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Enrique Rubio – La realidad es un juego sin PAUSE

Asunto: Asilos
De: aenima@xmail.com
Para: cascaradenuez@xmail.com
Estás dándole la papilla a tu anciana madre, senil, atragantándose y con hedor a heces por haber decidido postergar el cambio de pañales. Tu madre se ahoga con la papilla y las babas colganderas parecen lianas entre la cuchara y su boca, pero tú mientras tanto estás abstraída pensando en tener un hijo, tan ensimismada que le metes otra cucharada cuando no se ha tragado ni una gota de la balsa de triturado empantanado entre sus encías. Piensas en tu hijo como ese niño gracioso y tierno que esperarás a la puerta de la guardería y te llevarás de la mano a casa para que juegue y te dé el enternecedor dibujo del día: su familia. No piensas en ese momento en tu hijo agonizando recubierto de pellejo agrietado con verrugas y pelos negros y con las comisuras de los labios pastosas dejando caer de cuando en cuando dos hilillos de papilla de verdura. No te lo imaginas así y lo tienes justamente delante. No te imaginas a tu hijo postrado en una camilla dejando entrever su esqueleto a través de la piel. Generatriz borra de tu cabeza este posible pensamiento. Sólo piensas en ese muñequito rosado y cándido, espléndido, lleno de vida. Tienes oculta la otra cara. Quizá estés embarazada y no veas lo que tienes delante. Generatriz borra de tu mente la vejez y la muerte. La gente piensa en su futuro hijo como un niño eterno, o como un adolescente como mucho, o como un exitoso adulto joven emprendedor con un trabajo admirable. Nadie piensa en su futuro hijo como un anciano inválido. Sólo el Elegido piensa en su futuro hijo como un anciano quejumbroso y temeroso de la cuenta atrás. Sólo el Elegido piensa en su hijo como un vehículo esclavo de la transmisión genética.

Tengo una pistola
Enrique Rubio

Cascaradenuez lleva diez años encerrado en su piso del 4ºA. No se atreve a salir porque tartamudea y padece fobia social. Aunque estos son solo dos de sus múltiples males. Su trabajo consiste en crear cebos pornográficos para pajeros de todo el mundo. Vive rodeado de pantallas a través de las que se comunica con su amigo cibernético Ciria, descarga música y películas que nunca tendrá tiempo de disfrutar y, por la noche, se echa en la cama enredado en el cable de su ratón. Es entonces cuando sueña que forma parte de un juego de ordenador donde debe matar zombies por Manhattan.

Por el día, todo su contacto con el mundo exterior se reduce a su pantalla. Bueno, también es visitado en ocasiones por un psicólogo al que pagan sus padres, pero no puede decirse que le ayude mucho a solucionar sus problemas mentales. Sin duda, sería buena idea que el protagonista pusiera algo de su parte para ponerles remedio, pero la verdad es que no tiene muchas ganas de hacerlo.

Cascaradenuez compra por internet todo lo que necesita: ediciones especiales de discos que nunca se mueven de su estantería, zapatillas deportivas que apila en el armario, comida que sí come…

Un día, en un tetrabrick de leche, encuentra la siguiente pregunta:

¿Eres consciente de que llevas un excremento en tu interior?

A partir de entonces entra en contacto con algo parecido a una secta que tiene un ideal un tanto extraño: luchar contra lo que dicta nuestro código genético. Así de fácil. Ænima (el profeta con quien se comunica Cascaradenuez) dice que los humanos somos máquinas programadas por Generatriz. Que somos meros esclavos de nuestros genes y, por tanto, que hay que luchar contra ellos, vencer al programa.

Enrique Rubio aprovecha este estrambótico punto de partida para armar una adictiva novela cuyas páginas nos llevan por caminos cercanos a la ciencia ficción, en ocasiones; o al thriller psicológico, en otras. Pero toda la obra aparece inundada por reflexiones sobre las relaciones humanas que cuentan con un punto de elaboración superior al que se puede esperar de una primera novela.

Sus ideas se podrían equiparar a las de un autor maldito como Houellebecq, pero la manera en que las plasma es radicalmente otro: Tengo una pistola es una novela de ficción que pretende serlo: esto es, no se trata de una obra de autoficción donde un trasunto del escritor nos cuenta sus reflexiones (como haría Houellebecq), sino que presenta un relato ficticio del que se destila una visión del mundo.

Tengo una pistola sorprende. Sorprende la cantidad de hallazgos literarios que hay en sus páginas y la profundidad de sus razonamientos. Además, su lectura tiene un ritmo trepidante. Es de esas novelas que te persiguen en tu día a día, uno de esos libros que buscas cada vez que la vida te otorga un momento de tranquilidad.

Yo, qué más cabe decir, la disfruté muchísimo.

ATENCIÓN, ESPOILERS

Llamo la atención de los lectores porque, a partir de aquí revelo una parte de la historia que un futuro lector podría no querer saber. El que siga leyendo, que no diga que no le avisé:

Cascaradenuez consigue una pistola gracias a la secta de los elegidos, y esa pistola le hace sentirse seguro. Saber que en cualquier momento puede dispararse un tiro en la sien, y así poner fin a su sufrimiento, le proporciona el valor suficiente para salir de su búnker y enfrentarse a la realidad. De pronto, se da cuenta de una cosa:

La realidad es un juego sin PAUSE.

Y luego, observa. Imaginaos los términos en que analizaría el mundo alguien que, desde hace diez años, solo conoce los haces de luz que emite su pantalla:

Alta definición, al menos 1920×1080 píxeles. Rica en texturas y sin escatimar en polígonos. Los colores no son excesivamente brillantes ni vivos, sino naturales. Me muevo y no hay parones ni saltos en la imagen. Fluidez visual, por lo menos a 30 frames por segundo y 100 hertzios de tasa de refresco. Miro las líneas de los edificios, sin dientes de sierra, sin jaggies. La relación de contraste es al menos de 1200:1. Los efectos de antialiasing, mip mapping, bup mapping, environment mapping… son de última generación. Formato panorámico 16:9, más o menos, y un brillo de unos 520 cd/m2.

Esta simulación tan fidedigna era la realidad diez años atrás. Es el molde que utilizan los programadores para diseñarme los juegos con los que he estado alimentándome. La realidad se parece bastante a mis videojuegos. La realidad es bastante real. Está bien conseguida.

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Iban Zaldua – Dedicado a todos los patriotas

Mientras esperaba la orden de embarque, en la cafetería del aeropuerto, le dediqué un último vistazo a los periódicos. Amenazas contra un concejal del PP. Otra protesta contra la ilegalización de Batasuna. La enésima denuncia del presidente navarro contra las pretensiones «colonizadoras» de las autoridades nacionalistas de la Comunidad Autónoma Vasca. Más datos descorazonadores sobre el uso del euskera en los análisis de la última encuesta sociolingüística. Un accidente de trabajo -mortal- en Andoain. Ibarretxe pidiendo calma en torno al plan que lleva su nombre. La Audiencia Nacional negándose, una vez más, a investigar una denuncia de torturas. Los últimos detalles que se han hecho públicos en el caso de corrupción de la Hacienda de la Diputación de Guipúzcoa. Pronto le diría adiós a todo eso, y estaba contento. Más que contento.

La patria de todos los vascos
Iban Zaldua

Fue Jorge Carrión quien, en un taller literario que impartió hace algún tiempo, me hizo una pregunta tan oportuna como dolorosa: “¿Aquí tenéis la política muy presente, no?”

Cierto, Jorge, tenemos la política muy presente. Incluso quienes como yo ansiamos quitárnosla de encima.

Pero es imposible. Unos, los que dicen defender la legalidad, nos destrozan la familia y el entorno. Con un aparato mediático imparable detienen a jóvenes inocentes y lo venden como un triunfo de su rentable lucha contra el terror. Otros, en su anacrónica guerra contra lo que denominan un estado fascista, pretenden formar otro país con otro nombre. Un estado mejor, dicen, como si existieran los estados buenos. En medio, los demás recibimos palos en 360 grados, y perdemos el tiempo buscando soluciones. Toda argumentación se pierde entre discursos huecos y viscerales donde el odio ha desplazado a la razón.

Y a veces nos vemos obligados a inventar lugares tranquilos donde se hable de cosas importantes, lugares donde se sepa quitar hierro a los problemas. Pero sólo encontramos respiro en la imaginación. Soñamos con querer huir de casa, bien lejos, largarnos a un sitio donde pensar en cosas que nos sean cercanas. Olvidar patrias, opresores y oprimidos, debates estériles sobre sentimientos diferenciadores o unificadores, y poder dedicarnos a algo que nos toque la fibra y nos mueva. Que esto de siempre ya no nos mueve.

El libro de Iban Zaldua, La patria de todos los vascos, trata sobre eso: sobre una huida de un país en que nadie valora más discurso que el suyo propio.

Pero, sobre todo, le he hecho al profesor Anderson la pregunta crucial: si hay algún vasco, o alguna casa vasca en Anchorage, porque precisamente en función de eso decidiré al fin si me marcho o no a Alaska -esto último, claro está, ni se me ha ocurrido confesárselo: se lo he soltado como de pasada, como si no tuviera mucha importancia-. También esta vez me ha contestado con rapidez: «por desgracia» no hay ninguna casa o asociación vasca en Anchorage y tampoco, que él sepa, ninguna persona de ascendencia vasca . Cuando empezó a interesarse por Euskal Herria intentó encontrar vascos por aquellos parajes, pero aparte de una pareja de Boise que, por lo visto, emigró allí en los años sesenta -y regresó a Indiana en cuanto se jubiló-, no dio con la pista de nadie más y, por consiguiente, no pudo fundar ninguna asociación vasca en Anchorage, como era su intención -lo que, añade en su mensaje, es «una verdadera pena»-. A mí, la noticia, sin embargo, me alegra muchísimo, pues ese es mi sueño: no querría cruzarme con un solo vasco durante los seis meses que voy a pasar allí. No he hecho a Anderson partícipe de mi satisfacción, faltaría más. «Sí, es una lástima», le he contestado en mi siguiente e-mail.
Gracias a todos los dioses del cielo y de la tierra, el poeta estaba equivocado, y no hay un Basques’Harbour en cada puerto del mundo: ni siquiera una estrecha Rue des Basques. No en Anchorage, por lo menos.

Conocí a Iban Zaldua en la presentación del libro 22 escarabajos en Pamplona. No sabía que existía (Zaldua, no el libro), por eso me puse a buscar su nombre por internet y encontré artículos como este con los que me identifiqué desde el primer momento. Me gustó verle cómo trataba de extraer la víscera del juicio político y avanzar por otros caminos que hagan que acabe esta locura.

Por supuesto, su posición tiene críticas: las de todos aquellos que se aferran a las tesis de uno de los bandos. Últimamente, por estos lares, parece que solo hay de estos. Zaldua se sale de esta norma, y se ha convertido en uno de esos intelectuales independientes que reciben los insultos de ambos lados. Son acusados de equidistantes por unos, o de colaboracionistas por los otros. Yo lo considero de los míos. Bueno, él supongo que es un intelectual, yo prefiero mantenerme en el lugar de los aficionados, que es menos exigente. Lo que está claro es que ambos jugamos a no dejar de pensar.

Este libro nos ofrece un relato fantástico en que todas las ilusiones de los patriotas aparecen contempladas. Las de todos los patriotas. Lo consigue pese a que son, evidentemente, sueños excluyentes con su adversario. Y el resultado es descorazonador. Con una estrategia lógica a prueba de bombas nos demuestra que nada cambiará si no dejamos de discutir por a qué país pertenecemos. Porque esos sueños que monopolizan el debate político son sueños de plástico, y lo peor de todo es que están llenos de mala leche, estupidez y fascismo.

La polla records cantó, hace ya años, una frase que decía “un patriota, un idiota”. Hoy la hago mía. Con todas sus consecuencias.

PD. Esta es una de las últimas entradas que apareció en el viejo blog. Todavía no habían pasado muchas de las cosas que, en relación con el manido problema vasco, han modificado el panorama. Y ya no son dos los bandos que practican la cerrazón y el patrioterismo. Ahora son unos los que mantienen una política de desargumentación para evitar los juicios lógicos, y los otros los que han dado una muestra de madurez inesperada.

Así que dedico este comentario a todos los nacionalistas españoles. Para que se den cuenta de quiénes son.

Y espero, además, que el 22-M se pueda votar a todas las ideologías, no solo a las que cuelan por su dogma de taberna.

Menéndez Salmón – Íntimo y personal

“Pero allí, en un rincón de la noche invernal, con el cántico de las aguas en mis oídos, acaté mi pequeña tarea, mis trabajos y días sobre la miseria y la grandeza ajenas, y sólo acerté a apretar a Zoe contra mi pecho, como si así, con el latido de mi corazón en sus encías, mi mujer pudiera sentirse más amada, más venerable, más protegida que a través de cualquier palabra con la que yo me hubiera atrevido a nombrarla, a expresarla, a intentar apropiarme de ella.

Supe así que sólo poseía aquel gesto para recordarle cuánto la amaba. Y supe también que aquel pequeño gesto me redimía de toda la poesía del mundo, de todas las grandes, bellas, inútiles palabras que nos rodean.”

El corrector (2009)
Ricardo Menéndez Salmón
He aquí unas bellísimas palabras de un libro escrito con la precisión a que nos tiene acostumbrados el escritor asturiano. La lástima es que creo que El corrector no será recordado tanto por su cuidado lenguaje como porque no alcanzó las expectativas que se habían puesto sobre él.

Ricardo Menéndez Salmón siempre escribe pulcro, como si cada palabra que anota la hubiera escogido tras desechar todas las demás. En cada libro suyo encontramos frases que apuntan al centro mismo de las ideas, que condensan el máximo significado que una combinación de letras y espacios puede alcanzar.

Pero a sus habituales ya no nos basta con eso. Le pedimos siempre más. Pedimos que corone una trilogía como la que cierra este libro con una obra magistral, que nos sorprenda, que nos resquebraje. Y no lo ha hecho. La ofensa, el primer relato de su saga sobre el mal, consiguió llevarnos a cotas intelectuales poco habituales en una novedad. Derrumbe mantuvo el tipo y abrió un canal en nuestro interior hacia el asco y la desolación. Algo más esperábamos de El corrector, algo más que una cuidada reflexión individual sobre aquello que ocurrió el 11-M de 2004 en España.

Y no nos lo ha dado esta vez. Y así pagamos los fieles, con la crítica. Y, por supuesto, con la promesa de que leeremos lo siguiente que salga de la pluma del que continúa siendo uno de los escritores más finos en nuestra lengua.