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Alfonso Sastre – Hoy la democracia mola menos

Pablo.-(Saca cigarrillos) ¿Quiere fumar?
Celia.- No, gracias. (Él enciende. Ella lo observa.) Le preguntaría quién es usted. (Él va a decir algo. Ella lo detiene con un gesto.) Pero no lo haré nunca. Es capaz de decírmelo.
Pablo.- ¿Por qué no?
Celia.-(Lo observa.) Se diría que nunca ha trabajado en nuestra organización.
Pablo.- ¿Por qué?
Celia.- Desconoce las reglas.
Pablo.-(Sonríe ingenuamente.) Eso creo.
Celia.- Cuanto menos sepamos los unos de los otros, mejor. ¿Es capaz de entenderlo?
Pablo.- Creo que sí. Pero… (Se calla)
Celia.- Dígalo.
Pablo.- Me parece horrible.
Celia.- Nadie ha dicho que no lo sea.
Pablo.-(Parece reflexionar.) Pienso que se nos niegan demasiadas cosas.
Celia.- “Casi” todo… por ahora.
Pablo.- ¿Y hasta cuándo?
Celia.- Hasta…, hasta ese día feliz. Ese día podremos mirarnos todos cara a cara.
Pablo.- Afortunadamente, creo en ese día.
Celia.- Todos creemos. O hacemos por creer.”

En la red (1959)
Alfonso Sastre

Hoy, seguramente, Alfonso Sastre ya no cree en ese feliz día. Otros hacemos por creer, pero se nos destrozan las esperanzas.

Tenía pensado desde hace tiempo escribir un post sobre En la red, la obra teatral que Alfonso Sastre consiguió representar en la España del caudillo. Me gusta porque se representó pese a que buscaba, de una forma bastante clara, la toma de conciencia del público con la realidad social de la época franquista. Para burlar la censura, Sastre que situó la acción en Argelia e hizo referencia al Front de Libération National (FLN), un grupo que actuaba en el país africano en contra de la ocupación francesa. De esta manera, Sastre habló, sin mencionarlo, del FLP (Frente de Liberación del Pueblo) que entonces actuaba en España.

En el aspecto literario, aprecio especialmente esta obra por cómo transmite esa atmósfera claustrofóbica, esa sensación que inunda a todos los personajes del texto de la misma manera que la sentía el propio autor en la época franquista. Para acrecentar la sensación, las historias que vienen del exterior sólo pueden oírse, nunca verse. Pese a haberlo logrado, la obra fue representada por el Grupo de Teatro Realista (GTR) en una sola ocasión, que además sirvió para que Franco se pusiera la medalla de la tolerancia en la opinión internacional y no para que el mensaje de Sastre llegara a calar en la sociedad.

Otras obras que escribió Sastre durante el franquismo son El cubo de la basura, en la que explica cómo formar un grupo de resistencia dentro del pueblo y en contra del régimen; o Escuadra hacia la muerte, donde cinco soldados conviven con un cabo muy tirano al que acaban matando en una clara alegoría del tiranicidio.

Pero no es momento de debate literario y sí de urgencia democrática. Por eso escribo esta entrada de forma precipitada. Hoy, el partido Iniciativa Internacionalista ha sido ilegalizado porque está encabezado por Sastre, aquel que buscó dinamitar al franquismo desde la concienciación social y el activismo de izquierdas. El autor, nacido en Madrid en 1926, ha sido considerado por la justicia española como malo, rojo y batasuno porque hace dos años se presentó en la candidatura de ANV.

Gracias a esta actuación ilegalizadora de la justicia tampoco se podrán presentar a las elecciones la peligrosa dirigente de Izquierda Castellana Doris María Benegas -hermana del conocido socialista Txiki Benegas-; ni al violentísimo Josep Garganté, sindicalista catalán; ni al despreciable Zésar Corella, de la Chunta Aragonesista; ni al poeta gallego terrorista José Luis Méndez Ferrín, que en su momento fue presentado como candidato al Premio Nobel de Literatura; ni al desestabilizador miembro de CCOO de Sevilla Juan Ignacio Orengo; ni a la temible actriz de la serie “Cuéntame” Alicia Pérez Herranz; entre otros abominables monstruos de izquierdas de todos los lugares de España, comprometidos con las corrientes de pensamiento que con tan buen criterio siempre persiguió Franco.

Suerte que están el fútbol, la misa, las putas y las artes del toreo, porque 34 años después de la caída del régimen, en esta renacida España de pandereta aún se persiguen la cultura y las voces críticas.

Mi cruda Barcelona

Dejé por completo Barcelona hace ya casi tres años. Desde entonces, vuelvo poco y de manera desordenada, según me dictan mis impulsos. El autobús de regreso a Pamplona, ese desagradable lugar donde intento recopilar emociones y experiencias, me ancla en el pecho, una y otra vez, la misma sensación imposible de definir.

Por un lado Barcelona y sus contradicciones, los complejos de sus gentes, sus discursos manidos y vacíos ya de contenido. Por otro, ese mediterráneo que se cuela hasta por las calles más angostas y hace más vivas las flores, esa luz que aclara y colorea los ojos… esa ciudad que se defiende por sí sola de tantos ataques.

Llegan de varias formas, los ataques. Los hay externos, los que vienen de una España que asusta, la ignorante, apisonadora y monolingüe; estos son los que alimentan y hacen más orgullosa a Barcelona. Y los ataques internos, los de los luchadores por el aldeanismo, la pureza y el seny que ja fa temps que no serveix; son los que más le duelen, la avergüenzan y la intentan pudrir.

“ANDRÉS (Sacudido de ira).- Vete al cuerno también, tú con Barcelona… Me vas a venir a enseñar tú a mí… Me importan tres pitos Barcelona y la cultura y las narices… Barcelona, Barcelona… aquí lo que sois todos es unos desgraciaos que os han vuelto maricas con tanta estupidez… Mecachis en mi negra suerte… en qué mala hora vine yo a esta tierra… Que estoy de los catalanes hasta los cataplines y de vosotros, que sois peores que ellos, porque os habéis hecho peores que ellos.”

El lunes por la noche hice el que hasta el momento es mi último trayecto Barcelona-Pamplona. Entre otras, me había llevado una obra de teatro para leer en el autobús: La batalla del Verdún, de José Mª Rodríguez Méndez. Un retrato de Barcelona desde el barrio de Verdún, asentamiento de inmigrantes en los años de la postguerra y que forma parte de los nueve barrios (Nou Barris). Mientras leía la obra me convertí un poquito en todos aquellos recién llegados.

Inmigrante fui yo hace casi siete años. Llegué sin miedo, desde Madrid. Allí había vivido mis últimos años, en esa jauja de la juerga, la velocidad y el buen rollo que es la capital. Y me topé con ella, con la Barcelona de la personalidad, la que actúa como un imán de dos polos. Uno de ellos atrae y anima a luchar por formar parte de ella; el otro repele y pincha y siempre hace sentir como un inmigrante, siempre de fuera, ajeno, lejano e incapaz.

“ÁNGEL (Ensimismado en la contemplación de la ciudad).- Mira, mira, aquellas luces son las de Horta…, aquellas otras las del Carmelo… Más allá Pedralbes, Coll-Blanch, Casa Antúnez… Los barrios alegres…
CHAVAL 2.- Sí que es verdad, tú. Barcelona está rodeada de alegría…”

Desde allí arriba, desde lejos, contemplaba yo los barrios, los elegantes y los decrépitos, los de la borsa que sona y los de las navajas. Como tantos ciudadanos pequeñitos, ignorados, superados por la imagen de confianza que transmite Barcelona y acompleja a sus habitantes. Vivir en Barcelona es como un exceso de responsabilidad, una carga que requiere aprendizaje y energía. De ahí tantos errores, tantas batallas inútiles, tantos rumbos fracasados que la hacen, alternativamente, días paleta y días refinada.


“CHAVAL 1.- Como que Barcelona es mucha Barcelona, tú…, hay cada pájaro.”

Así iba yo en el autobús. Y así la lectura de esta obra de teatro, La batalla del Verdún, de este escritor tan poco conocido, Rodríguez Méndez, ayudaba a encauzar tantas incongruencias en mis opiniones.


“ANDRÉS (Luego de limpiarse los labios).– Cada uno tiene que espabilarse… Aquí no estamos en el pueblo… Barcelona es para los hombres. Hay que luchar.”

Hostil, Barcelona se alimenta de todo lo que tiene cada uno. Quita vida, dinero, trabajo, horas y disfrute. No es comprensiva y sí cruel. Y sin embargo, se aguanta y se pelea. Y a la recompensa, si llega, la dicen intangible pero se hace palpable.


“ANDRÉS.- Ya no saldremos nunca más de Barcelona… Nos hemos hecho un hueco…
CARMELA.- ¡Qué bien!”

Eso pensé yo un tiempo, que me quedaría allí. Y sonreía de satisfacción. Luego no fue así y quizás, gracias a haberme ido, he podido tomar distancia y comprensión.

Ahora cada vez que vuelvo refresco aquella sensación contradictoria. Y la miro desde lejos, con cariño y aliviado. La vida en pequeñito tiene sus satisfacciones y yo hace mucho que no recibo dentelladas. Eso sí, una cosa tengo clara. La próxima vez, en cuanto el autobús frene en la estación de Sants y ponga pie en tierra, me sentiré guapo de nuevo. La miraré, como siempre, preciosa, y sonreiré.


“CHAVAL 2.- A las chavalas, a lo primero, Barcelona les favorece, tú…”