Archivo mensual: febrero 2009

Carver – El fin de Chejov como nos lo habría contado él mismo

“«Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwóhrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?

El doctor Schwóhrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwóhrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwóhrer. Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la Historia.

Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. «No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.»”

Tres rosas amarillas
Raymond Carver
Cuando murió Chejov, una parte de la literatura quedó en silencio.

Pero después de él, muchos siguieron su estela. Carver, Tobias Wolff, Henry Miller… muchos americanos hicieron suyo ese camino que muestra las miserias, los amores y los anhelos humanos sin una intención de juicio.

  • “El artista no debe convertirse en juez de sus personajes y de lo que dicen: su única tarea consiste en ser un testigo imparcial. Si oigo a dos rusos enfrascados en una confusa conversación sobre el pesimismo, una conversación que no lleva a ninguna parte, lo único que tengo que hacer es reproducirla exactamente como la he oído. Las conclusiones debe sacarlas el jurado, esto es, los lectores. Mi única tarea consiste en tener el talento suficiente para saber distinguir un testimonio importante de otro que no lo es, para presentar a mis personajes bajo una luz apropiada y hacer que hablen con su propia voz”
  • Anton Chejov


Lógico, pues, que uno de los cuentos más notables de Carver esté dedicado a la muerte del gran maestro.

Lecciones de narrativa (I)

“En narrativa, el lirismo contenido produce magia.

El lirismo sin freno, trucos.”


Andrés Neuman

Para verborreicos y adjetivadores sin fin, los que escriben grave porque la literatura es seria, los que no corrigen porque el arte es espontaneidad, los que pretenden demostrar profundidad y sapiencia.

Dejémonos de trucos.

Borges y la religión bien entendida

“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo.”

El Inmortal
Jorge Luis Borges
Del libro “El Aleph” de Alianza Editorial
Pág. 23
A veces hay que retomar esos relatos que nos han enseñado algo nuevo para recordar por qué leemos. Borges, tan sencillo como siempre, tira por tierra siglos de superstición y miedo con una afirmación certera.
Y yo, al hilo, me pregunto: ¿Está tan lejos la filosofía de la literatura?
Otra: ¿Se puede escribir filosofía sin que sea un coñazo?

Philip Roth – La tortura

“-¿Y cuánta crueldad es necesaria?
-¿Para hacerte ver la realidad? ¿Para que admires la realidad? ¿Para que compartas la realidad? ¿Para llevarte allí, a las fronteras de la realidad? No va a ser cosa fácil, muchacho.

El Sueco se había preparado para no enredarse en el odio que la chica sentía por él, para no sentirse ultrajado por nada de lo que le dijera. Estaba preparado para encajar la violencia verbal y, esta vez, para no reaccionar. La muchacha no carecía de inteligencia y no temía decir cualquier cosa, de eso él estaba seguro. Pero con lo que no había contado era con la lujuria, con la incitación… no había contado con que le asaltara otra cosa que la violencia verbal. A pesar de la repugnancia que le inspiraba la enfermiza blancura de su piel, el maquillaje cómicamente infantil y las baratas prendas de algodón, quien estaba recostada a medias en la cama era una mujer joven recostada a medias en una cama y el mismo Sueco, el superhombre de las certidumbres, era una de las personas con las que él no podía habérselas.

-Pobrecillo –le dijo ella en tono despectivo-. El chico rico del pequeño Rimrock, paralizado de esa manera. Follemos, p-p-p-papá. Te llevaré a ver a tu hija. Te lavaremos la polla, te subiremos la cremallera de la bragueta y te llevaré donde está-
-¿Cómo sé que lo harás?
-Espera a ver cómo salen las cosas. Lo peor es que te cepillas un coño de veintidós años. Vamos, papá. Ven a la cama, p-p-p…
-¡Basta ya! ¡Mi hija no tiene nada que ver con todo esto! ¡Mi hija no tiene nada que ver contigo! ¡No vales ni para limpiarle los zapatos a mi hija, asquerosa! Mi hija no tiene nada que ver con el atentado. ¡Y lo sabes!
-Calma, Sueco, tranquilízate, encanto. Si quieres ver a tu hija tanto como dices, cálmate, ven aquí y échale a Rita Cohen un polvo como es debido.”

Pastoral Americana (1997)
Philip Roth
Ed. deBolsillo
Págs. 184-185
Acabo de hacer trampa. He extraído un fragmento de una novela y lo he sacado de contexto –hasta aquí todo normal en mi quehacer diario-. Pero la trampa es que éste que he transcrito desentona completamente con el tono general del libro que pretendo comentar. O sea, que quien se lea sólo este fragmento pensará que Pastoral Americana trata sobre niñas que intentan follarse a mayores, y se imaginará un mundo de drogas y vida nocturna. Nada más alejado de la realidad. Pastoral Americana trata sobre un hombre ejemplar que hace todo tan bien que la vida se le rompe en pedazos.

Es largo, el libro, y consistente. Pero atrapa desde el principio. Yo me leí sus más de 500 páginas de una sentada. Hay que decir que esa sentada fue en un avión que cruzaba el atlántico, con lo que tuve tiempo suficiente para empaparme de la historia.

Lo mejor que tiene, a mi modo de ver, es la manera en que Philip Roth introduce situaciones extremas, en ocasiones hasta inverosímiles, en la pacífica y aburrida vida de El Sueco. Una de ellas es la que aparece arriba, pero no es la única.

Dicen que el arte consiste en llevar al límite las posibilidades de la realidad. Tensar las cuerdas de la moral, la costumbre, la tolerancia humana. Si por algo es una obra maestra esta Pastoral Americana es por la naturalidad con la que la cuerda se va tensando mientras el protagonista, El Sueco, busca pistas de su hija terrorista. Por cierto, la hija es tartamuda… lo que da más idea de la crueldad del fragmento.

Madrid descrito por Quevedo

“Lo primero ha de saber que en la corte hay siempre el más necio y el más sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay unos géneros de gentes como yo, que no se les conoce raíz ni mueble, ni otra cepa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con diferentes nombres; unos nos llamamos caballeros hebenes; otros, güeros, chanflones, chirles, traspillados y caninos.Es nuestra abogada la industria; pagamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones y convidados por fuerza. Sustentámonos así del aire, y andamos contentos. Somos gente que comemos un puerro, y representamos un capón. Entrará uno a visitarnos en nuestras casas, y hallará nuestros aposentos llenos de güesos de carnero y aves, mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo, para honrarnos con ello de día. Reñimos en entrando el huésped: -“¿Es posible que no he de ser yo poderoso para que barra esa moza? Perdone v. M., que han comido aquí unos amigos, y estos criados…”, etc. Quien no nos conoce cree que es así, y pasa por convite.”

Francisco de Quevedo
La vida del Buscón (1608)


Así vio uno de los personajes de Quevedo a la capital, Madrid, hace 400 años. También las tretas de los pillos para sobrevivir en la villa.

¿Ha cambiado algo en cuatro siglos?

Cómo se echa de menos Madrid.