Archivo mensual: marzo 2011

Edgar Hilsenrath – Fuck you all

Por las noches soñaba con Mary Stone. Escuchaba sus palabras: «¡Quien cree en sí mismo tiene el mundo a sus pies!». -«Quien irradia amor es hermoso». -«El que ama no necesita mirarse al espejo para contarse las arrugas». -«Escoja al compañero adecuado, y no tendrá problemas de pareja». -«Deje pasar una o dos noches antes de tomar una decisión importante». -«Si le cuesta comunicarse, no le eche la culpa a los demás». -«Vista siempre bien». -«Intente comer sano». -«Evite todo tipo de estrés». -«Tenga en cuenta que la vida es corta». -«Si su coche le irrita, cámbielo, y si no le gusta su trabajo, búsquese otro». -«Al menos una vez al día, intente reírse con todas sus fuerzas». -«Vigile las buenas digestiones». -«Procure no fumar demasiado». -«Respire profundamente varias veces al día, incluso si está puesto el aparato de aire acondicionado». -«Cuando su estómago esté alterado, tranquilícelo con el método Mary Stone». -«Piense en algo bonito. Así no tendrá que tomar Alka-Seltzer». -«No titubee con su destino. Muéstrese alegre y sin miedo. Si alguna vez no le funciona, entonces piense en todas las pobres personas que no tienen la suerte de vivir -como usted- en este hermoso país. Dios quiere a América, porque América es su campo de labranza, un campo sagrado que recompensa a los hombre y mujeres de éxito con todo su amor. Si fracasa, no culpe a la tierra de Dios, sino a usted mismo. Pregúntese. ¿Qué me ocurre? ¿Dónde está la confianza en mí mismo? Aquí todos tenemos una oportunidad. Busque la llave del éxito en usted mismo. No se desanime. Pues está escrito: ¡Quien busca, encuentra!».

Fuck America
Edgar Hilsenrath

Me ha gustado Fuck America. La verdad es que era de esperar, pues venía avalado por mi librero, que rara vez falla. Pero aún y todo me he sorprendido. Intentaré explicar por qué.

Ya de entrada el título es, cuanto menos, impactante: Fuck America. Y además viene acompañado de una llamativa portada, con la chica-cíclope de piernas largas que levanta el dedo corazón enfundada en un vestido estampado de barras y estrellas. Una macarrada, vamos. El complemento perfecto para ese chico cultivado, rompedor y sin complejos que pretendo que vea el mundo en mí.

Así que me dispongo a cultivarme, y como lo primero es lo primero, me paseo por los lugares más concurridos de la ciudad. Trato de encontrarme con cuantos más conocidos, mejor, y enseño de forma casual la portada para que vean cómo molo. Tras una tarde de exhibicionismo puedo dar por cumplida la misión.

Una vez que he recibido toda la grandeza social esperable me aventuro a abrir sus páginas por si lo de dentro también merece la pena. Leo la biografía del autor: el señor Edgar Hilsenrath es un judío que sobrevivió al holocausto. Chachi.

Después leo la sinopsis, con el erudito fin de plantear un adecuado pacto de lectura. Dudo si pegarme un tiro.

¡El libro trata sobre un escritor judío que sobrevive al holocausto! ¡Qué original! ¡Mi librero me ha colado a otro tío cabrón amargado y lleno de odio que escribe OTRO libro sobre el tema más paginado de la humanidad!

Como no tengo nada más a mano, y me aburren los autobuses, empiezo a leerlo desde la última fila de asientos.

Al llegar a la parada, sigo leyendo mientras camino por la calle. Me la pego con dos farolas y con una señora que pasea a su perro. No saludo a mi vecina, la guapa. Rechazo un polvo con mi novia. Al día siguiente no quedan letras que meterse entre pecho y espalda y tengo sueño, pero estoy contento.

Como no he contado nada sobre el libro, sólo que me ha gustado, diré que Fuck America, pese a su título, es un libro muy positivo y buenrollista que anima a cualquiera a creer en la bondad del mundo. No hay más que ver el extracto que pongo arriba. ¿Que no os lo creéis?, aquí os dejo otro fragmento.

-¿Qué ocurre con los transportes?
-No mucho. La gente monta en el tren y toma una dirección.
– ¿Qué dirección?
-¡Aquélla! -me indicó.
-¿Todos en la misma dirección?
-Todos en la misma dirección.

Me dije: si todos van en la misma dirección, entonces todos llevan al mismo destino. Así que sólo tienes que esperar al próximo transporte de judíos. Te subes al tren con ellos y vas en busca de tu madre. En la misma dirección. La encontrarás así de fácil.
Y así fue: cuando llegó el siguiente convoy de judíos, me subí en el tren con ellos. Atrancaron las puertas y nos pusimos en marcha. Viajamos un día y una noche. Después llegamos al destino.

Las puertas se abrieron de par en par. Los soldados nos sacaron del vagón a golpe de látigo. Quería preguntarle a uno de ellos si había visto a mi madre, una mujer en una silla de ruedas, pero no tuve oportunidad. nos acosaban con perros que ladraban mientras atravesábamos la puerta del campo.
Como aparentaba ser más joven de lo que era, es decir, menos de catorce años, enseguida me destinaron a las cámaras de gas. Me obligaron a desnudarme y a ponerme en una larga fila frente a la cámara.

Nos apretaron en la cámara de gas. Cuando la puerta de la cámara de gas se cerró, le pregunté a un hombre que estaba detrás de mí: ¿ha visto usted por casualidad a mi madre, una mujer en una silla de ruedas?

Repetí mi pregunta. Pero en ese momento comenzó a faltarme el aire, empezamos a toser y nunca obtuve una respuesta.

Post data: recupero esta entrada sobre un libro que se publicó en España en 2010, gracias a Errata Naturae -aunque en Estados Unidos lo habían conocido desde 1980- por una razón concreta. El pasado martes, 15 de marzo, pasaron por el foro de Auzolan los editores de Errata Naturae (Rubén Hernández) y de Alpha Decay (Ana S. Pareja). El primero de ellos habló sobre todo de Fuck America. La otra chica, sobre todo, de Las teorías salvajes, libro que apareció aquí comentado el pasado lunes. Prometo, por cierto, contar algo sobre aquella charla, que fue muy interesante

Pola Oloixarac – Marchando una de teorías

Apenas puse mi pied-à terre supe que había olvidado alimentar a la pequeña Montaigne, que maulló con resentimiento al verme cruzar el recinto, enrarecido de oscuridad. Yorick, por su parte, había sobrevivido con éxito al apetito gatuno y nadaba tranquilo en su pecera. Me conmovía verlos. Tantos días sin ellos. Yorick flotó para recibir su alimento, que descendió entre burbujas, en cámara lenta. Para complacerlo, acerqué un espejo a la pecera. Inmediatamente Yorick se puso en guardia: se batiría en combate con el intruso, el otro pez, el forastero que nadaba frente a él. Lo dejé jugar un rato; cuando lo vi cansado, tapé el espejo y su reacción instantánea fue henchir un plumón rojísimo sobre la cabeza; el otro se había retirado, sí mismo había vencido. La conciencia individual es una función de la vanidad, cuyo rango clasifica las posibilidades de los cuerpos. Este axioma es verificable incluso en elementos típicamente apartados de los estudios psicopolíticos, como los animales de sangre fría, cuyos cerebros son miniaturas de las fases evolutivas pre-mamíferas.

Las teorías salvajes
Pola Oloixarac

En la lucha del pez contra sí mismo, Pola Oloixarac encuentra la excusa perfecta para soltar una teoría. Y ya van… Las teorías salvajes es un libro que hace honor a su título –Pero Grullo se sentiría orgulloso de mí-, y bombardea al lector con explicaciones que desentrañan las causas originarias, las esencias mismas de los acontecimientos que se suceden en el libro.

Un amigo mío hace lo mismo. Quiero decir que también teoriza sobre todo. Antes lo hacía solo cuando bebía cubatas, pero ahora es capaz de elaborar razonamientos profundos mientras pasea por un parque. Se hace difícil de seguir, porque sus digresiones se pierden en los orígenes del tiempo; y además es un poco lastimero ver cómo se contradice en la construcción de su propio razonamiento. Pero lo hace.

Con esto no quiero comparar a mi amigo con Pola. Pola teoriza en base a estudios y conocimientos, mientras mi amigo divaga en base a datos que le suenan. Por cierto, la llamo Pola porque me cuesta bastante pronunciar su apellido, y ya sé que esto es escrito y al final unas letras van tras otras, pero leer Oloixarac es difícil. Y punto.

Me gusta que Pola se enternezca con su pececito Yorick y que se apiade de su gata en ayunas. La hace humana, definición que parece extraña tras toda la batería de referencias de altura con que inunda los párrafos. Porque eso es lo que nos vamos a encontrar en Las teorías salvajes: referencias, teorías, conclusiones, causas y consecuencias, digresiones que aunan conceptos aparentemente inconectados… Vamos, que no es un libro fácil. Es barroco, dispara sin avisar y exige el máximo al lector. Si tenemos que elegir entre este y uno de Corín Tellado para leer en el autobús, cojamos el de Tellado. El de Pola es más para cazarlo con una taza de té, un buen rato libre y una libreta al lado.

En la actualidad, la revolución sexual ha recuperado el sentido original que le dio Copérnico. Copérnico escribió De revolurionibus orbium coelestium, el tratado de las revoluciones, significando con esto la manera fija, reiterada, inamovible, en que los planetas trazan sus itinerarios alrededor del sol. Nombre de lo estable y permanente por excelencia, la revolución tuvo en sus inicios el sentido etimológico y científico de un statu quo cósmico. Este sentido fuertemente conservador del término sólo se vio modificado posteriormente con el quilomberismo jacobino francés. La supuesta revolución sexual de los setenta es una falacia que sólo en la actualidad adquierre su verdadero sentido, esto es: la conservación como modalidad por excelencia del capitalismo. El sexo es un sistema estable de formas egoístas que giran alrededor del sol de la vanidad. El espíritu de intercambio de la promiscuidad propone una nueva versión del mito fundacional de la democracia: hacer el ejercicio de suponernos iguales debe, por definición, trascender las barreras de la actividad privada, las meras contingencias íntimas. Sólo ahora, despolitizada, despojada de zanahorias teleológicas, completamente fría y pura, la revolución sexual retoma el sentido verdadero de las revolutiones de Copérnico: el instinto conservador de la vanidad como triunfo estético y moral de la democracia.

Aquí, Pola demuestra no sólo que sabe mezclar épocas históricas, planos semánticos y habitaciones de la casa como si Ferrán Adrià tuviera que esferificar un erizo en la cocina de mi casa. Aquí demuestra que lo sabe hacer. Quiero decir, que pese a lo aventurado de sus premisas, sus conclusiones molan. ¿Acaso alguien había pensado en hacer una revisión etimológica del término “revolución” para explicar el fondo de la revolución sexual actual? Más aún: ¿a alguien se le habría ocurrido ligarlo con la crisis de la democracia? No, no me vengan con historias: no es fácil que se nos ocurra.

-Tío, vos no te enterás, es harto conocido que hace dos décadas un filósofo platense relisto hizo este razonamiento y…
-¿Y qué? Yo no me había enterado. Y déjame en paz, que estás en mi blog.
-Ché, sos sintácticamente cerril.
-No te pienso responder hasta que haya entendido lo que me has llamado.

No sé si os habéis fijado, pero el párrafo anterior (el de Pola, no esa conversación impostada) tiene mucho que ver con este de Michel Houellebecq que un tal Armando Pocacosa me coló hace una semana.

-Es inaudito, vos sos procaz, compararme con ese gabacho.
-Que me dejes acabar, leche. Y habla normal.

Al margen de que yo sea fan de Houellebecq y todo el que reafirme sus teorías me merezca gran crédito (yo, por ejemplo, las reafirmo muchas veces, pero no tengo credibilidad porque no lo pienso, solo lo creo con la fe que tenemos los modernos en los personajes raros); al margen de eso, digo, es interesante porque me hace intuir que son similares las conclusiones a las que llega todo aquel que guste de pensar sobre el mundo. Hala, acabo de hacer una teoría propia. Se me ha debido de pegar algo tras leer Las teorías salvajes.

Estos vaivenes son esenciales al plan. Debo provocarlo para que la furia y la fascinación lo dejen absolutamente ciego, y no pueda pensar. Entonces mis pensamientos se derramarán por los huecos sintácticos de lo que supone que es su voluntad, y no habrá salvación. No podrá escapar. Por ahora sólo ve la superficie de las aguas, su retrato de seductor en escena meciéndose con el vaivén; no sabe (no puede saber) que ese océano está hecho de caras, miles, mías (algunas de Augustus) riéndose de él. Ya escribe Sun Tzu: si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, fomenta su narcisismo. Si se equivoca, no lo interrumpas (Napoleón). Tiene que venírseme encima, y yo acurrucarme y resistir. Debo hacerlo, aunque el asco me sofoque.

También mezcla a Napoleón y Sun Tzu. Estos parecen más próximos, por los menos pensaron mucho en la guerra. Y además sus enseñanzas son utilizadas en las escuelas de negocios. Que sí, que yo las conozco. Utilizan la estrategia de guerra para formar directivos de empresa. Lo que hace que esos jóvenes con corbata me inspiren aún más confianza. ¿Y entonces sus discursos buenrollistas, esos en que dicen que si no fuera por ellos todos nos iríamos a la mierda? No, no me atrevo a asegurar que esos discursos son utilizados como arma, no. Esos son ciertos.

Bueno, voy a terminar de hablar del libro de Pola, que divago con alegría. Y acabo con un último trozo en que me da la razón a mí. Que no quiere decir esto que ella haya visto mi blog ni nada de eso (por lo menos, todavía). Es más, ella lo escribió antes… pero vaya, que habla de los mismos a quienes odié en mi primer post. Quizás su redacción sea algo más aseada que la mía de entonces, pero será por detalles que no tienen por qué ser apreciados por todo el mundo.

Las provocaciones de Pabst mezclaban juicios lapidarios con referencias a películas, series de TV, gente con rostros incendiados, miscelánea pop de los 80-90, desnudistas, zombies, Bob Patiño, calamares gigantes y todo tipo de información irrelevante. Era escueto, categórico y siempre tenía razón. Internet proporcionaba un entorno donde los protocolos de asociación permitían disponer de control sobre la espontaneidad propia y ajena y, por lo tanto, de un instrumento social más evolucionado que la intemperie de las conductas crudas. Por violentas que fueran, las relaciones de Pabst con los demás semejaban una versión retorcida del cariño; a la larga, atención y desdén se confundían. Convivir con una dosis de desprecio era posible, quizás incluso saludable. Todos los actos transitaban la fina línea que separa la conducta espontánea de la performance; en el peor de los casos, siempre quedaba el consuelo equidistante de sentirse «incomprendido», lo que hermanaba al individuo con su linaje favorito de precursores: otros seres incomprendidos, sensibles, habitantes de películas, biografías de poetas malditos, etc. Hasta el mismo masoquismo anuncia la distinción del torturado. En aquel pantanoso camino a la existencia, cualquier niño/a podía acceder a una audiencia a cambio de volverse visible, y por lo tanto vulnerable.

PD. He decidido vencer la tentación de centrar la entrada en que Pola Oloixarac está buena. Y tan bien me ha salido que ni siquiera lo he comentado en todo el post. Lo digo porque cada vez que leo una reseña que hable sobre su novela, lo dicen. Y eso que yo pensaba que los listos solo hablaban de cultura. Pues no, también son humanos y, pese a todo su bagaje cultural y las miles de referencias que manejan a diario, son permeables a la belleza física y mundana. Eso sí, tras comentar el detalle inane de que es guapa dicen rápidamente que la novela es buenísima. Como si fuera una agradable casualidad la que hace que coincida novela buena con novelista cachonda. No, no como una casualidad: como si fuera una paradoja. Y no pienso poner foto. Si queréis, buscadla en Google.

Oscar Wilde – Manual del hedonista

Es mejor no distinguirse del prójimo. Los feos y los estúpidos tienen el mejor asiento en este mundo, pueden acomodarse como les viene en gana y contemplar el espectáculo. Si bien no saben nada de victorias, se les ahorra al menos conocer el sabor de la derrota. Viven como todos nosotros deberíamos vivir, tranquilos, indiferentes, y sin inquietud. Ni acarrean el desastre a otros, ni lo reciben de manos ajenas.

El retrato de Dorian Gray (S. XIX)
Oscar Wilde

Concluyo la semana dedicada a Oscar Wilde con una de las novelas que más me impactó en mi época juvenil: El retrato de Dorian Gray.

¿Cómo definir a Oscar Wilde? Desde luego, algo nuevo no creo que se me vaya a ocurrir, pues ya está agotado el diccionario de adjetivos. Bon vivant, conservador, con una acusada e inmovilista conciencia de clase… Oscar Wilde es el típico señor altivo que sólo puede sentir lástima o desprecio por los simples mortales, esos sucios delincuentes destinados a torturas tan crueles como trabajar para ganarse el pan, que no tienen acceso ni capacidad de comprender el arte y que sólo experimentan las más elementales pasiones animales sin mostrar interés alguno por la belleza, la educación o la cortesía. De una persona como Wilde sólo se podía esperar algo insoportable o revolucionario. En el caso de El retrato de Dorian Gray consiguió ambos. Siempre, eso sí, que los lectores seamos capaces de dejar en tierra nuestro neopreno* progresista, moderno y políticamente correcto para considerar posibles y válidas otras formas éticas que nos chirrían.

¡Qué pena! Envejeceré, y me volveré horrible y espantoso. Pero este cuadro seguirá siendo siempre joven. Nunca traspasará la fecha de este día de junio… ¡Si fuera al revés! ¡Si fuera yo el que permaneciese siempre joven mientras el cuadro fuera envejeciendo! ¡Por eso sería capaz de darlo todo! ¡Sí, no hay nada en el mundo que no me atreviese a dar! ¡Daría mi alma por ello!

Tal es su suerte que sus deseos se cumplen. Y entonces comienza la novela.El retrato de Dorian Gray se ha convertido en una de las referencias literarias que más veces se enciende en mi cabeza cuando leo o veo situaciones de lo más variopinto. Cuando me sorprendo por ciertas maneras de vivir egoístas hasta el absurdo, cuando en ocasiones se plantea la legitimidad de una vida sin esfuerzo y dedicada al placer más inmediato, cuando eludimos nuestra responsabilidad individual en los desequilibros que hay actualmente en el mundo; vuelven Wilde y su universo snob para desmontar todas las excusas que me permiten seguir siendo feliz, para hacerme ver que yo también vivo en una torre de marfil.

Y es que creo que la ética de los personajes de El retrato de Dorian Gray es absolutamente despreciable, pero no está de más que miremos hacia nosotros mismos para encontrarnos practicando sus máximas sin el menor rubor y justificando comportamientos que, vistos en los demás o en otra época histórica, consideramos absolutamente pueriles.

* Neopreno: una de las más interesantes metáforas literarias de las que he oído hablar últimamente. Lo comenté en el anterior blog, y pienso traerlo de visita a este. Prometido.

Oscar Wilde – El tope del narcisismo, y más allá

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.

-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.

-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.

-¿Era hermoso? -preguntó el río.

-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…

-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.

El reflejo (S. XIX)
Oscar Wilde

 

Para cumplir la promesa del lunes, aquí va otro micro del irlandés. Como son relatos tan viejos, todo está explicado. Así que ahí los dejo para vosotros.

Otro día recuperaré El retrato de Dorian Grey, el libro con más conciencia de clase que he leído. Hoy no, que es casi viernes y tenemos sol.

Oscar Wilde – El peligro de contar demasiado

 

 

Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:

-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

El hombre que contaba historias

Oscar Wilde

 

Qué grande Óscar Wilde. Y qué fácil parece hacerlo así de sencillo. Ni una palabra más alta que la otra, solo lo necesario. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Lo bueno de la ficción es que nos ilusiona, precisamente lo contrario que suele hacer la realidad. El peligro viene cuando confundimos la una con la otra. ¿No?

¿Habéis visto esta película? Es bastante impactante.

 

Michel Houellebecq – Y el amor en un futuro cercano

A Isabelle no le gustaba el placer, pero a Esther no le gustaba el amor, no quería estar enamorada, rechazaba ese sentimiento de exclusividad, de dependencia, y toda su generación lo rechazaba con ella. Deambulé entre ellos como una especie de monstruo prehistórico con mis necedades románticas, mis apegos, mis cadenas.

Para Esther, como para todas las chicas de su generación, la sexualidad no era más que un divertimento placentero, guiado por la seducción y el erotismo, que no conllevaba ninguna implicación sentimental especial; seguramente el amor, igual que la piedad según Nietzsche, nunca había sido otra cosa que una ficción inventada por los débiles para culpabilizar a los fuertes, para imponer límites a su libertad y su ferocidad naturales. Las mujeres habían sido débiles, en especial a la hora de parir, en sus comienzos necesitaban vivir bajo la tutela de un protector poderoso, y a tal efecto habían inventado el amor, pero en la actualidad se habían vuelto fuertes, eran independientes y libres, habían renunciado tanto a inspirar como a experimentar un sentimiento que ya no tenía ninguna justificación concreta.

El proyecto milenario masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión, había conseguido realizarse por fin en esta generación. Lo que yo sentía, esos jóvenes no podían ni sentirlo ni comprenderlo exactamente, y si hubieran podido habrían experimentado una especie de incomodidad, como ante algo ridículo y un tanto vergonzoso, como ante un estigma de tiempos más antiguos.

Tras décadas de condicionamiento y de esfuerzos, por fin habían conseguido extirpar de su corazón uno de los sentimientos humanos más antiguos, y ya estaba hecho, lo que se había destruido no se podría reconstruir, igual que los añicos de una taza rota no podrían reensamblarse por sí solos; habían alcanzado su objetivo: no conocerían el amor en ningún momento de su vida. Eran libres.

La posibilidad de una isla
Michel Houellebecq

Posiblemente no haya un escritor que pueda mostrar de forma tan descarnada lo pasajero de los sentimientos humanos. Cuando se lee a Michel Houellebecq, los esquemas vitales sobre los que nos sujetamos se rompen de una manera estrepitosa. Y todo surge de la lógica. Mediante argumentos hilados con la perfección de un retórico, Houellebecq parte de nuestras realidades presentes -realidades fácilmente reconocibles por todos- para llegar a unas conclusiones sorprendentes, pero irrefutables. Ejemplo de silogismo houellebecquiano: en el origen de la especie se inventó el amor para que los hombres se sintieran culpables si herían o no protegían a las mujeres, entonces débiles. Los hombres se han querido quitar esa carga de encima durante siglos. Y al final, son las mujeres las que se han liberado para darles a los hombres ese anhelo. El resultado es el que estamos viviendo: hombres con libertad, pero descorazonados. Algunos no lo aceptan, y reaccionan. Por eso hay dominadores y asesinos.

Las conclusiones de Houellebecq no son especulaciones fantásticas de un escritor inspirado y genial; más bien son como misiles que revientan en nuestro futuro más inmediato, bofetadas que se clavan en nuestra vida burguesa para contarnos adónde nos lleva la el camino que hemos tomado. Desde que la he leído ya quiero cambiar algo. O todo.

No es un libro fácil para los acomodaticios: es un libro de lectura rápida, interesante, pero rompe cosas en nuestro interior. Salvo que no se quiera entender. O que se sea un insensible.