Archivo mensual: julio 2009

Sebastien Smirou, un extranjero

Continúo aprovechándome de los actos que se organizan en la fundación Patxi Buldain, y libando, como las abejas, la literatura que nos ofrece Roberto Valencia, el responsable de que mi cerebro encuentre motivos para no convertirse en una boñiga insolada. Qué suerte encontrar en la comarca un compromiso que consigue traer luces de reflexión como el que protagoniza esta entrada. Un apunte: para devolverme a la cruda realidad ya está mi vecino, con un debate televisivo a volumen imposible que me obliga a escribir esta entrada con tapones en los oídos. Con ellos, con los tapones digo, me siento capaz de hilar dos argumentos y evito distraerme con alguna sesuda opinión sobre el comportamiento de qué sé yo qué personajes pseudo populares, forrados de pasta por dejarse grabar y comentar en estos programas.

Bueno, a lo que me interesa. Me refiero a la charla de Sébastien Smiroubiografía en la wikipedia francesa de este poeta y psicoanalista infantil-, el autor que nos visitó el pasado día 22 y que no sólo ofreció una cuidada exposición sobre el estado de la literatura en el país vecino, sino que aportó argumentos teóricos que se convirtieron en cargas de profundidad sobre el estado de la literatura, la lengua y nuestra propia identidad. Reflexiones bien estructuradas, todas, que obligan a replantearnos no sólo nuestra labor como aprendices de escritores, sino también nuestro papel como lectores.

Voy a plantear una pregunta que me asalta casi cada vez que pongo pie en una librería: ¿por qué hay actualmente tantos libros malos en el mercado? Démonos tres minutos para pensar en razones. Se me ocurre, por ejemplo, en una primera y evidente idea, mencionar la repetición de temáticas o de líneas argumentales; o la búsqueda que muchos autores hacen del mercantilismo a través del simple entretenimiento; o también la absoluta falta de ambición investigadora o experimentadora de estos pocos autores que pueden vivir de la literatura. Son varias, las razones, y todas ellas válidas.

Pero Smirou, como haría si fuera físico o matemático, se va al origen de todo para encontrar respuestas.

El origen está en quien escribe.

Los escritores.

¿Qué es un escritor?

“Un escritor es un extranjero en su propia lengua”, sentencia.

Otros tres minutos de reflexión, y desmontamos mitos. “Claro”, pensaba yo, “un extranjero es aquel que está en un proceso constante de aprendizaje”. Sonrisa y cierre.

Muy pobre, ¿no? mi conclusión. Aparte de muy tópica -sí, tópica, como las cremas que se aplican para suavizar los efectos del quemazo del sol pero que no nos quitan el riesgo de contraer un cáncer-. Muchos estamos constantemente en aprendizaje y no somos capaces de escribir ni esos libros malos de los que hablamos.

Volvamos, pues, a Smirou: “Un extranjero aprende y aporta cosas nuevas a la lengua”. ¡Tate! ¡Ca! ¡Ostia! ¡Eso es! A imagen de los archiconocidos nombres de escritores que no escribieron su lengua materna porque la fuerza de la costumbre les impedía nuevas formas de expresión, la propuesta de Smirou se presenta como imprescindible: hay que desmontar el lenguaje, desoír la memoria y los corsés, hacerlo vivo y transgredir sus normas para ampliar su campo de acción y forzar sus posibilidades expresivas.

Hoy mismo, una buena amiga me ha descubierto una cita de otro gran poeta que engarza perfectamente con la reflexión. Se trata de nuestro gran Federico G. Lorca: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. O sea, no escribamos lo que ya está escrito, intentemos aportar algo al mundo, a la lengua, a la expresión, a la denotación y connotaciones de las palabras, a su morfología. Por ahí vamos, parece, afinando las conclusiones.

“Siempre he escrito para luchar contra mi lengua materna”, terminó Smirou la reflexión, y con esta frase cierro el breve esbozo de una idea que nos llevó durante decenas de minutos por nombres de la literatura, algunos grandes y otros desconocidos; y que me ayudó, de forma contundente, a poner otro escalón en mi hambre de argumentos.

Contamos con un material de base, la lengua, que debemos superar, mejorar o ridiculizar. Trabajemos, leamos, agrandemos nuestra base para poder dar un pasito más a partir de lo que muchos autores hicieron antes. Huyamos de los tópicos y las construcciones impuestas por la costumbre. La idea es ambiciosa, vale, pero partamos por lo menos de esa intención. Sólo de esta manera evitaremos caer en el “más de lo mismo” que inunda las librerías de hoy en día y que hace tan desapacible acercarse con afán descubridor a la estantería de novedades.

 

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Unamuno – Filosofía y letras

“No, Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres. Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y como obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene una finalidad. Yo no he venido a someter los pobres a los ricos, ni a predicar a éstos que se sometan a aquellos. Resignación y caridad en todos y para todos. Porque también el rico tiene que resignarse a su riqueza, y a la vida, y también el pobre tiene que tener caridad para con el rico. ¿Cuestión social? Deja eso, eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad en que no haya ya ni ricos ni pobres, en que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea de todos, ¿y qué? ¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio de la vida? Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio…, opio…. Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe.”

San Manuel Bueno, Mártir (1930)
Miguel de Unamuno

Conformémonos, hermanos, con lo que somos y lo que tenemos. No leamos, no luchemos, no queramos ser mejores. Sigamos la voluntad de Dios y seamos fieles súbditos de su palabra.

Tras estas palabras, con las continúo el discurso de Miguel de Unamuno y que espero me sirvan para ganarme el beneplácito de Rouco Varela, paso a la explicación. -¡Y una mierda!- Uy, perdón por la interrupción. Es que desde que he escrito el primer párrafo se me ha quedado un exabrupto atascado en los dedos y no he podido contenerlo.

Bueno, vamos a ello. A principios del siglo XX, Lázaro vuelve de América y aterriza en su pueblo natal, Valverde de Lucerna. A su llegada se encuentra con que el pueblo está entregado a su párroco, don Manuel Bueno, un religioso de gran humanidad y que predica un evangelio un tanto distinto del que domina la sabiduría popular. El retornado, poseído por modernas ideas de libertad y el agnosticismo, encuentra difícil su engarce con la devota rutina del pueblo pero, paradoja, es gracias al apoyo de este párroco que su escepticismo encuentra una orientación útil.

El libro San Manuel Bueno, mártir plantea de forma amena un agudo debate sobre la existencia de Dios y la influencia de la religión en los demás órdenes de la vida. ¿Elegimos saber o no saber? ¿Creer o no creer? Como en Matrix, con la penosa escena de la pastilla azul y la pastilla roja, Unamuno nos plantea la eterna duda: ¿preferimos ser felices en la ignorancia, o sufrir por el conocimiento? Eso sí, Unamuno lo hace de forma inteligente; lo de Matrix es otro cantar.

Es fácil de leer, y nos da otra visión de cómo pensar sobre los problemas religiosos y políticos que han conformado la España del siglo pasado, una España que algunos nostálgicos con trajes regalados pretenden mantener en este nuevo que empieza. Además, para figurantes, si lo leemos podremos decir que hemos leído a Unamuno, ese personaje controvertido no alineado con ninguna corriente política, irónico y sagaz, que consiguió enemigos en los dos bandos, que murió en 1936 bajo el arresto domiciliario al que le condenó el franquismo -tras una agria disputa dialéctica contra el general Millán Astray– y que, a la postre, fue exaltado por la propaganda franquista como un héroe nacional.

Sé que es peligroso mojarse en cuanto a Unamuno, pero recuerdo a San Manuel Bueno y sólo puedo alegrarme de que su alma no viera, desde la vida eterna, el destrozo que se hizo tras su muerte con la cultura, la vida y la libertad de este país.

 

Céline – Viaje al fin de la noche (II)

“-Acaban de matar al sargento mayor Barousse, mi coronel- dijo de corrido.
-¿Qué más?
-Le han matado cuando iba a recoger el furgón del pan, por la ruta Des Étrapes, mi coronel.
-¿Qué más?
-Lo hizo estallar un obús.
-¿Qué más, carajo?
-Esto es todo, mi coronel.
-¿Y el pan?- preguntó el coronel.”

Viaje al fin de la noche (1932)
Louis Ferdinand Céline

Odio a los jefes.

Fin del comentario.

PD: Oficialmente participo en los “Premios 20 Blogs” de 20 minutos. Se ve que los internautas tienen que votar entre los blogs participantes para que queden cinco finalistas, de entre los cuales se elegirá por jurado el mejor. Es la primera vez que participo en una cosa de estas y no sé bien qué puede salir de aquí, pero por si acaso os pongo un enlace en la parte derecha del blog para que lo vayáis votando si os apetece.

Gracias a todos de antemano.

Más extractos de Viaje al fin de la noche en:

Parte I – Sobre la guerra
Parte II – Sobre los jefes
Parte III – Sobre la corrección política
Parte IV – Sobre la botánica
Parte V – Sobre Nueva York