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Vargas Llosa – Novela total

“A las dos semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual, les trajeron al calabozo una olla con trozos de carne. Miguel Ángel Báez y Modesto se atragantaron, comiendo con las manos hasta hartarse. El carcelero volvió a entrar, poco después. Encaró a Báez Díaz: el general Ramfis Trujillo quería saber si no le daba asco comerse a su propio hijo. Desde el suelo, Miguel Ángel lo insultó: «Dile de mi parte a ese inmundo hijo de puta, que se trague la lengua y se envenene». El carcelero se echó a reír. Se fue y volvió, mostrándoles desde la puerta, una cabeza juvenil que tenía asida por los pelos. Miguel Ángel Báez Díaz murió horas después, en brazos de Modesto, de un ataque al corazón.”

La fiesta del chivo
Mario Vargas Llosa

Aprovecho una fiesta tan señalada, el 31 aniversario del último intento de golpe de estado en España (publiqué la entrada original en el viejo blog hace tres años, con lo que hablaba del 28 aniversario del golpe), para colar una de las novelas más apetitosas que me he leído y que tiene mucho que enseñar sobre lo que ocurre cuando gente más fuerte que culta consigue sodomizar a todo un país.

El último día del régimen del dictador Trujillo -República Dominicana- sirve de base para este monumental relato, alabado por la crítica como una de las grandes novelas del siglo. Lo que no se sabe bien es de qué siglo están hablando, ya que La fiesta del chivo apareció en el año 2000, a caballo entre la modernidad y la debacle.

Dicen los que saben de esto que La fiesta del chivo es heredera de Conversación en la catedral (1969), la obra que Vargas Llosa dijo que salvaría si sólo pudiera elegir una. En cuanto a la estructura, La fiesta del chivo comparte con aquella la gran cantidad de tramas que se entrecruzan. En favor de esta última hay que decir que el lector sabe en todo momento dónde se encuentra situado, algo que era más complicado en la de 1969. Para mí, esta característica tiene que ver con la madurez del escritor, que ha sabido encontrar el punto medio entre la accesibilidad y la buena literatura. Por contra, algunos miembros de esa elite cultural elevada inaccesible para los mortales se muestran decepcionados a causa de esta facilidad de lectura.

Si alguien no ha oído hablar del término Novela total que se atribuye al escritor peruano, aquí tiene el ejemplo más consistente para saber de qué se trata: una obra con tres líneas maestras que se entrecruzan, relato histórico, periodístico, documental, literatura pura en las ocasiones en que la historia lo requiere, momentos que se confunden con un ensayo, digresiones planteadas en boca de personajes…

Y la excusa para esta sinfonía literaria es Urania Cabral, la hija exiliada de uno de los hombres fuertes del despiadado régimen de Trujillo. A lo largo de las páginas, Cabral se convierte en un símbolo: la imagen del dolor que se puede generar cuando se supedita la condición humana a la jerarquía de un sistema político.

Enrique Rubio – La realidad es un juego sin PAUSE

Asunto: Asilos
De: aenima@xmail.com
Para: cascaradenuez@xmail.com
Estás dándole la papilla a tu anciana madre, senil, atragantándose y con hedor a heces por haber decidido postergar el cambio de pañales. Tu madre se ahoga con la papilla y las babas colganderas parecen lianas entre la cuchara y su boca, pero tú mientras tanto estás abstraída pensando en tener un hijo, tan ensimismada que le metes otra cucharada cuando no se ha tragado ni una gota de la balsa de triturado empantanado entre sus encías. Piensas en tu hijo como ese niño gracioso y tierno que esperarás a la puerta de la guardería y te llevarás de la mano a casa para que juegue y te dé el enternecedor dibujo del día: su familia. No piensas en ese momento en tu hijo agonizando recubierto de pellejo agrietado con verrugas y pelos negros y con las comisuras de los labios pastosas dejando caer de cuando en cuando dos hilillos de papilla de verdura. No te lo imaginas así y lo tienes justamente delante. No te imaginas a tu hijo postrado en una camilla dejando entrever su esqueleto a través de la piel. Generatriz borra de tu cabeza este posible pensamiento. Sólo piensas en ese muñequito rosado y cándido, espléndido, lleno de vida. Tienes oculta la otra cara. Quizá estés embarazada y no veas lo que tienes delante. Generatriz borra de tu mente la vejez y la muerte. La gente piensa en su futuro hijo como un niño eterno, o como un adolescente como mucho, o como un exitoso adulto joven emprendedor con un trabajo admirable. Nadie piensa en su futuro hijo como un anciano inválido. Sólo el Elegido piensa en su futuro hijo como un anciano quejumbroso y temeroso de la cuenta atrás. Sólo el Elegido piensa en su hijo como un vehículo esclavo de la transmisión genética.

Tengo una pistola
Enrique Rubio

Cascaradenuez lleva diez años encerrado en su piso del 4ºA. No se atreve a salir porque tartamudea y padece fobia social. Aunque estos son solo dos de sus múltiples males. Su trabajo consiste en crear cebos pornográficos para pajeros de todo el mundo. Vive rodeado de pantallas a través de las que se comunica con su amigo cibernético Ciria, descarga música y películas que nunca tendrá tiempo de disfrutar y, por la noche, se echa en la cama enredado en el cable de su ratón. Es entonces cuando sueña que forma parte de un juego de ordenador donde debe matar zombies por Manhattan.

Por el día, todo su contacto con el mundo exterior se reduce a su pantalla. Bueno, también es visitado en ocasiones por un psicólogo al que pagan sus padres, pero no puede decirse que le ayude mucho a solucionar sus problemas mentales. Sin duda, sería buena idea que el protagonista pusiera algo de su parte para ponerles remedio, pero la verdad es que no tiene muchas ganas de hacerlo.

Cascaradenuez compra por internet todo lo que necesita: ediciones especiales de discos que nunca se mueven de su estantería, zapatillas deportivas que apila en el armario, comida que sí come…

Un día, en un tetrabrick de leche, encuentra la siguiente pregunta:

¿Eres consciente de que llevas un excremento en tu interior?

A partir de entonces entra en contacto con algo parecido a una secta que tiene un ideal un tanto extraño: luchar contra lo que dicta nuestro código genético. Así de fácil. Ænima (el profeta con quien se comunica Cascaradenuez) dice que los humanos somos máquinas programadas por Generatriz. Que somos meros esclavos de nuestros genes y, por tanto, que hay que luchar contra ellos, vencer al programa.

Enrique Rubio aprovecha este estrambótico punto de partida para armar una adictiva novela cuyas páginas nos llevan por caminos cercanos a la ciencia ficción, en ocasiones; o al thriller psicológico, en otras. Pero toda la obra aparece inundada por reflexiones sobre las relaciones humanas que cuentan con un punto de elaboración superior al que se puede esperar de una primera novela.

Sus ideas se podrían equiparar a las de un autor maldito como Houellebecq, pero la manera en que las plasma es radicalmente otro: Tengo una pistola es una novela de ficción que pretende serlo: esto es, no se trata de una obra de autoficción donde un trasunto del escritor nos cuenta sus reflexiones (como haría Houellebecq), sino que presenta un relato ficticio del que se destila una visión del mundo.

Tengo una pistola sorprende. Sorprende la cantidad de hallazgos literarios que hay en sus páginas y la profundidad de sus razonamientos. Además, su lectura tiene un ritmo trepidante. Es de esas novelas que te persiguen en tu día a día, uno de esos libros que buscas cada vez que la vida te otorga un momento de tranquilidad.

Yo, qué más cabe decir, la disfruté muchísimo.

ATENCIÓN, ESPOILERS

Llamo la atención de los lectores porque, a partir de aquí revelo una parte de la historia que un futuro lector podría no querer saber. El que siga leyendo, que no diga que no le avisé:

Cascaradenuez consigue una pistola gracias a la secta de los elegidos, y esa pistola le hace sentirse seguro. Saber que en cualquier momento puede dispararse un tiro en la sien, y así poner fin a su sufrimiento, le proporciona el valor suficiente para salir de su búnker y enfrentarse a la realidad. De pronto, se da cuenta de una cosa:

La realidad es un juego sin PAUSE.

Y luego, observa. Imaginaos los términos en que analizaría el mundo alguien que, desde hace diez años, solo conoce los haces de luz que emite su pantalla:

Alta definición, al menos 1920×1080 píxeles. Rica en texturas y sin escatimar en polígonos. Los colores no son excesivamente brillantes ni vivos, sino naturales. Me muevo y no hay parones ni saltos en la imagen. Fluidez visual, por lo menos a 30 frames por segundo y 100 hertzios de tasa de refresco. Miro las líneas de los edificios, sin dientes de sierra, sin jaggies. La relación de contraste es al menos de 1200:1. Los efectos de antialiasing, mip mapping, bup mapping, environment mapping… son de última generación. Formato panorámico 16:9, más o menos, y un brillo de unos 520 cd/m2.

Esta simulación tan fidedigna era la realidad diez años atrás. Es el molde que utilizan los programadores para diseñarme los juegos con los que he estado alimentándome. La realidad se parece bastante a mis videojuegos. La realidad es bastante real. Está bien conseguida.

Tebeos de la posguerra – La educación de nuestros padres

Cuando leáis estas líneas, Hechas y Pelayos de la España victoriosa, habréis desfilado ya por las plazas y las calles de todas las ciudades y pueblos de España, enronqueciendo con el grito que en estos momentos escapa de las gargantas de todos los españoles: Franco, Franco, Franco.

La gratitud de todos los niños de España debe llegar hasta él en un alarido unánime. Gratitud, cariño, admiración y sumisión incondicional. Ha sido el enviado de Dios, el instrumento de Dios, el brazo de la justicia y el amado de la victoria.

Treinta y dos meses hace que tomó sobre sus hombros una empresa al parecer irrealizable. Otro cualquiera hubiera dudado; él no vaciló un instante. Confió en Dios, confió en la inmortalidad del pueblo español y confió en la grandeza de su genio. Y aquella empresa erizada de dificultades, imposible para cualquier otro que no fuera él, ha quedado victoriosamente rematada. A él como al emperador bíblico pudo decirle el Señor: Yo te nombré y te llamé y te establecía para abrir las puertas infranqueables, para romper los cinturones de hierro, para entrar en las grandes ciudades y para sojuzgar a los pueblos rebeldes. Y cuando en el curso de vuestro bachillerato os encontréis con aquel verso en que el poeta latino hace el elogio de uno de los grandes generales de Roma: «Con paso lento pero seguro él nos restituyó todo», pensad que este elogio tiene su realización en nuestro Caudillo glorioso, el mejor general del mundo.

Todo lo tenéis por él: la Patria, la familia, la misma fe de Jesucristo, el honor de llamaros españoles, la esperanza de un porvenir glorioso, esa boina roja que significa todo el pasado sin igual de España y esa camisa azul que significa un mañana lleno de esplendor. Y esas flechas de vuestra camisa han conquistado ya por él todo su sentido. enlazadas, como ellas en un solo haz, están ya todas las regiones de España, para trabajar en la realización del lema que tantas veces habéis repetido: Una, Grande y Libre, bajo la espada del triunfador providencial.

Es el momento de decir: ¡Gloria a Dios en las alturas y gratitud en la tierra al hombre Por Él Escogido!

Fray Justo Pérez de Urbel
Primer abad del valle de los caídos

En Palencia hay una exposición sobre tebeos de la posguerra española. Es divertida. No es que haya ninguna publicación que resulte especialmente interesante (al menos para mí, que no soy muy ducho en las artes del dibujo), pero la expo en sí tiene su intríngulis. ¿Por qué? Pues por esto mismo: porque me obliga a esforzarme en entender cómo podían resultar atractivas, en aquella época, todas esas publicaciones plagadas de tópicos y simplezas.

Hay un apartado bastante divertido sobre la censura. Nosotros (los actuales, los nacidos a partir de los sesenta) sabemos que las heroínas femeninas de los cómics siempre enseñan buena parte de su agraciada anatomía mientras pelean contra monstruos. Bien, pues nuestros padres, de niños, no lo sabían. Ni siquiera en las traducciones de comics extranjeros. Para mantener la inocencia de las generaciones que nos criaron existían esos bienpensantes dibujantes censores que aplicaban con desparpajo sus artes y cubrían con gaseosos y desenfocados tules tal exuberancia. Así, las defensoras del bien en España eran ágiles, fuertes, listas y recatadas. Como debe ser.

No tengo imagen para poner, pero prometo volver para hacerle una foto y actualizar la entrada.

Bien, os preguntaréis qué coño tiene que ver todo esto que cuento con las sabias palabras de Fray Justo Pérez de Urbel (a la sazón primer abad del valle de los caídos). Resulta que este texto, por lo visto, abría varios de los comics que se distribuyeron por la España nacional al finalizar la guerra. Y no he podido evitar fotografiarlo y luego transcribirlo. Para todos. Quizás así consigamos entender algunas de las taras de los viejillos y, mucho más allá, sepamos apreciar sus meritorias evoluciones.

Félix de Azúa – Sobre la felicidad

Los padres destrozan a sus hijos haciéndoles felices; los amantes se destrozan entre sí haciéndose felices; los sabios se mantienen en una rigurosa ignorancia con el fin de hacer felices a los humanos; los poderosos explotan a los débiles para facilitarles la felicidad; y los artistas chapotean en ese delirio obsceno, buscando fragmentos en el mar de sangre, para exhibirlos en el museo con un cartelito que lleve su nombre.

¿Pero por qué? Esta pregunta no tiene respuesta. Sólo sabemos que nuestro significado está hoy escrito en términos históricos y que a la historia sólo pasan los criminales. Miles, millones de hombres y mujeres viven ochenta años sin pena ni gloria, y sin hacer demasiado daño; pero son insignificantes, NO NOS DICEN NADA. Llega, en cambio, un canalla, logra el dinero suficiente para matar a centenares de miles de hombres y tiene asegurado un lugar SIGNIFICATIVO en la historia de la humanidad.

La ciudad de Florencia es visitada anualmente por millones de turistas que la adoran. Pero esa ciudad es el resultado de la guerra, de la explotación, del crimen y la estafa. Una casa anónima, encalada y pobre, con su maceta de geranios, en el interior de Badajoz, carece de importancia; es anónima, forma parte del miserable bagaje de los PERDEDORES de este mundo. Sólo es histórica y significativa la ciudad construida sobre la sangre. A la historia sólo pasan los canallas. En la basílica de San Pedro muchos hombres y mujeres miraron con placer la nariz de la Virgen de Miguel Ángel, pero sólo uno le pegó de martillazos. Este será el que pase a la historia, éste es el significativo porque pone de manifiesto nuestra insignificancia mediante un gesto de loco.

Historia de un idiota contada por él mismo
Félix de Azúa (1986)

Me temo que va a ser difícil explicar que este libro me ha llenado de buen rollo.

Mercedes Cebrián – Sobre el poder

Debéis saber que dirijo
mi propia publicación,
una revista de números impares.

Por más que me insistáis no habrá número dos, ni un especial
Cumplimos Veinte Números.
El nueve, un monográfico dedicado a los pares
contiene referencias, cientos de véases, de
tal como señalamos en el número ocho.

¿Se os ocurre otra forma más sutil
de poder?

El malestar al alcance de todos
Mercedes Cebrián (2004)

Qué sorpresa encontrarme con Mercedes Cebrián.

El libro combina cuentos y poemas. Aunque yo soy más de prosa, también soy un lector comprensivo, así que me leí ambos. Y todos son irónicos, como para morirte de la risa y luego llorar. O viceversa. El caso es que me gustan, y por eso los traigo aquí (un momento, si yo soy más de relatos, ¿por qué he colgado un poema?).

Ya he regalado dos ejemplares.

¿Las literaturas en castellano?

Doy por descontado que la suerte de Felisberto (Hernández) en Uruguay y Argentina debe ser diferente, lo que nos lleva a un problema aún peor que el olvido: el provincianismo en que el mercado del libro concentra y encarcela a la literatura de nuestra lengua, y que explicado de forma sencilla viene a decir que los autores chilenos solo interesan en Chile, los mexicanos en México y los colombianos en Colombia, como si cada país hispanoamericano hablara una lengua distinta o como si el placer estético de cada lector hispanoamericano obedeciera, antes que nada, a unos referentes nacionales, es decir, provincianos, algo que no sucedía en la década del sesenta, por ejemplo, cuando surgió el boom, ni, pese a la mala distribución, en la década de los cincuenta o cuarenta.

Autores que se alejan
Roberto Bolaño (2001)

Hoy traigo un trocito de una opinión de Bolaño, extraída del libro Entre paréntesis, que trata de recopilar todo lo que escribió en diarios, revistas y otras publicaciones. Todo, claro, excepto sus brutales novelas de las que aún no me he atrevido a hablar en internet, aunque sí en mi vida diaria. Quizás demasiado.

Pero veníamos a hablar del provincianismo de la literatura en castellano. La verdad es que yo hago un repaso de los últimos diez autores (de entre los que escriben en castellano) que he leído y me salen chilenos (el propio Bolaño), argentinos (Pola Oloixarac, el maravilloso Rodolfo Fogwill, Patricio Pron) y una joven colombiana que me dejó sorprendidísimo (Margaríta García Robayo). Vale que los españoles son la mitad, con Matías Candeira (al que le guste escribir relatos, que no se lo pierda), Jorge Carrión, Roberto Valencia, Sergi Pàmies e Isaac Rosa; pero creo que dentro de mí mismo abro la veda para considerar toda la literatura en castellano como una.

Y ahora la pregunta: ¿diferenciamos de forma provinciana la literatura? ¿Creemos diferente el libro escrito por un colombiano que por un español? Y si es así, ¿por qué?

Iban Zaldua – Dedicado a todos los patriotas

Mientras esperaba la orden de embarque, en la cafetería del aeropuerto, le dediqué un último vistazo a los periódicos. Amenazas contra un concejal del PP. Otra protesta contra la ilegalización de Batasuna. La enésima denuncia del presidente navarro contra las pretensiones «colonizadoras» de las autoridades nacionalistas de la Comunidad Autónoma Vasca. Más datos descorazonadores sobre el uso del euskera en los análisis de la última encuesta sociolingüística. Un accidente de trabajo -mortal- en Andoain. Ibarretxe pidiendo calma en torno al plan que lleva su nombre. La Audiencia Nacional negándose, una vez más, a investigar una denuncia de torturas. Los últimos detalles que se han hecho públicos en el caso de corrupción de la Hacienda de la Diputación de Guipúzcoa. Pronto le diría adiós a todo eso, y estaba contento. Más que contento.

La patria de todos los vascos
Iban Zaldua

Fue Jorge Carrión quien, en un taller literario que impartió hace algún tiempo, me hizo una pregunta tan oportuna como dolorosa: “¿Aquí tenéis la política muy presente, no?”

Cierto, Jorge, tenemos la política muy presente. Incluso quienes como yo ansiamos quitárnosla de encima.

Pero es imposible. Unos, los que dicen defender la legalidad, nos destrozan la familia y el entorno. Con un aparato mediático imparable detienen a jóvenes inocentes y lo venden como un triunfo de su rentable lucha contra el terror. Otros, en su anacrónica guerra contra lo que denominan un estado fascista, pretenden formar otro país con otro nombre. Un estado mejor, dicen, como si existieran los estados buenos. En medio, los demás recibimos palos en 360 grados, y perdemos el tiempo buscando soluciones. Toda argumentación se pierde entre discursos huecos y viscerales donde el odio ha desplazado a la razón.

Y a veces nos vemos obligados a inventar lugares tranquilos donde se hable de cosas importantes, lugares donde se sepa quitar hierro a los problemas. Pero sólo encontramos respiro en la imaginación. Soñamos con querer huir de casa, bien lejos, largarnos a un sitio donde pensar en cosas que nos sean cercanas. Olvidar patrias, opresores y oprimidos, debates estériles sobre sentimientos diferenciadores o unificadores, y poder dedicarnos a algo que nos toque la fibra y nos mueva. Que esto de siempre ya no nos mueve.

El libro de Iban Zaldua, La patria de todos los vascos, trata sobre eso: sobre una huida de un país en que nadie valora más discurso que el suyo propio.

Pero, sobre todo, le he hecho al profesor Anderson la pregunta crucial: si hay algún vasco, o alguna casa vasca en Anchorage, porque precisamente en función de eso decidiré al fin si me marcho o no a Alaska -esto último, claro está, ni se me ha ocurrido confesárselo: se lo he soltado como de pasada, como si no tuviera mucha importancia-. También esta vez me ha contestado con rapidez: «por desgracia» no hay ninguna casa o asociación vasca en Anchorage y tampoco, que él sepa, ninguna persona de ascendencia vasca . Cuando empezó a interesarse por Euskal Herria intentó encontrar vascos por aquellos parajes, pero aparte de una pareja de Boise que, por lo visto, emigró allí en los años sesenta -y regresó a Indiana en cuanto se jubiló-, no dio con la pista de nadie más y, por consiguiente, no pudo fundar ninguna asociación vasca en Anchorage, como era su intención -lo que, añade en su mensaje, es «una verdadera pena»-. A mí, la noticia, sin embargo, me alegra muchísimo, pues ese es mi sueño: no querría cruzarme con un solo vasco durante los seis meses que voy a pasar allí. No he hecho a Anderson partícipe de mi satisfacción, faltaría más. «Sí, es una lástima», le he contestado en mi siguiente e-mail.
Gracias a todos los dioses del cielo y de la tierra, el poeta estaba equivocado, y no hay un Basques’Harbour en cada puerto del mundo: ni siquiera una estrecha Rue des Basques. No en Anchorage, por lo menos.

Conocí a Iban Zaldua en la presentación del libro 22 escarabajos en Pamplona. No sabía que existía (Zaldua, no el libro), por eso me puse a buscar su nombre por internet y encontré artículos como este con los que me identifiqué desde el primer momento. Me gustó verle cómo trataba de extraer la víscera del juicio político y avanzar por otros caminos que hagan que acabe esta locura.

Por supuesto, su posición tiene críticas: las de todos aquellos que se aferran a las tesis de uno de los bandos. Últimamente, por estos lares, parece que solo hay de estos. Zaldua se sale de esta norma, y se ha convertido en uno de esos intelectuales independientes que reciben los insultos de ambos lados. Son acusados de equidistantes por unos, o de colaboracionistas por los otros. Yo lo considero de los míos. Bueno, él supongo que es un intelectual, yo prefiero mantenerme en el lugar de los aficionados, que es menos exigente. Lo que está claro es que ambos jugamos a no dejar de pensar.

Este libro nos ofrece un relato fantástico en que todas las ilusiones de los patriotas aparecen contempladas. Las de todos los patriotas. Lo consigue pese a que son, evidentemente, sueños excluyentes con su adversario. Y el resultado es descorazonador. Con una estrategia lógica a prueba de bombas nos demuestra que nada cambiará si no dejamos de discutir por a qué país pertenecemos. Porque esos sueños que monopolizan el debate político son sueños de plástico, y lo peor de todo es que están llenos de mala leche, estupidez y fascismo.

La polla records cantó, hace ya años, una frase que decía “un patriota, un idiota”. Hoy la hago mía. Con todas sus consecuencias.

PD. Esta es una de las últimas entradas que apareció en el viejo blog. Todavía no habían pasado muchas de las cosas que, en relación con el manido problema vasco, han modificado el panorama. Y ya no son dos los bandos que practican la cerrazón y el patrioterismo. Ahora son unos los que mantienen una política de desargumentación para evitar los juicios lógicos, y los otros los que han dado una muestra de madurez inesperada.

Así que dedico este comentario a todos los nacionalistas españoles. Para que se den cuenta de quiénes son.

Y espero, además, que el 22-M se pueda votar a todas las ideologías, no solo a las que cuelan por su dogma de taberna.

Pola Oloixarac – Marchando una de teorías

Apenas puse mi pied-à terre supe que había olvidado alimentar a la pequeña Montaigne, que maulló con resentimiento al verme cruzar el recinto, enrarecido de oscuridad. Yorick, por su parte, había sobrevivido con éxito al apetito gatuno y nadaba tranquilo en su pecera. Me conmovía verlos. Tantos días sin ellos. Yorick flotó para recibir su alimento, que descendió entre burbujas, en cámara lenta. Para complacerlo, acerqué un espejo a la pecera. Inmediatamente Yorick se puso en guardia: se batiría en combate con el intruso, el otro pez, el forastero que nadaba frente a él. Lo dejé jugar un rato; cuando lo vi cansado, tapé el espejo y su reacción instantánea fue henchir un plumón rojísimo sobre la cabeza; el otro se había retirado, sí mismo había vencido. La conciencia individual es una función de la vanidad, cuyo rango clasifica las posibilidades de los cuerpos. Este axioma es verificable incluso en elementos típicamente apartados de los estudios psicopolíticos, como los animales de sangre fría, cuyos cerebros son miniaturas de las fases evolutivas pre-mamíferas.

Las teorías salvajes
Pola Oloixarac

En la lucha del pez contra sí mismo, Pola Oloixarac encuentra la excusa perfecta para soltar una teoría. Y ya van… Las teorías salvajes es un libro que hace honor a su título –Pero Grullo se sentiría orgulloso de mí-, y bombardea al lector con explicaciones que desentrañan las causas originarias, las esencias mismas de los acontecimientos que se suceden en el libro.

Un amigo mío hace lo mismo. Quiero decir que también teoriza sobre todo. Antes lo hacía solo cuando bebía cubatas, pero ahora es capaz de elaborar razonamientos profundos mientras pasea por un parque. Se hace difícil de seguir, porque sus digresiones se pierden en los orígenes del tiempo; y además es un poco lastimero ver cómo se contradice en la construcción de su propio razonamiento. Pero lo hace.

Con esto no quiero comparar a mi amigo con Pola. Pola teoriza en base a estudios y conocimientos, mientras mi amigo divaga en base a datos que le suenan. Por cierto, la llamo Pola porque me cuesta bastante pronunciar su apellido, y ya sé que esto es escrito y al final unas letras van tras otras, pero leer Oloixarac es difícil. Y punto.

Me gusta que Pola se enternezca con su pececito Yorick y que se apiade de su gata en ayunas. La hace humana, definición que parece extraña tras toda la batería de referencias de altura con que inunda los párrafos. Porque eso es lo que nos vamos a encontrar en Las teorías salvajes: referencias, teorías, conclusiones, causas y consecuencias, digresiones que aunan conceptos aparentemente inconectados… Vamos, que no es un libro fácil. Es barroco, dispara sin avisar y exige el máximo al lector. Si tenemos que elegir entre este y uno de Corín Tellado para leer en el autobús, cojamos el de Tellado. El de Pola es más para cazarlo con una taza de té, un buen rato libre y una libreta al lado.

En la actualidad, la revolución sexual ha recuperado el sentido original que le dio Copérnico. Copérnico escribió De revolurionibus orbium coelestium, el tratado de las revoluciones, significando con esto la manera fija, reiterada, inamovible, en que los planetas trazan sus itinerarios alrededor del sol. Nombre de lo estable y permanente por excelencia, la revolución tuvo en sus inicios el sentido etimológico y científico de un statu quo cósmico. Este sentido fuertemente conservador del término sólo se vio modificado posteriormente con el quilomberismo jacobino francés. La supuesta revolución sexual de los setenta es una falacia que sólo en la actualidad adquierre su verdadero sentido, esto es: la conservación como modalidad por excelencia del capitalismo. El sexo es un sistema estable de formas egoístas que giran alrededor del sol de la vanidad. El espíritu de intercambio de la promiscuidad propone una nueva versión del mito fundacional de la democracia: hacer el ejercicio de suponernos iguales debe, por definición, trascender las barreras de la actividad privada, las meras contingencias íntimas. Sólo ahora, despolitizada, despojada de zanahorias teleológicas, completamente fría y pura, la revolución sexual retoma el sentido verdadero de las revolutiones de Copérnico: el instinto conservador de la vanidad como triunfo estético y moral de la democracia.

Aquí, Pola demuestra no sólo que sabe mezclar épocas históricas, planos semánticos y habitaciones de la casa como si Ferrán Adrià tuviera que esferificar un erizo en la cocina de mi casa. Aquí demuestra que lo sabe hacer. Quiero decir, que pese a lo aventurado de sus premisas, sus conclusiones molan. ¿Acaso alguien había pensado en hacer una revisión etimológica del término “revolución” para explicar el fondo de la revolución sexual actual? Más aún: ¿a alguien se le habría ocurrido ligarlo con la crisis de la democracia? No, no me vengan con historias: no es fácil que se nos ocurra.

-Tío, vos no te enterás, es harto conocido que hace dos décadas un filósofo platense relisto hizo este razonamiento y…
-¿Y qué? Yo no me había enterado. Y déjame en paz, que estás en mi blog.
-Ché, sos sintácticamente cerril.
-No te pienso responder hasta que haya entendido lo que me has llamado.

No sé si os habéis fijado, pero el párrafo anterior (el de Pola, no esa conversación impostada) tiene mucho que ver con este de Michel Houellebecq que un tal Armando Pocacosa me coló hace una semana.

-Es inaudito, vos sos procaz, compararme con ese gabacho.
-Que me dejes acabar, leche. Y habla normal.

Al margen de que yo sea fan de Houellebecq y todo el que reafirme sus teorías me merezca gran crédito (yo, por ejemplo, las reafirmo muchas veces, pero no tengo credibilidad porque no lo pienso, solo lo creo con la fe que tenemos los modernos en los personajes raros); al margen de eso, digo, es interesante porque me hace intuir que son similares las conclusiones a las que llega todo aquel que guste de pensar sobre el mundo. Hala, acabo de hacer una teoría propia. Se me ha debido de pegar algo tras leer Las teorías salvajes.

Estos vaivenes son esenciales al plan. Debo provocarlo para que la furia y la fascinación lo dejen absolutamente ciego, y no pueda pensar. Entonces mis pensamientos se derramarán por los huecos sintácticos de lo que supone que es su voluntad, y no habrá salvación. No podrá escapar. Por ahora sólo ve la superficie de las aguas, su retrato de seductor en escena meciéndose con el vaivén; no sabe (no puede saber) que ese océano está hecho de caras, miles, mías (algunas de Augustus) riéndose de él. Ya escribe Sun Tzu: si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, fomenta su narcisismo. Si se equivoca, no lo interrumpas (Napoleón). Tiene que venírseme encima, y yo acurrucarme y resistir. Debo hacerlo, aunque el asco me sofoque.

También mezcla a Napoleón y Sun Tzu. Estos parecen más próximos, por los menos pensaron mucho en la guerra. Y además sus enseñanzas son utilizadas en las escuelas de negocios. Que sí, que yo las conozco. Utilizan la estrategia de guerra para formar directivos de empresa. Lo que hace que esos jóvenes con corbata me inspiren aún más confianza. ¿Y entonces sus discursos buenrollistas, esos en que dicen que si no fuera por ellos todos nos iríamos a la mierda? No, no me atrevo a asegurar que esos discursos son utilizados como arma, no. Esos son ciertos.

Bueno, voy a terminar de hablar del libro de Pola, que divago con alegría. Y acabo con un último trozo en que me da la razón a mí. Que no quiere decir esto que ella haya visto mi blog ni nada de eso (por lo menos, todavía). Es más, ella lo escribió antes… pero vaya, que habla de los mismos a quienes odié en mi primer post. Quizás su redacción sea algo más aseada que la mía de entonces, pero será por detalles que no tienen por qué ser apreciados por todo el mundo.

Las provocaciones de Pabst mezclaban juicios lapidarios con referencias a películas, series de TV, gente con rostros incendiados, miscelánea pop de los 80-90, desnudistas, zombies, Bob Patiño, calamares gigantes y todo tipo de información irrelevante. Era escueto, categórico y siempre tenía razón. Internet proporcionaba un entorno donde los protocolos de asociación permitían disponer de control sobre la espontaneidad propia y ajena y, por lo tanto, de un instrumento social más evolucionado que la intemperie de las conductas crudas. Por violentas que fueran, las relaciones de Pabst con los demás semejaban una versión retorcida del cariño; a la larga, atención y desdén se confundían. Convivir con una dosis de desprecio era posible, quizás incluso saludable. Todos los actos transitaban la fina línea que separa la conducta espontánea de la performance; en el peor de los casos, siempre quedaba el consuelo equidistante de sentirse «incomprendido», lo que hermanaba al individuo con su linaje favorito de precursores: otros seres incomprendidos, sensibles, habitantes de películas, biografías de poetas malditos, etc. Hasta el mismo masoquismo anuncia la distinción del torturado. En aquel pantanoso camino a la existencia, cualquier niño/a podía acceder a una audiencia a cambio de volverse visible, y por lo tanto vulnerable.

PD. He decidido vencer la tentación de centrar la entrada en que Pola Oloixarac está buena. Y tan bien me ha salido que ni siquiera lo he comentado en todo el post. Lo digo porque cada vez que leo una reseña que hable sobre su novela, lo dicen. Y eso que yo pensaba que los listos solo hablaban de cultura. Pues no, también son humanos y, pese a todo su bagaje cultural y las miles de referencias que manejan a diario, son permeables a la belleza física y mundana. Eso sí, tras comentar el detalle inane de que es guapa dicen rápidamente que la novela es buenísima. Como si fuera una agradable casualidad la que hace que coincida novela buena con novelista cachonda. No, no como una casualidad: como si fuera una paradoja. Y no pienso poner foto. Si queréis, buscadla en Google.

José Luis Sampedro – Una buena definición de ternura

“Las ciudades, para el viejo, han sido siempre un embudo cazahombres donde acechan al pobre los funcionarios, los policías, los terratenientes, los mercaderes y demás parásitos.”

La sonrisa etrusca (1980)
José Luis Sampedro

José Luis Sampedro, delicioso, me ha acompañado en los escasos viajes de autobús que estoy haciendo este año. Escasos, digo, porque la lluvia me está permitiendo amortizar mi bici, con lo cual consigo mantener en cierta forma mi cuerpo -que comienza a combar bajo los efectos de las comilonas de principio de curso- mientras esquivo abuelos asesinos, viandantes despistados y muchedumbres de adolescentes enfervorecidos a la salida de sus institutos. Esta extraña suerte atmosférica no sólo me permite ir en bici a todos los lados, sino que también me evita la lectura en los autobuses llenos de vaho y olores que, en el crudo invierno pamplonés, configuran un mejorable hábitat literario.

Pero dejemos de hablar de mí, y pasemos a hablar de mi libro. Del libro de Sampedro, quiero decir. Al margen de tópicos, que los hay y muchos, La sonrisa etrusca cuenta con los suficientes hallazgos como para recomendar su lectura. De hecho, quien me hizo lanzarme a él sólo pudo comentar: “¡Qué bonito!”, y cuando le pregunté por qué era tan bonito, añadió: “¡Ay!, ¡qué bonito!”. Ante tan encarecida reseña, que venía de una persona con mucho y muy trabajado bagaje lector, no tuve más remedio que probar fortuna con la historia.

Allí me encontré con el Zío Roncone, un partisano del sur de Italia que, en sus últimos años, acaba yendo a vivir a casa de su hijo en Milán. Su nuera es la mujer ideal: una eficaz y agresiva mujer moderna, de alta posición social, con ambición, una carrera profesional creciente, ideas claras y fuerza para llevarlas a cabo. Vamos, alguien harto desagradable que, más vale, conforme avanza el libro va matizando su gilipollez para tornarse algo -poco- más amable. Pero por encima de todo el abuelo se encuentra con el nieto, ese pequeño animal de compañía que extraerá del rudo Roncone toda la ternura que ni él sabía que guardaba.

“«Me hubiera gustado tanto llegar a verte mozo, valiente, bien plantado y comiéndote con los ojos las mujeres… ¡Me hubiera gustado tanto!»

En ese instante, el milagro. Los ojitos se abren, negros, dos pozos inescrutables con el agua honda de una decisión. De súbito, como cuando el viejo se alzó contra la sombra inquietante, el cuerpecito se mueve, se destapa, deja caer al suelo dos piernecitas por encima de la barandilla y al pisar el suelo se yergue, se suelta de los barrotes, se vuelve hacia el abuelo sentado… ¡y da tres pasitos tambaleantes, él solo, hasta llegar a los viejos brazos conmovidos!

Brazos que le acogen, le estrechan, le apretujan, se reblandecen en torno a ese prodigio tibio, le mojan las mejillas con unas gotas saladas rodando sobre viejos labios temblorosos…

-¡Tus primeros pasitos! ¡Para mí! ¡Ya puedo…!

La felicidad, tan inmensa que le duele, anega sus palabras.”

Que no se espere nadie un texto arriesgado, ni revolucionario ni brutal; tampoco una visión novedosa del mundo. Se trata de la clásica historia del choque entre dos modos de vida: el básico y sangriento del pueblo contra el despersonalizado y estructurado de la ciudad. Y de dos edades: la de quien mira el pasado desde sus últimos días con quien acaba de llegar y le queda todo por hacer.

Este no es un libro para fardar en los locales más in de la ciudad -como sí lo era, evidentemente, Fuck America-, ni descubrir claves para desentrañar la nueva literatura. La sonrisa etrusca es un libro de los de siempre, de esas novelas que dejan buen sabor de boca sólo si se han escrito con un mínimo de cariño. Vamos, que este libro le gusta hasta a mi madre -quien, por cierto, lee mucho pero nada de lo que yo le recomiendo-.

Cortázar en alto

Ayer hubo lectura pública de cuatro cuentos de Julio Cortázar.

Dos actores argentinos prestaron la voz a los relatos, por aquello de entonar como lo habría hecho el propio autor; y tuvieron la delicadeza de leer despacito, como se debe escuchar.

La verdad es que no soy muy fan de estos actos que tienen más de ritual que de literatura, esos en que la gente pone cara de iluminación y hace como que se eleva a las alturas; pero he de reconocer que ayer se creó un ambiente muy majo. Quizás es porque somos muchos los que acudimos a todos estos eventos y nos hemos terminado por conocer, o también en parte por la calidad humana de los organizadores -la librería Auzolán-, o por la capacidad de convocatoria de un Roberto Valencia que se ha convertido en referencia de la vida cultural de Pamplona. Seguramente fueron todas estas causas las que concurrieron para pasar un rato tan agradable.


Hay que agradecer la iniciativa al Foro de Auzolán (punto de irradiación cultural). Pongo el subtítulo -punto de irradiación cultural- porque me encanta.

Os dejo el link a uno de los relatos que se leyeron ayer, pero tenéis que seguir estas instrucciones:

  1. – Leerlo en voz alta
  2. – Despacito, pararse en cada punto y coma
  3. – Imitar el acento argentino (para los que les salga mal, que lo hagan cuando nadie les oiga)

Dentro de dos martes, Roberto Valencia ofrece una charla sobre los libros de su tocayo Bolaño. Intentaré terminar 2666 para entonces e ir con algo de trabajo previo hecho.