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W. Faulkner – Donde el lector es el intruso

“El camino: ahí lo tienes, justo hasta mi puerta. Toda la mala suerte que va y viene por él que tiene que encontrarla por fuerza. Le dije a Addie que no era ninguna bicoca vivir junto a un camino como éste, y ella, como mujer que es, dijo: «Pues ponte en marcha y vete a otra parte, entonces.» Y yo le dije que no era ninguna buena suerte, porque el Señor puso los caminos para viajar: ¿no los ha hecho todos planos y extendidos en la tierra? Cuando quiere que algo esté siempre en movimiento, lo hace alargado, como un camino o un caballo o una carreta, pero cuando quiere que esté algo quieto, en su sitio, lo hace de arriba a abajo, como un árbol o un hombre. Así que Él nunca quiso que la gente viviera en los caminos, porque ¿qué es lo que está en un sitio antes, el camino o la casa? ¿Es que alguna vez ha puesto un camino al lado de una casa?, pregunto yo. No, nunca, digo yo, porque es siempre la gente la que no descansa hasta poner su casa donde todo el que pasa en una carreta pueda escupir en el umbral, y así la gente está intranquila y con ganas de coger y largarse a cualquier sitio, cuando lo que Él quiso para ella era que se quedara quieta como los árboles o los maizales. Porque si él hubiera querido que el hombre estuviera siempre moviéndose de un lado para otro, ¿no lo habría hecho alargado sobre la panza, como a las serpientes? Es de pura lógica que sí.”
Mientras agonizo (1930)
William Faulkner

Leí Mientras agonizo porque dicen que es uno de los mejores libros del siglo XX. Casi siempre leo libros recomendados o reseñados por ahí, por aquello de no perder el tiempo. Esta teoría mía, además de mi conocida habilidad para no callarme ni debajo del agua, me han proporcionado bastantes discusiones, sobre todo con mis compañeros y mi profesor del taller de escritura. Dicen ellos que, aunque un libro sea malo, algo nos enseña y nunca es una pérdida de tiempo. Me parece bien esa opinión, pero yo que me tengo en mucho aprecio prefiero no arriesgar y aprender leyendo sólo los buenos. Si eso, cuando me los acabe todos, ya empezaré a jugármela con los demás.

Así que, tras esta innecesaria explicación, me centro en Mientras agonizo y observo que cuenta con dos ventajas: primero, las recomendaciones unánimes; y segundo, que es de William Faulkner. Puedo esperar una tragedia realista americana todavía no desprovista de lírica -con el tiempo el discurso realista en los EEUU se ha “enrudizado”, salvo jugosas excepciones que voy comentando en el blog-, ideas lanzadas al viento para quien quiera recogerlas, pocas concesiones descriptivas… Y algo de eso me he encontrado, además de muchas más cosas que no esperaba.

Está extendida una conocida mentira sobre esta novela que dice que son los personajes quienes cuentan la historia. La verdad es otra: los personajes no cuentan nada, sólo hablan consigo mismos en un intento de comprenderse. Los lectores no existen en esta historia, ¿quién los necesita? Faulkner únicamente deja la puerta entreabierta para que se puedan escuchar esas reflexiones, y a partir de ahí que cada uno recomponga la historia como buenamente pueda. Por eso hay momentos en que el lector se rebota y le dan ganas de gritar a las páginas del libro: “¡oye, no paséis de mí, explicadme de qué va esto!” Apunte snob: a esto de que los personajes piensen hacia adentro, o sea, lo que pasa en Mientras agonizo, los listos le llaman monólogo interior. Hala, ya lo he soltado. Si alguien quiere más información que vaya a la wikipedia.

“Os presento a la señora Bundren”, dice uno de los pensadores al final del libro -no digo cuál para no desvelar el chiste, aunque me temo que si alguien ha llegado hasta aquí es porque se sabe la novela-, y ahí se acaba todo. El lector da la vuelta a la página. Y a la siguiente, y a la otra. Entonces ve que es necesaria venganza y se siente en la obligación de soltarle una patada al señor Anse Bundren, o aparecerse por allí con una colt de cualquier calibre y pegar dos tiros a los dientes nuevos del hombre más rastrero que ha protagonizado novela. Bueno, quizás no le pase a todo el mundo esto de una manera tan agresiva, pero a mí sí me ocurrió.

Luego, tras pensarlo un poco, descubrí que todo era un chiste y me avergoncé de cómo se habían reído de mí. Ya más tranquilo, vi a Faulkner subir dos peldaños más en mi cielo de los escritores. Luego me levanté del sofá y coloqué este libro en la estantería de los insuperables.

Esa estantería la reservo para aquellos libros que están a la altura de los que un día escribiré yo. ¿Había dicho ya que me tengo en mucho aprecio?

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