Archivo mensual: diciembre 2009

Cinco milímetros de agua

“El neopreno fue un inventazo: una fibra que permite el paso del agua hasta que se satura. Cuando un buzo entra en el mar, el neopreno deja pasar unos cinco milímetros del líquido y luego se cierra. El calor del cuerpo se transmite a esa capa de agua, que se convierte en un aislante perfecto.

Un buzo en realidad no nada precisamente en el mar o no en todo el mar, sino en uno de cinco milímetros de profundidad perfectamente acoplado al volumen de su cuerpo. La inmensidad es una fantasía que es mejor visitar desde un Yo herméticamente cerrado que trata de llevar con dignidad su nombre.”

El arquero inmóvil (VV.AA.)
Álvaro Enrigue
Desde que oí hablar de la teoría del neopreno ya no pienso en historias y narraciones. Incluso las librerías han cambiado. Ahora son lugares llenos de trajes de buzo de otras personas, disfraces que me puedo llevar puestos para cambiar de sentimientos, de principios y forma de ser. Y luego comprobar los resultados.

Hay personas que me preguntan: ¿Por qué lees? No es porque me aporte conocimientos nuevos, ni porque teorice sobre aspectos más o menos interesantes. Que también, pero para eso están de manera más específica los manuales. Si me gusta la literatura es porque me permite convertirme en otras personas, conocer qué se siente dentro de su neopreno, cómo son esos cinco milímetros de realidad que filtran; más allá aún, deslizarme como ellos lo hacen por el océano y, si aún quedan fuerzas, tratar de comprender el resto del mundo que nos rodea sin tocarnos.

Muchas veces, casi todas, me sorprendo metido en un neopreno que no es el mío, actuando de formas contrarias a mi forma de ser y pensar. Entonces es cuando mis principios intentan frenar esa locura e imponerse sobre los que me están rigiendo allí dentro. Pero no puedo ver ese mar sin el traje de buzo que lo filtra, y la curiosidad es más fuerte que las reglas. Por eso la lucha no surte efecto y me toca seguir haciendo lo que allí está escrito. El resultado de esta inmersión es que mi propio neopreno se ensancha ligeramente, y poco a poco se vuelve flexible.

Fui un necio en el neopreno de Ignatius Reilly, un snob en el de Dorian Gray, un loco sin fundamento en el de Dean Moriarty, un atormentado en Botchan, un dictador en La fiesta del chivo, insensible en El extranjero, fugitivo en La invención de Morel, fui judío con Philip Roth y cristiano poco convencido con Unamuno, pillo con Quevedo y drogadicto con Ray Loriga.

Así, un día veo que comprendo a muchas personas que lo hacen todo mal. O a aquellas a quienes, por el contrario, todo
les sale bien. Porque yo he sido alguna vez como ellos, he vestido su traje de buzo y filtrado sus cinco milímetros de agua. Es más, después de tantas inmersiones me siento capaz de comprenderme un poquito mejor a mí mismo, tanto cuando hago todo mal como cuando ocurre lo contrario. Que después de tanto cambiar de neopreno, el mío, el que venía con el molde original, se va haciendo cada vez más espacioso y confortable.

* Otra cita, esta de Siete maneras de decir manzana, libro didáctico sobre poesía escrito por Benjamín Prado:

“El lector de Homero no sólo lee la Odisea, también es Ulises, también lucha contra los cíclopes, conoce Ítaca y el palacio de Circe, la cueva de Calipso y el país de los Lotófagos, atraca en la isla Eolia y escucha cantar a las sirenas. Las personas que leen no tienen límites; las que no leen son nada más que ellas mismas.”

** Ilustración del buzo de Elisa Arguilé, robada de aquí.