sufrir lo infinito. ¡Qué suerte tienen esas mujeres con las que me cruzo a diario, que no pasan más que unas horas separadas de sus maridos, y los niños de la escuela, que tienen a sus padres siempre cerca!

Almas Grises
Philippe Claudel

No se me ocurre manera más dulce de expresar la espera que el inicio de esta carta. “Sufro, ¿sabes?”, escribe la profesora, espontánea, y yo me enamoro de ella. Muchas historias se desarrollan en el pueblecito francés que sirve de escenario a esta contundente novela. Un policía que va a ser padre, un fiscal atormentado, un alcalde, un juez enamoradizo y despótico… Infinidad de Almas grises que asoman su lado más oscuro mientras tratan de mantenerse al margen de la guerra que se desarrolla al otro lado de la colina.

La Primera Guerra Mundial, en ese otro lado, se lleva las vidas y las ilusiones de desconocidos a los que se espera. En ocasiones, cartas como la que se relata no llegan a su destino, y su intensidad se pierde en segundos. Como se apagan los fuegos artificiales de una feria de verano, allí en el negro de la noche. Para evitar el olvido, se agradece que alguien como Philippe Claudel escriba una novela tan delicada, desgarradora y humana como esta. Para que el recuerdo de estas chispeantes historias no se extinga en un instante, para que una carta como esta haga perdurar en el tiempo la memoria de todas ellas.