Archivo de la categoría: Relato

Franz Kafka – Una interpretación anticapitalista

En diciembre de 2011 fui a Praga. Tuve suerte porque el invierno no había llegado todavía, y por tanto pude pasear sin dejarme los huesos. El motivo de mi viaje no tenía que ver con Frank Kafka, pero sí con la literatura. Quería ver los lugares donde unos resistentes habían conseguido matar al nazi Heydrich, tras leer el libro HHhH de Laurent Binet. Pero esa es otra historia.

Casa donde Kafka escribió Un médico rural

Aprovechando que andaba por allí, me paseé por el recuerdo de Kafka. Por si se me pegaba algo, vamos. Y hubo suerte. Al llegar al Pasaje Dorado vi que, en la casita donde el escritor había pasado muchas horas de trabajo, había una librería. Uno no es fetichista per sé, pero había que hacer algo y compré Un médico rural – Pequeños relatos. La elección del título fue casual (bueno, no del todo: los demás ya los tenía), y resultó que las letras de ese libro eran las únicas que Kafka escribió en aquel cuco nº 22.

Para los que no hayan leído Un médico rural, dejo el enlace a la biblioteca Ciudad Seva donde podréis encontrarlo. Aquí.

Lo que sigue a continuación es una interpretación mía, ayudado por un litro de cerveza tostada de U Medviku. Pero me cuadra. Eso sí, no dejéis de leerlo si no queréis que os lo destripe a spoilers.

Una interpretación anticapitalista de “Un médico rural”

Punto de partida: un médico rural recibe una llamada urgente. Ha caído una tormenta de nieve y la casa a la que debe llegar está a diez millas. Además, su caballo murió ayer. Pide ayuda entre sus vecinos, pero nadie puede hacer nada por él.

Aparece el capital: en su cochera, un desconocido con ojos azules le presenta dos buenos corceles. Problema solucionado.

El capital no trabaja, pero siempre gana: la criada, preciosa, aparece por la cochera para ayudar al médico a ensillarlos. El capital se lanza sobre la criada y le muerde en una mejilla. El médico le pide que le acompañe, pero el capital no está por la labor. Azuza a los caballos y el médico sale disparado mientras ve cómo la joven huye perseguida por el benefactor.

Fotograma de la película japonesa Inaka Isha, basada en el relato de Kafka.Al principio todo son facilidades: el viaje, que se preveía largo y difícil, se hace en un santiamén. El padre del paciente está preocupado, pero cuando llega, el médico comprueba que está sano.

Primer desajuste: el paciente le pide que le deje morir. Pero él es médico, ¿cómo iba a hacer eso? El padre le ofrece una copa de ron que él rechaza.

Segundo desajuste: el paciente tiene una herida profunda en el costado. Podría morir. Entonces, el paciente le suplica: ¿Me salvarás? Ante el desaguisado, el médico piensa en su criada.

La imposibilidad de entender el mundo laboral: en plena desolación, los dos caballos meten la cabeza por la ventana, como recordándole que tiene una deuda contraída.

Las represalias por no hacer bien un trabajo: de repente, aparece todo el pueblo en la casa. Lo observan y le exigen que lo cure, y para que no escape atan al médico a la cama del paciente. Los niños del coro cantan:

Desvestidlo para que cure
y si no cura matadlo.
No es más que un médico,
no es más que un médico.

El paciente, entonces, le echa en cara que no solo no le va a curar, sino que encima le está quitando un trozo de su lecho de muerte. El médico le dice:

-Tampoco es fácil para mí.
-Es una excusa muy fácil para que baste -replica el moribundo.

Recuperar lo perdido es imposible: consigue escapar y, desnudo, el médico se monta en el carruaje. Por suerte los caballos son buenos y harán el viaje muy rápido. Pero ahora no es así. Los caballos van muy despacio, y se queda atrapado en medio de un desierto de nieve. El médico no para de pensar en su criada.

Fin.

Librito comprado en la casita donde lo escribió.

No pienso hacer ninguna conclusión. Por lo menos ninguna más. Que ya hay unas cuantas. Pero esto era una interpretación mía, ¿no? Pues eso.

Un par de cosas.

Por un lado, buscando imágenes para esta entrada -la primera es una foto mía, pero la segunda no-, me encontré un blog que hablaba sobre Inaka Isha, una película japonesa de 20 minutos que está basada en el relato de Kafka. La tendré que buscar.

Y por otro, una llamada al blog de El economista humilde, lleno de buenas ideas. Este tío un día escribió sobre un sueño que tuvo -o no, me da igual- y que me recuerda mucho a las historias absurdas de Kafka. Si empezamos a leer el post por el segundo párrafo, a partir de “Al girar la esquina me di cuenta…”, nos queda un relato más bien apañado de un aprendiz de Kafka del siglo XXI.

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Mercedes Cebrián – Sobre el poder

Debéis saber que dirijo
mi propia publicación,
una revista de números impares.

Por más que me insistáis no habrá número dos, ni un especial
Cumplimos Veinte Números.
El nueve, un monográfico dedicado a los pares
contiene referencias, cientos de véases, de
tal como señalamos en el número ocho.

¿Se os ocurre otra forma más sutil
de poder?

El malestar al alcance de todos
Mercedes Cebrián (2004)

Qué sorpresa encontrarme con Mercedes Cebrián.

El libro combina cuentos y poemas. Aunque yo soy más de prosa, también soy un lector comprensivo, así que me leí ambos. Y todos son irónicos, como para morirte de la risa y luego llorar. O viceversa. El caso es que me gustan, y por eso los traigo aquí (un momento, si yo soy más de relatos, ¿por qué he colgado un poema?).

Ya he regalado dos ejemplares.

Oscar Wilde – El tope del narcisismo, y más allá

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.

-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.

-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.

-¿Era hermoso? -preguntó el río.

-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…

-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.

El reflejo (S. XIX)
Oscar Wilde

 

Para cumplir la promesa del lunes, aquí va otro micro del irlandés. Como son relatos tan viejos, todo está explicado. Así que ahí los dejo para vosotros.

Otro día recuperaré El retrato de Dorian Grey, el libro con más conciencia de clase que he leído. Hoy no, que es casi viernes y tenemos sol.

Oscar Wilde – El peligro de contar demasiado

 

 

Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:

-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

El hombre que contaba historias

Oscar Wilde

 

Qué grande Óscar Wilde. Y qué fácil parece hacerlo así de sencillo. Ni una palabra más alta que la otra, solo lo necesario. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Lo bueno de la ficción es que nos ilusiona, precisamente lo contrario que suele hacer la realidad. El peligro viene cuando confundimos la una con la otra. ¿No?

¿Habéis visto esta película? Es bastante impactante.

 

Hemingway y el microrrelato


“Vendo zapatos de bebé, sin usar.”

Ernest Hemingway

Os jodéis. No haber entrado en este blog.

Javier Sáez de Ibarra – Literatura para entender mejor el mundo

Javier Sáez de Ibarra escribe para cambiar el mundo.

Cuando lea esto, dirá, “¡no, yo no dije eso, yo dije que NO esperaba cambiar el mundo!”. Es verdad, dijo lo contrario: “Yo no escribiría nunca para cambiar el mundo”. Pero no me lo creo y el blog es mío, así que voy a darme la razón, que es lo que se hace básicamente en la blogosfera. Creo, para ahondar en la reflexión, que Javier también es un amante de los titulares descontextualizados, y éste me ha salido redondo.

También dijo que “el mundo podría ser maravilloso, y en cambio es un lugar lleno de conflictos”. Igual se le escapó, qué sé yo, pero sigo sin creer que no escriba para cambiar las cosas. Porque si no es así, a ver, ¿cuál es el motivo que hace que le entren esas repentinas e intermitentes ganas de escribir? ¿Por qué, después, iba a dedicar tanto tiempo a reflexionar sobre lo escrito? ¿Por qué corregirlo y reconstruirlo para dejar claro el mensaje? ¿Y por qué, mucho después, compartiría dos horas de charla, más otras cuantas de cena hasta la madrugada, con un grupo de aficionados a la lectura de una pequeña ciudad de provincias?

Insisto, el autor de Mirar al agua nos dijo que no pretende cambiar el mundo. Esas fueron sus palabras. Luego transcurrieron los minutos y bajó la guardia. Al final, con una sonrisa, reconoció: “Bueno, si acaso un poquito…” Mi conclusión: sí, Javier, escribes para cambiar el mundo. Y los que te hemos leído lo agradecemos.

En su afán por no cambiar el mundo, Sáez de Ibarra cuenta historias desde ángulos donde nunca antes habíamos mirado, relatos con cargas de reflexión maduradas durante años, cuentos que no dejan indiferente, de esos que obligan a pensar en si todo lo que conocíamos, si el mundo en el que vivimos, es realmente así.

Ya lo había avisado en otro post: el pasado viernes, en la fundación Patxi Buldain de Huarte (Navarra), Javier Sáez de Ibarra visitó a los alumnos del taller estable de escritura creativa. Una breve acotación: el taller empezó a funcionar hace sólo dos años, de la mano de Roberto Valencia y la propia fundación, pero ya empieza a dar frutos -de próxima aparición en el blog- y, sobre todo, se está convirtiendo en un importante referente literario de la vida cultural de la ciudad. Falta le hacía a esta plana Pamplona.

Vuelvo a la charla del viernes, que allí se habló de muchas cosas. Mucho sobre el trabajo del escritor, lo que a la postre más interesaba a la concurrencia. Escribir, corregir, dejar en el cajón a que madure, releer, reflexionar, poner y quitar, reescribir… publicar, no publicar: “Durante un tiempo, los cuentos que yo escribía no salían a la luz, pero me ayudaban a pensar”, explicó. Relató, además, manías personales que prefiero dejar en el off the record de la charla -una por otra, ¿no?-.

También citó sus referencias: Borges, y su teoría de que “la escritura nunca se termina, sólo se interrumpe”; o Kafka, o Allan Poe y su mundo siniestro; o la poesía de Lorca; o el realismo de Aldecoa. Escritores que tampoco querían cambiar el mundo.

Sobre todo, de lo que más se habló aquella maravillosa noche, fue de relatos. De cuentos y de la carga de reflexión que llevan dentro.


También hubo quejas por la falta de respeto con que la industria editorial, los lectores y los propios críticos tratan al relato. “No se juzga igual un libro de relatos que uno de poesía o una novela”, se lamentó el escritor. Juan Casamayor, el director de la editorial especializada en relatos Páginas de Espuma, acompañó a Sáez de Ibarra y aportó una apasionada defensa del cuento como género literario. Grata sorpresa, también, encontrar a un hombre de empresa cuya pasión sea el producto, por encima de su rendimiento comercial. “Estamos terminando con la falacia de que el cuento no vende”, dijo Casamayor, y espero que así sea. Por sus bolsillos y por el futuro de los que leemos para mejorar las cosas.

Todos los que compartimos charla y cena quedamos encantados y agradecidos.

Del libro, Mirar al agua, y de lo que sobre él se dijo hablaré otro día, que éste me he quedado sin espacio. Mientras tanto, os recomiendo que lo leáis y así, cuando toque, llenamos el blog de comentarios.

Hoy nos visita…

Será este viernes, en la sede del Taller de Escritura de la Fundación Patxi Buldain de Huarte (Navarra).

Javier Sáez de Ibarra acaba de sacar un libro de relatos, Mirar al agua, que es lo único que he leído de este autor vitoriano. Eso de momento, porque las expectativas que ha creado son inmejorables.

Soy muy aficionado a los relatos, los disfruto. Sobre todo me gustan aquellos que revientan mis convicciones, los que me hacen darme cuenta de que los juicios rápidos y la vehemencia no son muy sabios y me harán derrapar, como tantas veces me ocurre.

Éste es uno de esos libros, uno de los que te hacen dudar, plantear opciones, pensar de otra manera y desconfiar de las propias opiniones. Me ha parecido genial. También a los miembros del jurado del I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, que lo reconocieron como ganador de forma unánime.

Relatos sobre arte, o sobre obras artísticas, o sobre arte contemporáneo, o sobre qué hacer con el arte contemporáneo, o sobre cómo crear un mito a partir de la nada y decir que es arte contemporáneo, o sobre cómo mirar el arte contemporáneo, o sobre cómo empezar a ver algo más que manchas y desorden en el arte contemporáneo. No esperéis fórmulas mágicas, ni un manual de uso. Son historias corrientes que duelen, gustan y nos sirven para aprender a mirar, a Mirar al agua.

Tengo unas ganas locas de que venga este escritor, porque desde que leí sus relatos y discutimos alguno de ellos en el taller se me ha quedado una especie de hueco en blanco en mi capacidad de interpretación, como una ligera nebulosa de dudas, que espero que él me pueda aclarar. Joder cómo pegan estos porros. Perdón, estos cuentos.

El sábado contaré qué tal fue la visita. Del libro ya hablo otro día, cuando pueda hacerlo con la profundidad, conocimiento y dedicación que sin duda se merece.

Naguib Mahfuz – Las dudas sobre las que se mueve el mundo

“-Papá…

-¿Qué?

-Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.

-Claro, mujer, porque es tu amiga.

-En clase… en el recreo… a la hora de comer…

-Estupendo… es una niña buena y juiciosa.

-Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.”

Jardín de infancia
Naguib Mahfuz

Con estas palabras empieza el trepidante relato de Naguib Mahfuz, Jardín de infancia. En un diálogo sin acotaciones, se suceden una serie de preguntas y respuestas que se leen de manera fugaz, pero que necesitan ser pensadas despacio. El recurso puede parecer manido: la niña que pone en aprietos al padre; pero el resultado pone sobre la mesa toda la cuestión religiosa. A mí, personalmente, esa cuestión me pone de muy mala leche, algo que al mundo lógicamente le da igual; pero es que son demasiados siglos de guerras, injusticias, muertes, odio y problemas innecesarios.

El escritor egipcio Naguib Mahfuzaquí enlace a la wikipedia- es el único escritor en lengua árabe que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Fue en 1988. Seis años después, unos extremistas de esos que abundan en todas las religiones le hirieron en el cuello. Tenía 85 años. Era musulmán practicante, pero le habían considerado hereje. A su lado, a mí me deben de considerar el mismísimo demonio. Asustadito me tengo de lo malo que soy.

Bueno, en este relato, Mahfuz hace de una inocente conversación doméstica un inolvidable tratado de tolerancia. Para los que quieran terminarlo, dejo aquí el link al relato completo -cortesía de Ciudad Seva-, que es breve y acelerado, pero debe leerse despacio. Por favor, obispos, muyahidines y gobernantes iluminados: échenle un vistazo.

Cada vez que oigo hablar de religión, crímenes en nombre de Dios, o extremismos musulmanes o cristianos, me viene a la cabeza una estrofa de Silvio Rodríguez que canto a gritos cada vez que suena:

“Hay que quemar el cielo si es preciso
por vivir
por cualquier hombre del mundo
por cualquier casa.”

Don DeLillo – Porque la crisis viene de hace mucho

“-El futuro es siempre una totalidad, una igualdad absoluta. Allí todos seremos altos, fuertes, felices -dijo ella-. Por eso fracasa el futuro. Siempre fracasa. Nunca podrá ser ese lugar cruelmente feliz en que aspiramos a convertirlo.

Alguien arrojó una papelera contra la ventanilla posterior. Kinski hurtó el cuerpo sólo un ápice, inmediatamente al oeste, pasado Broadway, los manifestantes habían erigido barricadas de neumáticos en llamas. En todo momento, en todo lugar parecía existir un plan rector, una meta. La policía lanzaba balas de goma en medio de la humareda, que ya ascendía por encima de los carteles publicitarios. Otro policía se hallaba a escasos metros, ayudando al equipo de seguridad de Eric en la protección del automóvil. No supo qué sentir a ese respecto.

-¿Cómo sabremos cuándo habrá llegado oficialmente el final de la era de la globalización?

Aguardó la respuesta.

-Cuando las limusinas extralargas comiencen a desaparecer de las calles de Manhattan.

Unos hombres orinaban contra el automóvil. Las mujeres lanzaban botellas de refrescos rellenas de arena.

-Esto es una muestra de ira controlada, diría yo. Pero me pregunto qué sucedería si supieran que el mandamás de Packer Capital se encuentra a bordo del automóvil.

Ella lo dijo con maldad, encendidos los ojos. Los ojos de los manifestantes resplandecían entre los pañuelos rojinegros con que se cubrían la cabeza y se tapaban la cara. ¿Los envidiaba? En las ventanillas blindadas a prueba de balas se pintaban grietas finas como un cabello, y tal vez pensó que le gustaría estar ahí fuera, destrozándolo todo.

-Toda esa gente trabaja para ti. Actúan de acuerdo con las condiciones contractuales que impones -dijo ella-. Si te matan, será sólo porque tú lo has permitido, con tu arrobada reticencia, como forma de subrayar una y mil veces la idea de que todos estamos a las órdenes de alguien.

-¿Qué idea es esa?

El bamboleo fue a peor. La observaba seguir los bandazos de su vaso de lado a lado, antes de dar un trago.

-La destrucción -dijo ella.

En uno de los monitores vio figuras que descendían por una superficie vertical. Le costó un momento entender que bajaban en rappel por la fachada del edificio de enfrente, donde estaban situados los visualizadores digitales del mercado de valores.

-Ya sabes lo que siempre han creído los anarquistas.

-Sí.

-Pues dímelo -dijo ella.

-El afán de destruir es un afán creador.

-Ése es también el sello distintivo del pensamiento capitalista. La destrucción forzosa. Es preciso eliminar sin contemplaciones las industrias anticuadas. Hay que reclamar a la fuerza nuevos mercados. Es necesario reexplotar los mercados anticuados. Destruyamos el pasado, construyamos el futuro.”

Cosmópolis (2003)
Don DeLillo
Ed. Seix Barral
Págs. 112-114
Cuando uno lee este fragmento en los tiempos que corren, insertos en la crisis económica más dura de la historia, con los hombres de negocios y sus secuaces siguiendo aquella conocida máxima de “coge el dinero y corre” -como mencioné en aquel iracundo post-, uno se alegra, pese a su conocido carácter pacífico, de ver que a veces hay quien también escribe reacciones violentas contra el poder establecido. Bancos ardiendo, multitudes tomando la calle, asaltos a las sedes de las principales empresas, ataques a las limusinas que inundan Manhattan… un escenario que parece cada vez menos lejos de la realidad.Pero claro, eso no pasará. Los mecanismos del sistema todavía mantienen su poder aletargador para evitar manifestaciones de ira colectiva.

Aunque, bueno, la dirección de momento parece la correcta. Algunas pistas para la reflexión.

En pleno centro de Pamplona, la rica, rancia y conservadora ciudad donde vivo, me he encontrado esa foto que pongo encima. “Abajo los bancos, arriba el sexo”, dice. ¿Será obra de un graffitero que ha mostrado su desencanto sobre el sistema? Eso quiere parecer, pero a mí no me cuadra mucho. Es raro esta pintada a unos veinte metros de El Corte Inglés. Me da a mí que nos están engañando, que los intereses del autor de esa pintada son más espúreos. O sea,que es una treta comercial. Quizás como la Cocacola en su entrañable y vomitivo anuncio del viejito de 102 años. Pese a las casi seguras dobles intenciones del autor de la pintada, vamos a sacar algo positivo. Algún estudioso del marketing, en su afán por vender, se ha dado cuenta de que la gente enfoca su odio hacia un objeto determinado: los bancos. Es un dato.

Después uno mira este vídeo de youtube, donde aparecen unos activistas tirando bolas de nieve a ejecutivos de un banco británico y piensa… uy! pues algo más cerca estamos de que la gente despierte. De momento, esa manifestación se ha quedado en lo simbólico, en un inocente jugueteo que sólo quiere hacer patente el enfado de la sociedad. Cierto, pero otra vez muestra el destino de nuestra ira: el sistema financiero.

¿De ahí a que la descontrolemos -la ira, me refiero- cuánto queda? Don DeLillo publicó Cosmópolis en ¡2003!. Entonces todo iba bien en el mundo y la economía. Vivíamos como reyes -nosotros los primermundistas, todo hay que decirlo-. Y entonces ya supo dibujar una situación de clases medias venidas a menos rebelándose contra los ricos y poderosos, atacando virulentamente sus posesiones, asesinando banqueros y empresarios. ¿Cómo pudo imaginar este escenario? ¿Es DeLillo un profeta? ¿Irán las cosas tan a peor que llegaremos a ese extremo?

Carver – El fin de Chejov como nos lo habría contado él mismo

“«Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwóhrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?

El doctor Schwóhrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwóhrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwóhrer. Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la Historia.

Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. «No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.»”

Tres rosas amarillas
Raymond Carver
Cuando murió Chejov, una parte de la literatura quedó en silencio.

Pero después de él, muchos siguieron su estela. Carver, Tobias Wolff, Henry Miller… muchos americanos hicieron suyo ese camino que muestra las miserias, los amores y los anhelos humanos sin una intención de juicio.

  • “El artista no debe convertirse en juez de sus personajes y de lo que dicen: su única tarea consiste en ser un testigo imparcial. Si oigo a dos rusos enfrascados en una confusa conversación sobre el pesimismo, una conversación que no lleva a ninguna parte, lo único que tengo que hacer es reproducirla exactamente como la he oído. Las conclusiones debe sacarlas el jurado, esto es, los lectores. Mi única tarea consiste en tener el talento suficiente para saber distinguir un testimonio importante de otro que no lo es, para presentar a mis personajes bajo una luz apropiada y hacer que hablen con su propia voz”
  • Anton Chejov


Lógico, pues, que uno de los cuentos más notables de Carver esté dedicado a la muerte del gran maestro.