Archivo de la categoría: Ray Loriga

Ray Loriga – Cosas que le pasan a uno

En una cafetería francesa, en lo que sería el centro de Tucson si Tucson tuviera centro, una mujer afroamericana de unos treinta me pregunta si quiero hacérmelo con ella. La cafetería no es francesa en esencia, quiero decir que no hay nada francés aparte del nombre de algunos platos en la carta y un neón de la torre Eiffel en el exterior. Nos tomamos una cerveza antes de salir. Alrededor de la cafetería hay un enorme campo de golf lleno de ancianos y un ejército de caddies mejicanos cargados con esas estúpidas bolsas de palos. Hay dos o tres millones de ancianos en Arizona, vienen hasta aquí desde todos los estados de la unión atraídos por el clima y por la magnífica oferta de órganos para trasplantes y prótesis dentales al otro lado de la frontera mejicana. La mujer no está nerviosa, al fin y al cabo, follar con extraños es lo que anda haciendo todo el mundo estos días. Antes de salir la mujer me pregunta si no me importa que traiga un amigo. Al segundo aparece un árabe vestido con pantalón de peto. No sé si me apetece hacérmelo con un tipo que lleva pantalón de peto así que le digo a mi amiga que no sé si me apetece hacérmelo con un tipo con pantalón de peto y ella me dice que él sólo va a mirar. Mi amiga me dice también que el tipo le da ciento cincuenta dólares si le deja mirar cómo se jode a un blanco. El tipo trabaja en una fábrica de neumáticos en las afueras de Tucson. Sólo es uno más en la cadena, por la pinta que tiene, ciento cincuenta dólares deben de ser para él un buen montón de dinero. Un buen montón de neumáticos.

Cuando salimos al parking, detrás de la cafetería, me alegro sinceramente al darme cuenta de que ya la tengo dura. Mi amiga va delante, buscando un sitio discreto entre las camionetas aparcadas, detrás voy yo y detrás de mí viene el árabe. Los tres muy callados. Como si fuéramos a desenterrar gatos muertos. Mi amiga tiene un buen culo y unas hermosas tetas. Por mi parte he de reconocer que en momentos así, follando con extraños, siempre quisiera uno tener una polla más grande. Por la misma razón por la que al llegar a una fiesta siempre se arrepiente uno de no haber comprado un regalo mejor. Nada más llegar al fondo del parking, entre una furgoneta de helados y uno de esos monovolúmenes familiares que tanto le gustan a la gente por más que luego nadie tenga hijos con que llenarlos, allí mismo, digo, la chica se arrodilla en el suelo, me la saca y comienza a chupármela con ese entusiasmo que sólo le ponen las chicas que no son muy guapas. El árabe se asoma muy animado y como veo que se me pega mucho al culo, le mando que se ponga al otro lado. Mi amiga se apoya en el monovolumen y después de unas cuantas maniobras consigo metérsela por detrás. Por supuesto el árabe ya se ha desabrochado el peto y tiene una buena cosa negra en la mano. Mientras el tipo se la machaca, al otro lado de la verja del parking aparecen dos viejecitos con sus palos de golf y sus gorras y esos absurdos pantalones que parecen imprescindibles para empujar la pelotita hasta el agujero con eficacia. Por supuesto mi amiga piensa en dejarlo pero como el árabe le dice que si paramos ahora no hay dinero, decidimos seguir, así que sigo dándole mientras los jugadores de golf se sacan sus no demasiado despiertas pollas y empiezan a trabajarse una erección con tesón y paciencia. Al rato, los dos viejos son tres y al rato son siete. Mi amiga empieza a cabrearse y el árabe le echa la culpa al barullo de los ancianos, que al parecer no le deja concentrarse. Como ve que me voy desanimando, el árabe ofrece otros cincuenta dólares, a los que uno de los ancianos, que ya está casi a punto, añade otros veinte. Al final nos corremos. No todos, claro. Se corre el árabe y tres o cuatro viejos y un caddy mejicano. La mujer por supuesto no se corre y yo por supuesto tampoco. De los doscientos veinte dólares, me caen al final cincuenta, aunque lo cierto es que uno no hace estas cosas por dinero. El árabe se abrocha el peto. Los viejos recogen sus palos de golf y la mujer se pinta los labios ante el espejo retrovisor de la camioneta de helados. Antes de irse, el caddy mejicano me da un cigarrillo.

Me lo fumo pensando en los viejos días del virus y en cómo han cambiado las cosas.

Cuando termino el cigarrillo ya no queda nadie en el parking.

Para alguien que ni siquiera sabe conducir, un parking es un sitio muy triste.

Tokio ya no nos quiere
Ray Loriga

Un parking es un sitio muy triste, quizás tanto como la esencia de este libro.

Tokio ya no nos quiere es un texto de ciencia ficción. Además, es un libro nostálgico -¿nostálgico del futuro?-. Y, además, un libro que reivindica la memoria.

Para sacarle todo el partido hay que dejarlo reposar tras la lectura, porque por suerte es una de esas historias que se quedan aferradas a uno y que le sobrevienen en numerosas conversaciones. Vale que para todas las narraciones es necesario dejar reposo, pero quizás Tokio ya no nos quiere sea una de esas en las que es imprescindible, en las que un juicio instantáneo nos llevaría, seguro, a error.

En un primer momento, la sorpresa nos lleva a una sensación agridulce. Destaca por encima de todo la fuerza narrativa de Ray Loriga: esa imaginación de largo alcance combinada con in intento casi épico de reventar todas las barreras morales o púdicas. Y por detrás, como escondido, la historia. Y es tan fuerte el primer plano que nos olvidamos del trasfondo. Así podríamos afirmar, por ejemplo, que la brillante pluma de Loriga se ha desaprovechado en una historia insustancial -oído por ahí-.

Pero nada más lejos de la realidad.

Tras esa elaborada ambientación, tras ese mundo nuevo que se describe de forma tan desapasionada en lo formal, pero agresiva en cuanto a contenido; tras ese ecosistema se encuentra escondida una historia de evolución humana. Y de desmemoria. Y de nihilismo.