Archivo mensual: octubre 2009

Mario Cuenca – De viaje por la utopía

“Manifiesto psiconauta

Nosotros, los viajeros lisergicos, invitamos a toda la humanidad a trepar hasta estados mas elevados de conciencia. La psicologia y la psiquiatria de nuestro tiempo han demostrado su inutilidad absoluta en el logro de la realizacion humana, que no es otra cosa que el ejercicio de ser feliz. Estas ciencias han fracasado en la consecucion de tal meta, la felicidad, por cuanto han fracasado en el proyecto de urbanizacion de la mente. Las regiones inconscientes siguen trabajando, por lo general, en contra del hombre, dado que es en ellas que se almacenan los terrores primarios del individuo, sus angustias, sus traumas y frustraciones. La experiencia del acido lisergico pone a trabajar el inconsciente al servicio de la felicidad.

Nosotros, los viajeros lisergicos, creemos que la perfecta unidad del mundo, la vivacidad de sus colores y formas, la coherencia y ajuste de todos los seres en un mismo ser solo son experimentables con la ayuda del acido. Solo el acido muestra el autentico ser de las cosas. Al llamar droga alucinogena al LSD-25 se incurre en el malintencionado error de asociarlo con el delirio, el disparate y la perdida del juicio. Nosotros preferimos calificarlo como droga visionaria. Las drogas visionarias, a diferencia de otras, cuidan de nosotros y nos respetan. Han venido para expandir nuestras potencialidades, no para enterrarnos bajo ellas.

Por estos y otros motivos, nosotros, los viajeros lisergicos, creemos en un orden politico mundial basado en la experiencia individual de liberacion de la conciencia, un orden geopolitico de naturaleza lisergica, en el que los odios enquistados, las historicas rivalidades nacionales y los encontronazos directos e indirectos entre los dos bloques politicos en que se divide el orbe caeran a los pies de la droga como cosas sin importancia, como parasitos desprendidos de un tejido, ahora saneado y reluciente, al que llamaremos orgullosamente EL MUNDO. La Revolucion, pues, debe comenzar por el individuo y sus facultades psiquicas.

Nosotros, los viajeros lisergicos, rendimos servicio al socialismo real, por cuanto proponemos un orden no fundamentado en la productividad ciega a la que obliga el capital, sino en la igual disolucion de todos los individuos en lo Uno, poniendo nuestros conocimientos al servicio de la noble causa de la Ilustracion. Somos, pues, Ilustrados, en la medida en que no abogamos por un regreso a un orden prelogico o salvaje, sino a la comunion perdida de todas las facultades humanas, dispuestas al servicio del Bien comun.

Madrid, diciembre de 1970”

Boxeo sobre hielo (2007)
Mario Cuenca Sandoval
Esta ida de olla sin tildes que aparece en mitad de Boxeo sobre hielo ilustra tiempos mejores. Aquellos en que, a finales de los sesenta, la juventud pretendía cambiar el mundo mediante unos ideales en que pasaban a segundo plano la responsabilidad y el trabajo, y ascendían hasta la cúspide las ambiciones estéticas o hedonistas. Como si hubieran vuelto Oscar Wilde y sus amigos, pero sin conciencia de clase: todo para todos. Quizás esta revolución que plantea el manifiesto se acerca más a los banquetes y orgías que se hacían en los últimos años del Imperio Romano. Crear un manifiesto que diera las claves de esta revolución mundial era necesario, más en la España de esos años, donde eran cuatro gatos los que tenían ideas que fueran más allá de la simple supervivencia.

Pero la de Mario Cuenca no es una novela sobre drogas; no sólo sobre drogas, quiero decir. Tampoco trata sobre viajes, aunque los hay; ni sobre filosofía, que también; ni de idealismos, o de sueños rotos o de grandes proyectos, y mucho menos sobre boxeo. Boxeo sobre hielo trata sobre una búsqueda, la investigación de alguien que quiere reconstruir la vida de su padre, el Loco Larretxi, el boxeador que da título a la novela. El hijo del loco se embarcará en un viaje en el que se encontrará con todos los temores que empujaron al Loco, a Margot y a otros compañeros a huir hacia adelante, sin rumbo fijo. Buscaban una utopía que creían que podría restituir todos sus sueños rotos.

Aquel campeonato mundial de boxeo que el Loco Larretxi perdió en Oslo es el punto en el que comienzan todos los fracasos que ilustra esta novela. Pero este enunciado nos puede llevar a error. No esperemos una novela realista. Mario Cuenca se mueve en un terreno indeterminado entre la realidad de un pasado conocido -la reconstrucción de una época de gran interés antropológico-, el simbolismo de sus motivos -el boxeo, en sí mismo, es utilizado sólo como herramienta estética, como afirmó el propio Cuenca, y no porque se pretenda hacer una radiografía del panorama pugilístico español de la época-, la metáfora con los viajes de los más grandes exploradores -la aventura de Heyerdahl aparece relatada una y otra vez-, y una ecléctica y posmoderna base documental que hace referencia a figuras tan distantes como David Bowie, Nietzsche, Bradbury, Trotski, Céline o Le Corbusier, por citar sólo algunas pocas. Como dijo un librero de Pamplona cuando fui a comprar el libro, Boxeo sobre hielo es una novela que “tiene peso”.

Pero no nos imaginemos un collage snob lleno de referencias, al estilo Nocilla Dream -libro que nunca he podido terminar-, o una alegoría imposible de comprender para los amantes de la ficción. Mario Cuenca es capaz de engancharnos y emocionarnos a través de una historia en la que engarza con precisión un gran número de elementos. Presenta una novela que en ningún momento parece una ópera prima, por la sencillez y la resolución con que plantea los dilemas.

Esta novela es una de las que cambió mi forma de leer literatura contemporánea, que me permitió ir un paso más allá de los clásicos. Como rito iniciático, para los que quieran empezar a conocer la novelística española actual, la que pretende avanzar sobre la tradición y lucha por descubrir nuevas vías en la creación literaria, Boxeo sobre hielo es una novela ideal. Para los que quieran pasar un buen rato y sumergirse en la lectura de una historia que engancha de principio a final, también.

Tuvimos la suerte de recibir a Mario Cuenca hace dos años en el taller de literatura del que he hablado más de una vez. Dentro de un par de semanas volverá a Pamplona y yo iré de nuevo a escucharle. Sé que ha vuelto a escribir, y he oído de fuentes bien informadas que su nueva novela es “buenísima” (sic).

Tobias Wolff – Sobre militares y gays

“-¡Oye! -dice Lewis. Aquello le sienta bien-. Ya me gustaría habérmelo puesto antes.

La piel ardiente traga la loción. El profesor vierte más, directamente del frasco, en el dorso de la mano de Lewis. Lewis se echa hacia atrás y cierra los ojos. El cuarto está fresco, y azulado. Fuera canta un jilguero, uno de los tres pájaros que el profesor puede identificar. Frota con la loción la mano de Lewis, notando que el calor desaparece poco a poco; los movimientos de su propia mano son circulares y rítmicos. Al cabo de un rato se olvida de lo que está haciendo. Se olvida del estómago que siempre le duele, se olvida de los niños y niñas a los que da clase y que parecen destinados a convertirse en unos brutos y unas guarras, se olvida de su odio a la casa y de su miedo a estar en otro sitio. Se olvida de la sensación de estar absolutamente solo.

Lo mismo le pasa a Lewis.

Luego el cuarto está silencioso y gris. El profesor no tiene ni idea de cuándo dejó de cantar el pájaro. Baja la vista hacia donde su mano y la de Lewis están unidas, con los dedos entrelazados. Al fin Lewis está quieto. Respira tan pacífica y regularmente que el profesor cree que está dormido. Entonces ve que Lewis tiene los ojos abiertos. Hay en ellos un leve resplandor de luz.

El profesor suelta su mano de la mano de Lewis.

-Tengo que admitir que este producto es muy bueno -dice Lewis-. Debería ir a comprarme un frasco.”

Ladrón de cuarteles (1984)
Tobias Wolff

Desde que me di cuenta, en la pasada entrada, de mi machismo cultural algo ha cambiado en mí, y por tanto en mi blog. Entró Amélie Nothomb de forma elogiosa, leo a Patricia Highsmith como me recomendaron por ahí -lo siento, la recomendación que se me hizo sobre leer a Murakami no la voy a recoger por el momento, creo que queda explicado al leer aquí– y ahora me lanzo con una entrada sobre gays. Al final, de parecer un hincha de la selección española de fútbol voy a pasar a hacer un blog rosa. Lo que cambian las cosas.

La historia que nos cuenta Tobias Wolff no se puede considerar rosa en sí misma, pero sí el pasaje que he extraído. ¿Por qué? Porque Lewis es un militar bastante violento y díscolo, un macho con dos cojones -como yo hasta la semana pasada-, que de repente se ve atraído por un afeminado profesor de escuela del que se habría reído sin parar en otro momento. No sigo contando para no pasarme con los spoilers -que ya son bastantes-, y porque quiero que alguien coja el libro de la biblioteca y comente sus opiniones. Merece la pena, que las bifurcaciones de la trama son numerosas, pero lo que más impresiona de esta historia es su estructura. Voy a tratar de explicarla.

Las primeras páginas están dedicadas a presentar a una persona que no es Lewis. Nos relata parte de su vida en la ciudad hasta que entra en el ejército. Allí, conoce a algunos compañeros que están en su misma situación de reclutas novatos. Uno de ellos toma de repente el protagonismo en la historia. No sabemos nada de él y de repente es el centro. Parece una ramificación del argumento después del cual volverá al personaje principal, pero no ocurre así. Lo mejor es que luego entra en escena Lewis, el compañero más arisco del cuartel, y el foco se queda con él para el resto de la novela. No volvemos a saber del primer protagonista, algo que, cuando menos, se hace bastante extraño.

Me explico: si yo quiero contar la historia de Lewis lo normal es que me centre en su vida, cuente luego los hechos que interesan y aporte o no alguna conclusión. Clásica tarea de contador de historias enteras, que luego se rompen en pedacitos y se reelaboran para formar una estructura que obligue a pensar al lector y por tanto llegue a él. O sea, si quiero contar la historia de Lewis no pienso en la vida pasada de su compañero de cuartel, como hace Tobias Wolff enLadrón de cuarteles, sino en la del propio Lewis. En una primera lectura da la impresión de que el autor empezó a escribir sobre un protagonista sin saber muy bien adónde le llevaría la historia, luego se fue por las ramas y, al ver que eran más interesantes, decidió no volver.

O sea, que deja una sensación un tanto extraña. ¿Por qué me ha gustado, entonces, si aparentemente es tan poco correcta? Porque pese a la desorientación que me crea, creo que es la única forma en que podía contarse esta historia, aunque dicha manera esté en contra de todo lo que académicamente se considera correcto. Además, me parece un libro sólido y con un enorme poso para la reflexión, tanto por lo comentado anteriormente, como por las repercusiones morales y narrativas que plantea. Este aspecto, el remanente intelectual que deja una historia, es algo que sólo se puede averiguar conforme pasa el tiempo, dejando la distancia necesaria y sumando otras lecturas para ver si ocupan su hueco. Leí este libro hace poco más de un año, han caído muchos más después, y sin embargo no desaparece esta historia cuando me planteo cuáles son las que más me hacen pensar.

 

“Terminan los avances y empiezan los dibujos animados, una película de Tom y Jerry. Cada vez que el gato choca contra una pared o mete el rabo en un enchufe de la luz, Lewis se parte de risa. De vez en cuando le chilla advertencias al gato. La pareja de delante de él se cambia de sitio. Los dibujos animados que vienen después son de Goofy. Una mariposa escribe los títulos de crédito, volando de un lado de la pantalla al otro.

Mariposa, mariposones – dice Lewis.

Cuando oye la palabra se le encoge el estómago. Se levanta y sale. Se detiene un momento debajo de la marquesina, sólo para respirar a fondo, y luego corre acera abajo en la dirección que tomó el descapotable, apartando a la gente de su camino sin miramientos. Corre tres, cuatro, cinco bloques hasta donde termina el centro. Los ojos le pican por el sudor que les ha entrado y tiene la camisa empapada. Se saca el frasco de loción de calamina del bolsillo y lo tira a la calzada. Se hace pedazos.

– Yo no soy un mariposón -dice. Mira pasar los coches un rato, cerrando y abriendo los puños, luego da media vuelta y se dirige a Fayeteville en busca de una chica.”


Me gustaría que si alguien lo ha leído comentara su opinión. Y si no aparece nadie que lo haya hecho, os animo a ello. Es es un libro cortito, de menos de cien páginas, y que forma parte de estas novelas del típico realismo americano, ese que no necesita traducción simultánea ni erudición máxima para comprenderlo. No os costará mucho esfuerzo, así que, esta vez la petición es en firme, leedlo y haceos presentes, queridos lectores de mi nuevo blog rosa.