Archivo mensual: junio 2009

Javier Sáez de Ibarra – Literatura para entender mejor el mundo

Javier Sáez de Ibarra escribe para cambiar el mundo.

Cuando lea esto, dirá, “¡no, yo no dije eso, yo dije que NO esperaba cambiar el mundo!”. Es verdad, dijo lo contrario: “Yo no escribiría nunca para cambiar el mundo”. Pero no me lo creo y el blog es mío, así que voy a darme la razón, que es lo que se hace básicamente en la blogosfera. Creo, para ahondar en la reflexión, que Javier también es un amante de los titulares descontextualizados, y éste me ha salido redondo.

También dijo que “el mundo podría ser maravilloso, y en cambio es un lugar lleno de conflictos”. Igual se le escapó, qué sé yo, pero sigo sin creer que no escriba para cambiar las cosas. Porque si no es así, a ver, ¿cuál es el motivo que hace que le entren esas repentinas e intermitentes ganas de escribir? ¿Por qué, después, iba a dedicar tanto tiempo a reflexionar sobre lo escrito? ¿Por qué corregirlo y reconstruirlo para dejar claro el mensaje? ¿Y por qué, mucho después, compartiría dos horas de charla, más otras cuantas de cena hasta la madrugada, con un grupo de aficionados a la lectura de una pequeña ciudad de provincias?

Insisto, el autor de Mirar al agua nos dijo que no pretende cambiar el mundo. Esas fueron sus palabras. Luego transcurrieron los minutos y bajó la guardia. Al final, con una sonrisa, reconoció: “Bueno, si acaso un poquito…” Mi conclusión: sí, Javier, escribes para cambiar el mundo. Y los que te hemos leído lo agradecemos.

En su afán por no cambiar el mundo, Sáez de Ibarra cuenta historias desde ángulos donde nunca antes habíamos mirado, relatos con cargas de reflexión maduradas durante años, cuentos que no dejan indiferente, de esos que obligan a pensar en si todo lo que conocíamos, si el mundo en el que vivimos, es realmente así.

Ya lo había avisado en otro post: el pasado viernes, en la fundación Patxi Buldain de Huarte (Navarra), Javier Sáez de Ibarra visitó a los alumnos del taller estable de escritura creativa. Una breve acotación: el taller empezó a funcionar hace sólo dos años, de la mano de Roberto Valencia y la propia fundación, pero ya empieza a dar frutos -de próxima aparición en el blog- y, sobre todo, se está convirtiendo en un importante referente literario de la vida cultural de la ciudad. Falta le hacía a esta plana Pamplona.

Vuelvo a la charla del viernes, que allí se habló de muchas cosas. Mucho sobre el trabajo del escritor, lo que a la postre más interesaba a la concurrencia. Escribir, corregir, dejar en el cajón a que madure, releer, reflexionar, poner y quitar, reescribir… publicar, no publicar: “Durante un tiempo, los cuentos que yo escribía no salían a la luz, pero me ayudaban a pensar”, explicó. Relató, además, manías personales que prefiero dejar en el off the record de la charla -una por otra, ¿no?-.

También citó sus referencias: Borges, y su teoría de que “la escritura nunca se termina, sólo se interrumpe”; o Kafka, o Allan Poe y su mundo siniestro; o la poesía de Lorca; o el realismo de Aldecoa. Escritores que tampoco querían cambiar el mundo.

Sobre todo, de lo que más se habló aquella maravillosa noche, fue de relatos. De cuentos y de la carga de reflexión que llevan dentro.


También hubo quejas por la falta de respeto con que la industria editorial, los lectores y los propios críticos tratan al relato. “No se juzga igual un libro de relatos que uno de poesía o una novela”, se lamentó el escritor. Juan Casamayor, el director de la editorial especializada en relatos Páginas de Espuma, acompañó a Sáez de Ibarra y aportó una apasionada defensa del cuento como género literario. Grata sorpresa, también, encontrar a un hombre de empresa cuya pasión sea el producto, por encima de su rendimiento comercial. “Estamos terminando con la falacia de que el cuento no vende”, dijo Casamayor, y espero que así sea. Por sus bolsillos y por el futuro de los que leemos para mejorar las cosas.

Todos los que compartimos charla y cena quedamos encantados y agradecidos.

Del libro, Mirar al agua, y de lo que sobre él se dijo hablaré otro día, que éste me he quedado sin espacio. Mientras tanto, os recomiendo que lo leáis y así, cuando toque, llenamos el blog de comentarios.

Céline – Viaje al fin de la noche (I)

“Nuestro coronel sabía quizá por qué disparaban aquellos dos, los alemanes quizá también lo sabían, pero yo, verdaderamente, no lo sabía. Por mucho que buscara en mi memoria, ningún mal había hecho a los alemanes. Siempre fui agradable y educado con ellos. Conocía un poco a los alemanes, incluso estuve en la escuela, en Alemania, de pequeño, en los alrededores de Hannover. Había hablado su lengua. Entonces eran una masa de pequeños cretinos vociferantes, con ojos pálidos y furtivos como los de los lobos. Después de la escuela íbamos a los bosques de los alrededores a meter mano a las chicas, y también tirábamos a la ballesta y a la pistola, que comprábamos por cuatro marcos. Bebíamos cerveza con azúcar. Pero de eso a matarnos, sin más explicaciones y en medio de la carretera, había un margen, incluso un abismo. Demasiada diferencia.”

Viaje al fin de la noche (1932)
Louis Ferdinand Céline

Releo trozos de la obra maestra de Céline, fragmentos que tenía señalados mucho antes de pensar en hacer un blog, y voy recordando todo lo que me hacía pensar este autor. Tiempo después me enteré de que le acusaban de antisemitismo, y la verdad es que no me he preocupado en comprobarlo. Al margen de eso, los fragmentos son interesantes.

Los iré poniendo poquito a poquito, sin mucho comentario, porque es más interesante lo contenido en estas pequeñas píldoras que el libro entero. Si Stefan Zweig no hubier escrito su autobiografía, El mundo de ayer, este libro de Céline sería mi preferido sobre la primera mitad de siglo en Europa.

Este párrafo habla sobre comienzos de la Primera Guerra Mundial. Supongo que así me sentiría yo si me tocara participar en alguna de estas guerras que siempre caen lejos, aunque estés en medio de ellas. ¿Pensamos lo mismo?

Más extractos de Viaje al fin de la noche en:

Parte I – Sobre la guerra
Parte II – Sobre los jefes
Parte III – Sobre la corrección política
Parte IV – Sobre la botánica
Parte V – Sobre Nueva York

Hoy nos visita…

Será este viernes, en la sede del Taller de Escritura de la Fundación Patxi Buldain de Huarte (Navarra).

Javier Sáez de Ibarra acaba de sacar un libro de relatos, Mirar al agua, que es lo único que he leído de este autor vitoriano. Eso de momento, porque las expectativas que ha creado son inmejorables.

Soy muy aficionado a los relatos, los disfruto. Sobre todo me gustan aquellos que revientan mis convicciones, los que me hacen darme cuenta de que los juicios rápidos y la vehemencia no son muy sabios y me harán derrapar, como tantas veces me ocurre.

Éste es uno de esos libros, uno de los que te hacen dudar, plantear opciones, pensar de otra manera y desconfiar de las propias opiniones. Me ha parecido genial. También a los miembros del jurado del I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, que lo reconocieron como ganador de forma unánime.

Relatos sobre arte, o sobre obras artísticas, o sobre arte contemporáneo, o sobre qué hacer con el arte contemporáneo, o sobre cómo crear un mito a partir de la nada y decir que es arte contemporáneo, o sobre cómo mirar el arte contemporáneo, o sobre cómo empezar a ver algo más que manchas y desorden en el arte contemporáneo. No esperéis fórmulas mágicas, ni un manual de uso. Son historias corrientes que duelen, gustan y nos sirven para aprender a mirar, a Mirar al agua.

Tengo unas ganas locas de que venga este escritor, porque desde que leí sus relatos y discutimos alguno de ellos en el taller se me ha quedado una especie de hueco en blanco en mi capacidad de interpretación, como una ligera nebulosa de dudas, que espero que él me pueda aclarar. Joder cómo pegan estos porros. Perdón, estos cuentos.

El sábado contaré qué tal fue la visita. Del libro ya hablo otro día, cuando pueda hacerlo con la profundidad, conocimiento y dedicación que sin duda se merece.

Vargas Llosa – Don Mario y la risa armada

“SVGPFA

Parte número tres

Asunto general: Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA)

Asunto específico: Propiedades de la manteca de bufeo, del chuchuhuasi, el cocobolo, la clabohuasca, la huacapurna, el iporuro y el viborachado, su incidencia sobre el SVGPFA, expreriencias realizadas en la persona del suscrito y sugerencias que hace el mismo.

Características: secreto

Fecha y lugar: Iquitos, 8 de septiembre de 1956.

El suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, jefe del SVGPFA, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:

1.Que en toda la Amazonia existe la creencia de que la variedad colorada del bufeo (pez-delfín de los ríos amazónicos) es un animal de una considerable potencia sexual, la misma que lo induce, con la ayuda del demonio o espíritus malignos, a raptar cuanta mujer puede a fin de satisfacer sus instintos, adoptando para ello una forma humana tan varonil y apuesta que ningún ente femenino se le resiste. Que debido a dicha creencia se ha generalizado esta otra: que la manteca de bufeo incrementa el ímpetu viril y hace al varón irresistible a la hembra, siendo por eso un producto de enorme demanda en tiendas y mercados. Que el suscrito decidió hacer personalmente una verificación, a fin de determinar en qué forma esta creencia folklórica, superstición o hecho científico, podría incidir en el programa que ha originado y cimenta la existencia del Servicio de Visitadoras, y, poniéndose manos a la obra, solicitó a su señora madre y a su esposa, bajo pretexto de receta médica, que durante una semana todas las comidas del hogar fueran elaboradas a base de manteca de bufeo, con los resultados que expone:

2.Que a partir del segundo día el suscrito experimentó un aumento brusco del apetito sexual, acentuándose la anomalía en los días sucesivos al punto de que en los dos últimos de la semana, los malos tocamientos y el acto viril fueron las únicas reflexiones que ocuparon su mente, tanto de día como de noche (sueños, pesadillas), con grave perjuicio de su poder de concentración, sistema nervioso en general y efectividad en el trabajo. Que en consecuencia se vio en el imperativo de solicitar de su esposa y obtener de ella, durante la semana en cuestión, un promedio de dos veces diarias de relaciones íntimas, con el consiguiente fastidio y sorpresa de la misma, puesto que el suscrito acostumbraba tener relaciones de intimidad matrimonial a un ritmo de una vez cada diez días antes de venir a Iquitos, y de una cada tres después de llegar, porque debido indudablemente a factores ya identificados por la superioridad (calor, atmósfera húmeda), el suscrito había registrado un aumento del impulso seminal desde el mismo día que pisó suelo amazónico.”

Pantaleon y las visitadoras (1973)
Mario Vargas Llosa

Ya estoy de vuelta en este fin de curso que me está matando: ni leo lo que me apetece ni actualizo el blog todo lo que me gustaría… Pero bueno, siempre es bueno contar con un buen fondo de armario para estas ocasiones, y más si lo que aparece es una joya como esta. La entrada es larga y el comentario corto, que estos párrafos dicen lo suficiente sobre sí mismos como para andar con pedanterías y culturetismos. Así me ahorro el pensar y vuelvo con más energía después.

El tipo de texto transcrito es un informe militar, algo de lo que seguramente ya nos habíamos dado cuenta. La exposición de los hechos que cuenta podría ser: ” Pues mire usted, resulta que mi mujer y yo acostumbramos a más o menos polvo cada diez días, y con esto del calor lo hemos rebajado a polvo cada tres. Ya se sabe, la selva. No se va usted a imaginar, mi general, la de revolcones que necesito cuando me alimento de ese pez extraño que pescan en el río”. Así podría haber ocurrido si se hubieran encontrado cara a cara. Tonto, pero normal. Y ahora la pregunta (léase a gritos) ¿Pero quién coño explica en un informe militar la frecuencia sexual de la vida matrimonial, y la extrañeza con que la mujer recibe el repentino incremento del ansia del que suscribe?

Se me ha ocurrido que Pantaleón y las visitadoras es un libro de risa armada. Una contradicción, vaya, porque la risa es ligera y si la armamos no da risa, ¿no? Pues sí, aquí lo tenemos. El concepto de risa armada es mío, creo, así que no lo vendáis como el último descubrimiento de las personas leídas. Lo explico. En Pantaleón, Mario Vargas Llosa riza el rizo y experimenta con toda clase de recursos literarios -esto es la armadura- que, tras un intrincado juego de voces y visiones, le llevan a contar una historia cuyo interés no pasa de la mera anécdota -el chiste, la risa-. Revuelto en la contradicción. Los informes militares -el que aparece arriba, que aquí está cortado, es uno de los más hilarantes- se solapan con las narraciones de radio, opiniones varias, artículos de prensa, diario íntimo y unos diálogos rápidos e imposibles. Herramientas suficientes para construir un sesudo elemento de reflexión y que se destinan a un fin mucho más liviano: el humor.

Como imagino que habréis visto la película no cuento el argumento. Yo no la he visto, lo confieso. No ha sido por ninguna razón consciente, creo, simplemente es que aún no se me ha ocurrido hacerlo. Aunque quizás sí que exista un cierto miedo a que me destrocen el libro, que aunque sea tópico es lo que suele pasar con las adaptaciones.

Pues eso, aquí queda. Uno de los grandes.

¡Ah! Y ante la pregunta que me hace mucha gente últimamente sobre los libros que recomiendo: ¿es fácil de leer? Digamos que sí, le podríamos poner, si 10 es muy difícil y 1 muy fácil, un 3. ¿Os parece?

 

Hoy hablo de historia, de la de verdad

“«Cuando miro hacia atrás, a aquellos años -escribe el novelista Juan Marsé (1970:31)-, sólo veo las calles oscuras y la gente en las colas del hambre, y ejércitos de altanería, paveros y matones, imponiendo su facha en las ciudades y descargando sus fusiles en las afueras, y bombardeos increíbles escuchados en una radio antigua en forma de capilla, e informes sobre campos de concentración a gas, y nazis y fascistas, y ruinas y restos humanos, y guerra fría de propaganda y castigo.» La posguerra hizo más discreto el ruido de las armas, disciplinó sus descargas obedientes, pero sobre todo agudizó violentamente los contrastes de una sociedad degradada, miserable y envilecida: en un extremo los beneficiarios inmediatos de la nueva situación, que recuperaban un ritmo de vida y un brillo forzado -se le volvería a llamar hortera-, y una extensísima y densa capa de humillados y desposeídos, masas hambrientas que intentaron reanudar la vida diaria con lo que quedaba de ellos, de sus familias y de sus pertenencias (si las habían tenido o si algo conservaban de ellas de regreso a sus lugares de origen tras la guerra).

La primera de todas las leyes fue la del silencio y con ella el terror a la delación: el silencio por las actividades de un pasado que se callaba a cambio de intentar la reanudación de la vida cotidiana y laboral, porque la declaración de buenas costumbres fue una herramienta decisiva para encontrar trabajo, o para evitar una depuración que condenaba a la marginalidad, o a buscar un aval seguro. El silencio en las ciudades tenía alguna eficacia cuando se regresaba o se llegaba a barrios o zonas urbanas nuevas -sin memoria, ni amistades ni familiares. En las zonas rurales o en poblaciones pequeñas el silencio era generalmente inútil. Todos sabían quién había sido maestro republicano, quién había asistido o resistido a la sublevación militar, quién había animado un conato de revuelta campesina durante la República, o quién coleccionaba literatura anarquista o sicalíptica, quién leía autores rusos o votó al Frente Popular, quién había aplaudido las derrotas o las victorias de cada bando durante la guerra y de qué lado había luchado cada cual. Se sabía y se callaba el lugar en que las detonaciones de madrugada significaban un nuevo fusilamiento -en las playas o en los descampados-, y cualquiera podía ser llevado a comisaría y no ser devuelto a casa.”

La España de Franco. Cultura y vida cotidiana(2001)
Jordi Gracia García y Miguel Ángel Ruiz Carnicer

Por si alguien dudaba de si se puede hacer literatura a partir de la disciplica histórica, aquí va este violento episodio de vida y miedo.

Los que leemos estamos acostumbrados a descubrir vidas que no son reales, emocionarnos como si lo fueran y extraer enseñanzas de relatos que no han ocurrido. No seré yo quien desmitifique esa manera de hacer experiencia: precisamente por eso leo ficción, para vivir vidas que no son la mía, emocionarme y, luego, saber más y ser mejor.

Y de repente encuentro este manual de historia, un estilo de libros al que siempre me acerco con cautela, aunque ya no con cara de asco. He de puntualizar que algo ha mejorado la disciplina histórica, porque antes mi acercamiento a aquellos libros siempre azules era diferente. En mi infancia, aquellos tochos llenos de fechas y nombres ilustres, aquellos tratados del desinterés, me llevaban a un estado de desidia sólo comparable al que me produce el visionado de un partido de curling. Y de repente, decía antes de esta digresión, descubro en un documento histórico a la literatura robada de su lugar original, y colocada en donde pocas veces hasta ahora había estado. Y cómo mejora todo.

Cómo mejora encontrarse con historiadores que comunican. Cómo gusta leer la historia de las personas, más allá de batallas, tratados, trampas, estructuras políticas, ascensos de poder, avances de los ejércitos y mapas de reparto de tierras. En esta historia puedo vivir yo y sentir el miedo, y entender por qué afiliados a partidos de izquierdas renunciaban a sus ideas, por qué se tragó con una tiranía que obligó a tanto sacrificio inútil. ¿Qué haría yo en una situación como aquella?

No me planteo esta cuestión cuando me hablan del avance del ejército nacional, de las últimas plazas de resistencia republicana o el traslado de la capital a Valencia. Sí me la planteo, en cambio, cuando leo que la gente moría por la noche, a traición; cuando alguien que podría haber sido yo era delatado, o delataba; o cuando ese alguien contribuía a que otros murieran o no hacía nada para evitarlo. Veo entonces que quienes se beneficiaban de todo esto no eran personas malas intrínsecamente, sino gentes como tú o como yo que salían de la más cruel de las pesadillas, con los escrúpulos ahogados en la costumbre de la muerte, obnubilados por la ambición de dar a sus hijos un futuro mejor. Gentes con vendas en los ojos que no querían ver que la miseria de los demás era culpa suya -¿no actuamos hoy del mismo modo? ¿Y si hablamos de África, por ejemplo?-.

Leo el miedo de las personas y ya la historia me sirve para vivir.

Ojo, no estoy hablando de una novela histórica con un cierto parecido con la realidad. Hablo de contar hechos probados, comprobados, sintetizados y bien planteados; hechos reales que se producen y se estudian en universidades. Hablo de un manual de historia. Este trabajo histórico obliga a un gran esfuerzo extra. Obliga al estudio de fuentes diversas y no siempre las oficiales, unas que sirven y otras que no, historias particulares que no se pueden generalizar por sí solas, que necesitan contraste y verificación. Exige un trabajo de interpretación para taimar las opiniones sesgadas y, sobre todo, los prejuicios. Y además una implicación para obtener conclusiones globales de la maraña de datos particulares. Un trabajo titánico que, cuando se hace con cariño, genera documentos como éste que emociona, y nos permite aprender de la historia. De la historia de verdad.