Archivo mensual: abril 2009

J. R. Jiménez – No es un libro para niños

XLIV – La arrulladora

La chiquilla del carbonero, bonita y sucia cual una moneda, bruñidos los negros ojos y reventando sangre los labios prietos entre la tizne, está a la puerta de choza, sentada en una teja, durmiendo al hermanito.

Vibra la hora de mayo, ardiente y clara como un sol por dentro. En la paz brillante, se oye el hervor de la olla que cuece en el campo, la brama de la dehesa de los Caballos, la alegría del viento de mar en la maraña de los eucaliptos.

Sentida y dulce, la carbonera canta:

Mi niiño se va a dormirrr
en graaaaasia de la Pajtoraaaa…

Pausa. El viento en las copas…

… y pooooor dormirse mi niñooooo,
se duerme la arrulladoraaaaaa…

El viento…. Platero, que anda, manso, entre los pinos quemados, se llega, poco a poco… Luego se echa en la tierra fosca y, a la larga copla de madre, se adormila, igual que un niño.”

Platero y yo (1917)
Juan Ramón Jiménez

Conseguid un ejemplar de bolsillo de Platero y yo, metedlo en el bolsillo, y abridlo cada vez que tengáis que esperar a alguien. Leed cualquier capítulo -que no sea ninguno de los siete últimos- y saboreadlo. Cuando llegue la persona a la que esperabais, es probable que os sorprenda con un hilillo de baba colgando por el mentón, una sonrisa bobalicona y la mirada perdida hacia algún árbol en la lejanía.

Juan Ramón Jiménez habla a su borrico. Se puede oír su voz, en susurros. Suave, describe los paisajes andaluces, los paseos, los amaneceres y las puestas de sol, las chicas, los niños y las viejas, los ríos y las fuentes, el cielo y las tormentas. Y de repente, el lector deja de estar en medio del tráfico de la ciudad, o montado en un autobús atestado de gente.

Todo el mundo ha leído Platero y yo. Suelo preguntarlo a mis conocidos, ¿has leído Platero y yo? “Sí, de pequeño”, contestan todos, huidizos. Poca cabeza para tanto libro, pienso entonces.

El mismo autor nos explica, en el “Prologuillo” que escribió para la primera edición: “Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre.”

Yo también lo leí de niño, mal e inocente. Ha sido de mayor cuando he podido sorprenderme y apreciar la dulzura, el cariño, y la lírica de uno de los grandes. Si todavía no lo habéis redescubierto, no os lo perdáis.

Naguib Mahfuz – Las dudas sobre las que se mueve el mundo

“-Papá…

-¿Qué?

-Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.

-Claro, mujer, porque es tu amiga.

-En clase… en el recreo… a la hora de comer…

-Estupendo… es una niña buena y juiciosa.

-Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.”

Jardín de infancia
Naguib Mahfuz

Con estas palabras empieza el trepidante relato de Naguib Mahfuz, Jardín de infancia. En un diálogo sin acotaciones, se suceden una serie de preguntas y respuestas que se leen de manera fugaz, pero que necesitan ser pensadas despacio. El recurso puede parecer manido: la niña que pone en aprietos al padre; pero el resultado pone sobre la mesa toda la cuestión religiosa. A mí, personalmente, esa cuestión me pone de muy mala leche, algo que al mundo lógicamente le da igual; pero es que son demasiados siglos de guerras, injusticias, muertes, odio y problemas innecesarios.

El escritor egipcio Naguib Mahfuzaquí enlace a la wikipedia- es el único escritor en lengua árabe que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Fue en 1988. Seis años después, unos extremistas de esos que abundan en todas las religiones le hirieron en el cuello. Tenía 85 años. Era musulmán practicante, pero le habían considerado hereje. A su lado, a mí me deben de considerar el mismísimo demonio. Asustadito me tengo de lo malo que soy.

Bueno, en este relato, Mahfuz hace de una inocente conversación doméstica un inolvidable tratado de tolerancia. Para los que quieran terminarlo, dejo aquí el link al relato completo -cortesía de Ciudad Seva-, que es breve y acelerado, pero debe leerse despacio. Por favor, obispos, muyahidines y gobernantes iluminados: échenle un vistazo.

Cada vez que oigo hablar de religión, crímenes en nombre de Dios, o extremismos musulmanes o cristianos, me viene a la cabeza una estrofa de Silvio Rodríguez que canto a gritos cada vez que suena:

“Hay que quemar el cielo si es preciso
por vivir
por cualquier hombre del mundo
por cualquier casa.”

Camus – Cuestión de necesidad

“Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame». Nada quiere decir. Tal vez fue ayer.

El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús de las dos y llegaré por la tarde, así podré velarla y regresaré mañana por la noche. He pedido a mi patrón dos días de permiso que no me podía negar con una excusa semejante.”

El extranjero (1942)
Albert Camus
Me he vuelto a descubrir escribiendo grave. A veces me pasa. Me confío y cuento mis sentimientos al mundo, como si los demás no tuvieran los suyos propios.

Desde que hay blogs una epidemia de exhibicionismo se ha extendido. Todo el mundo tiene unos sentimientos profundos, puros y desbordantes de energía. Además, los escriben de una manera súper inteligente, afectada y con ese justo toque de ironía o acidez que demuestra su capacidad de distanciarse de los hechos y emitir juicios. ¡Cuán interesantes son!

Que ocurra a mucha gente no es excusa, claro, para hacer lo mismo. Yo evito esta tendencia que tengo de untar con miel las palabras releyendo El extranjero, una actividad muy aconsejable y que creo que funciona.

La cuento un poquito, la novela, por si alguien aún no la ha leído. El protagonista de la historia se llama Mersault. El nombre da igual, vale, pero es que con el tiempo se ha convertido en un símbolo y por eso es bueno retenerlo.

Su madre se muere en las primeras cuatro palabras. Mersault se preocupa de pedir un permiso al jefe y planificar el viaje sin que aquello le cause demasiadas molestias. La quería, eso cree, pero no llora en el funeral. Un día, en la playa, hace calor y dispara cuatro tiros a un árabe. Otro día le sentencian a muerte, y él se dedica a observar a los asistentes al juicio y especular sobre qué estarán sintiendo. Así nos lo cuenta: “No miré hacia el lado de Marie. No tuve tiempo porque el presidente me dijo en forma extraña que me se me decapitaría en plaza pública y en nombre del pueblo francés. Me pareció entonces reconocer el sentimiento que en todos los rostros se expresaba. Creo que era de conmiseración”.

Podría llenarse esta reseña con palabrejas estilo nihilismo, existencialismo, carencia de valores, apatía, individualismo, falta de sentido de la vida, crisis de la sociedad moderna, despersonalización… pero para eso están todas las críticas de los que saben de esto.

La novela es breve, facilita y se lee en una tarde, mejor si llueve y se puede poner uno al lado de una ventana.

Cuando pasa el primer sufrimiento, el mecanismo se ha colocado en su sitio y se deja de edulcorar las historias. Albert Camus mediante, ya no se escribe sobre lo vivido sino para intentar que vivan otros.

Felicidades, vieja

8 años de vida y 78 de memoria.

Mi cruda Barcelona

Dejé por completo Barcelona hace ya casi tres años. Desde entonces, vuelvo poco y de manera desordenada, según me dictan mis impulsos. El autobús de regreso a Pamplona, ese desagradable lugar donde intento recopilar emociones y experiencias, me ancla en el pecho, una y otra vez, la misma sensación imposible de definir.

Por un lado Barcelona y sus contradicciones, los complejos de sus gentes, sus discursos manidos y vacíos ya de contenido. Por otro, ese mediterráneo que se cuela hasta por las calles más angostas y hace más vivas las flores, esa luz que aclara y colorea los ojos… esa ciudad que se defiende por sí sola de tantos ataques.

Llegan de varias formas, los ataques. Los hay externos, los que vienen de una España que asusta, la ignorante, apisonadora y monolingüe; estos son los que alimentan y hacen más orgullosa a Barcelona. Y los ataques internos, los de los luchadores por el aldeanismo, la pureza y el seny que ja fa temps que no serveix; son los que más le duelen, la avergüenzan y la intentan pudrir.

“ANDRÉS (Sacudido de ira).- Vete al cuerno también, tú con Barcelona… Me vas a venir a enseñar tú a mí… Me importan tres pitos Barcelona y la cultura y las narices… Barcelona, Barcelona… aquí lo que sois todos es unos desgraciaos que os han vuelto maricas con tanta estupidez… Mecachis en mi negra suerte… en qué mala hora vine yo a esta tierra… Que estoy de los catalanes hasta los cataplines y de vosotros, que sois peores que ellos, porque os habéis hecho peores que ellos.”

El lunes por la noche hice el que hasta el momento es mi último trayecto Barcelona-Pamplona. Entre otras, me había llevado una obra de teatro para leer en el autobús: La batalla del Verdún, de José Mª Rodríguez Méndez. Un retrato de Barcelona desde el barrio de Verdún, asentamiento de inmigrantes en los años de la postguerra y que forma parte de los nueve barrios (Nou Barris). Mientras leía la obra me convertí un poquito en todos aquellos recién llegados.

Inmigrante fui yo hace casi siete años. Llegué sin miedo, desde Madrid. Allí había vivido mis últimos años, en esa jauja de la juerga, la velocidad y el buen rollo que es la capital. Y me topé con ella, con la Barcelona de la personalidad, la que actúa como un imán de dos polos. Uno de ellos atrae y anima a luchar por formar parte de ella; el otro repele y pincha y siempre hace sentir como un inmigrante, siempre de fuera, ajeno, lejano e incapaz.

“ÁNGEL (Ensimismado en la contemplación de la ciudad).- Mira, mira, aquellas luces son las de Horta…, aquellas otras las del Carmelo… Más allá Pedralbes, Coll-Blanch, Casa Antúnez… Los barrios alegres…
CHAVAL 2.- Sí que es verdad, tú. Barcelona está rodeada de alegría…”

Desde allí arriba, desde lejos, contemplaba yo los barrios, los elegantes y los decrépitos, los de la borsa que sona y los de las navajas. Como tantos ciudadanos pequeñitos, ignorados, superados por la imagen de confianza que transmite Barcelona y acompleja a sus habitantes. Vivir en Barcelona es como un exceso de responsabilidad, una carga que requiere aprendizaje y energía. De ahí tantos errores, tantas batallas inútiles, tantos rumbos fracasados que la hacen, alternativamente, días paleta y días refinada.


“CHAVAL 1.- Como que Barcelona es mucha Barcelona, tú…, hay cada pájaro.”

Así iba yo en el autobús. Y así la lectura de esta obra de teatro, La batalla del Verdún, de este escritor tan poco conocido, Rodríguez Méndez, ayudaba a encauzar tantas incongruencias en mis opiniones.


“ANDRÉS (Luego de limpiarse los labios).– Cada uno tiene que espabilarse… Aquí no estamos en el pueblo… Barcelona es para los hombres. Hay que luchar.”

Hostil, Barcelona se alimenta de todo lo que tiene cada uno. Quita vida, dinero, trabajo, horas y disfrute. No es comprensiva y sí cruel. Y sin embargo, se aguanta y se pelea. Y a la recompensa, si llega, la dicen intangible pero se hace palpable.


“ANDRÉS.- Ya no saldremos nunca más de Barcelona… Nos hemos hecho un hueco…
CARMELA.- ¡Qué bien!”

Eso pensé yo un tiempo, que me quedaría allí. Y sonreía de satisfacción. Luego no fue así y quizás, gracias a haberme ido, he podido tomar distancia y comprensión.

Ahora cada vez que vuelvo refresco aquella sensación contradictoria. Y la miro desde lejos, con cariño y aliviado. La vida en pequeñito tiene sus satisfacciones y yo hace mucho que no recibo dentelladas. Eso sí, una cosa tengo clara. La próxima vez, en cuanto el autobús frene en la estación de Sants y ponga pie en tierra, me sentiré guapo de nuevo. La miraré, como siempre, preciosa, y sonreiré.


“CHAVAL 2.- A las chavalas, a lo primero, Barcelona les favorece, tú…”

Menéndez Salmón – Íntimo y personal

“Pero allí, en un rincón de la noche invernal, con el cántico de las aguas en mis oídos, acaté mi pequeña tarea, mis trabajos y días sobre la miseria y la grandeza ajenas, y sólo acerté a apretar a Zoe contra mi pecho, como si así, con el latido de mi corazón en sus encías, mi mujer pudiera sentirse más amada, más venerable, más protegida que a través de cualquier palabra con la que yo me hubiera atrevido a nombrarla, a expresarla, a intentar apropiarme de ella.

Supe así que sólo poseía aquel gesto para recordarle cuánto la amaba. Y supe también que aquel pequeño gesto me redimía de toda la poesía del mundo, de todas las grandes, bellas, inútiles palabras que nos rodean.”

El corrector (2009)
Ricardo Menéndez Salmón
He aquí unas bellísimas palabras de un libro escrito con la precisión a que nos tiene acostumbrados el escritor asturiano. La lástima es que creo que El corrector no será recordado tanto por su cuidado lenguaje como porque no alcanzó las expectativas que se habían puesto sobre él.

Ricardo Menéndez Salmón siempre escribe pulcro, como si cada palabra que anota la hubiera escogido tras desechar todas las demás. En cada libro suyo encontramos frases que apuntan al centro mismo de las ideas, que condensan el máximo significado que una combinación de letras y espacios puede alcanzar.

Pero a sus habituales ya no nos basta con eso. Le pedimos siempre más. Pedimos que corone una trilogía como la que cierra este libro con una obra magistral, que nos sorprenda, que nos resquebraje. Y no lo ha hecho. La ofensa, el primer relato de su saga sobre el mal, consiguió llevarnos a cotas intelectuales poco habituales en una novedad. Derrumbe mantuvo el tipo y abrió un canal en nuestro interior hacia el asco y la desolación. Algo más esperábamos de El corrector, algo más que una cuidada reflexión individual sobre aquello que ocurrió el 11-M de 2004 en España.

Y no nos lo ha dado esta vez. Y así pagamos los fieles, con la crítica. Y, por supuesto, con la promesa de que leeremos lo siguiente que salga de la pluma del que continúa siendo uno de los escritores más finos en nuestra lengua.