Archivo mensual: mayo 2009

Murakami – El bluff de Tokio Blues

“Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca. «¡Vaya! ¡Otra vez en Alemania!», pensé.

Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de «Prohibido fumar» y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.

Para que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubría la cara con las manos y permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata alemana y me preguntó si me encontraba mal. Le respondí que no, que se trataba de un ligero mareo.

-¿Seguro que está usted bien?

-Sí, gracias –dije

La azafata me sonrió y se fue. La música cambió a una melodía de Billy Joel. Alcé la cabeza, contemplé las nubes oscuras que cubrían el mar del norte, pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.

Seguí pensando en aquel prado hasta que el avión se detuvo y los pasajeros se desabrocharon los cinturones y empezaron a sacar sus bolsas y chaquetas de los portaequipajes. Olí la hierba, sentí el viento en la piel, oí el canto e los pájaros. Corría el otoño de 1969, y yo estaba a punto de cumplir veinte años.

Volvió a acercarse la misma azafata de antes, que se sentó a mi lado y me preguntó si me encontraba mejor.

-Estoy bien, gracias. De pronto me he sentido triste. Es sólo eso –dije, y sonreí.

-También a mí me sucede a veces. Le comprendo muy bien –contestó ella. Irguió la cabeza, se levantó del asiento y me regaló una sonrisa resplandeciente-. Le deseo un buen viaje. Auf Wiedersehen!

-Auf Wiedersehen! –repetí.”

Tokio Blues (Norwegian Wood) (1987)
Haruki Murakami

Y después de esto, nada. Tokio Blues –horrible traducción al castellano de Norwegian Wood– es un libro que no me apetece recomendar a nadie. Haruki Murakami está lleno de fans que espero que comenten en este blog y me digan qué es lo que les gusta de él. ¿Su lenguaje dulce? Claro, utiliza frases muy dulces, como de seda: “Se deslizó por la cama, tomó con suavidad mi pene entre los labios, lo introdujo en su cálida boca y empezó a lamerlo”. Esto tan dulce y sensual sólo lo podía haber escrito Murakami, porque los escritores del resto del mundo somos gente soez y sin vocabulario, poseídos por Quevedo e influidos por las columnas de Pérez Reverte, y por eso nunca diríamos “lamerlo” sino “chuparlo”, y jamás llamaríamos al pene “pene”, sino “polla”.

En fin, el truco es feo, lo sé. Saco de contexto una frase y la pongo a parir. Pero bueno, ¿es que hay algo salvable en el libro? Nunca hago críticas muy agresivas, siempre encuentro cosas interesantes en los libros, pero en Tokio Blues, os lo aseguro, nada de nada. El ritmo, del que tanto se habla, me parece excesivamente lento. Esto no tiene por qué ser algo negativo, hay libros lentos que me han fascinado, como por ejemplo los de Sandor Marai que algún día comentaré. Pero claro, esos libros tienen unos mensajes que hacen que se tambaleen mis valores, y Tokio Blues no. En cuanto al uso del lenguaje, es bastante discreto. Además, da la sensación de que adjetiva demasiado e intenta convencernos de sus profundos sentimientos, de la increíble capacidad de percepción que tienen sus personajes… y eso es algo que me pone bastante nervioso porque no se lo perdonaríamos a ningún escritor de otra parte del mundo. ¡Eso es algo digno de un principiante¡ Más cosas: todos los personajes son abúlicos, como seres sin voluntad o energía. Y los que tienen un poquito de contraste acaban aplanándose conforme pasan las páginas.

Pero no quiero dejar este destrozo como una aseveración, así que, en un alarde de buena voluntad y sin más pistas que lo que oigo por ahí, voy a hacer un acto de fe a favor de Haruki Murakami. Tokio blues es su primer libro y el propio autor afirma que lo escribió como un experimento. Los críticos aseguran que ha publicado libros mucho mejores, y que su estilo habitual es otro. Vale, le daré el beneficio de la duda. De hecho, sólo me he leído éste, así que sería un poco feo por mi parte criticar a un autor sin haber leído más de una obra. Que conste que mi crítica va hacia Tokio Blues, no hacia Murakami, por si no ha quedado claro. Quizás dentro de un tiempo me lea otro. Confieso que no tengo muchas ganas porque la decepción ha sido grande, pero si algún día me siento con fuerzas para reconciliarme con él, lo haré.

Y para cerrar esta crítica, con la que sé que piso un charco extenso y profundo, repito la pregunta que lanzaba al principio. De los que han leído alguno de los cuatro millones de ejemplares vendidos de Tokio Blues, ¿alguien puede convencer a quienes no lo conozcan de que es necesario leerlo? Agradeceré las respuestas.

 

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Mario Benedetti – Así sea

“Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardíacos
y de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como un certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.”

Defensa de la alegría
Mario Benedetti

Mantengo la promesa de defenderla, aunque días como hoy cuesta.

Pensarás que por fin has escapado del exilio.

Te equivocas.

La realidad es que ya se te echa de menos en casa.

Agur, Jaunak.

 

Alfonso Sastre – Hoy la democracia mola menos

Pablo.-(Saca cigarrillos) ¿Quiere fumar?
Celia.- No, gracias. (Él enciende. Ella lo observa.) Le preguntaría quién es usted. (Él va a decir algo. Ella lo detiene con un gesto.) Pero no lo haré nunca. Es capaz de decírmelo.
Pablo.- ¿Por qué no?
Celia.-(Lo observa.) Se diría que nunca ha trabajado en nuestra organización.
Pablo.- ¿Por qué?
Celia.- Desconoce las reglas.
Pablo.-(Sonríe ingenuamente.) Eso creo.
Celia.- Cuanto menos sepamos los unos de los otros, mejor. ¿Es capaz de entenderlo?
Pablo.- Creo que sí. Pero… (Se calla)
Celia.- Dígalo.
Pablo.- Me parece horrible.
Celia.- Nadie ha dicho que no lo sea.
Pablo.-(Parece reflexionar.) Pienso que se nos niegan demasiadas cosas.
Celia.- “Casi” todo… por ahora.
Pablo.- ¿Y hasta cuándo?
Celia.- Hasta…, hasta ese día feliz. Ese día podremos mirarnos todos cara a cara.
Pablo.- Afortunadamente, creo en ese día.
Celia.- Todos creemos. O hacemos por creer.”

En la red (1959)
Alfonso Sastre

Hoy, seguramente, Alfonso Sastre ya no cree en ese feliz día. Otros hacemos por creer, pero se nos destrozan las esperanzas.

Tenía pensado desde hace tiempo escribir un post sobre En la red, la obra teatral que Alfonso Sastre consiguió representar en la España del caudillo. Me gusta porque se representó pese a que buscaba, de una forma bastante clara, la toma de conciencia del público con la realidad social de la época franquista. Para burlar la censura, Sastre que situó la acción en Argelia e hizo referencia al Front de Libération National (FLN), un grupo que actuaba en el país africano en contra de la ocupación francesa. De esta manera, Sastre habló, sin mencionarlo, del FLP (Frente de Liberación del Pueblo) que entonces actuaba en España.

En el aspecto literario, aprecio especialmente esta obra por cómo transmite esa atmósfera claustrofóbica, esa sensación que inunda a todos los personajes del texto de la misma manera que la sentía el propio autor en la época franquista. Para acrecentar la sensación, las historias que vienen del exterior sólo pueden oírse, nunca verse. Pese a haberlo logrado, la obra fue representada por el Grupo de Teatro Realista (GTR) en una sola ocasión, que además sirvió para que Franco se pusiera la medalla de la tolerancia en la opinión internacional y no para que el mensaje de Sastre llegara a calar en la sociedad.

Otras obras que escribió Sastre durante el franquismo son El cubo de la basura, en la que explica cómo formar un grupo de resistencia dentro del pueblo y en contra del régimen; o Escuadra hacia la muerte, donde cinco soldados conviven con un cabo muy tirano al que acaban matando en una clara alegoría del tiranicidio.

Pero no es momento de debate literario y sí de urgencia democrática. Por eso escribo esta entrada de forma precipitada. Hoy, el partido Iniciativa Internacionalista ha sido ilegalizado porque está encabezado por Sastre, aquel que buscó dinamitar al franquismo desde la concienciación social y el activismo de izquierdas. El autor, nacido en Madrid en 1926, ha sido considerado por la justicia española como malo, rojo y batasuno porque hace dos años se presentó en la candidatura de ANV.

Gracias a esta actuación ilegalizadora de la justicia tampoco se podrán presentar a las elecciones la peligrosa dirigente de Izquierda Castellana Doris María Benegas -hermana del conocido socialista Txiki Benegas-; ni al violentísimo Josep Garganté, sindicalista catalán; ni al despreciable Zésar Corella, de la Chunta Aragonesista; ni al poeta gallego terrorista José Luis Méndez Ferrín, que en su momento fue presentado como candidato al Premio Nobel de Literatura; ni al desestabilizador miembro de CCOO de Sevilla Juan Ignacio Orengo; ni a la temible actriz de la serie “Cuéntame” Alicia Pérez Herranz; entre otros abominables monstruos de izquierdas de todos los lugares de España, comprometidos con las corrientes de pensamiento que con tan buen criterio siempre persiguió Franco.

Suerte que están el fútbol, la misa, las putas y las artes del toreo, porque 34 años después de la caída del régimen, en esta renacida España de pandereta aún se persiguen la cultura y las voces críticas.

Don DeLillo – Las mejores palabras del profeta

“-No os preocupéis por mí –dijo. –El hecho de que cojee un poco al andar no tiene ninguna importancia. A mis años, las personas cojeamos. La cojera es algo completamente normal cuando se alcanza cierta edad. Y olvidaos también de la tos. Toser es sano. Así mueves la porquería. La porquería no te hace daño a no ser que permanezca inmóvil en un mismo lugar durante años. Resumiendo, que la tos es buena. Lo mismo que el insomnio. El insomnio está muy bien. ¿Qué gano yo con dormir? Uno alcanza una edad en la que cada minuto de sueño es un minuto menos que tiene para hacer cosas útiles como toser o cojear. En cuanto a las mujeres, da igual. Las mujeres también están bien. Alquilas una película y disfrutas del sexo. Ayuda a impulsar la sangre al corazón. Tampoco importan los cigarrillos. Me gusta pensar que me estoy saliendo con la mía en algo. Que dejen de fumar los mormones, si quieren. Terminarían muriéndose de algo igualmente grave. El dinero no es problema. Tengo mis ingresos perfectamente organizados. Pensiones cero, ahorros cero y acciones y bonos cero. Conque no vale la pena que os preocupéis al respecto. De todo eso ya me he ocupado yo. Tampoco os inquietéis por la dentadura. Tengo unos dientes magníficos. Cuanto más sueltos están, más puedes moverlos con la lengua, y con eso la mantienes ocupada. No os preocupéis de los temblores. Todo el mundo tiembla de vez en cuando y, además, sólo me ocurre con la mano izquierda. Para disfrutar de tus propios temblores, basta con imaginarte que la mano pertenece a otra persona. Y no conviene prestar atención a súbitas e inexplicables pérdidas de peso. No tiene sentido que uno pretenda comer algo que no ve, lo que a su vez resta importancia a los ojos. Tampoco pueden empeorar más de lo que ya están. Olvidaos por completo de la mente. La mente va antes que el cuerpo, tal y como debe ser, así que no os preocupéis por ella. No le pasa nada. Preocupaos del coche. La dirección está fatal. Ha habido que revisar los frenos tres veces. Y el capó se abre de golpe cada vez que hay baches.”

Ruido de fondo (1984)
Don DeLillo

¿Asociación de ideas? Tras cuatro comentarios sobre autores con premio Nobel -pasemos página de la intervención paterna de la semana pasada-, le paso el turno al eterno aspirante. Vale, ya sé que le he comentado antes dos libros, pero es que creo que Don DeLillo debe por fin tener en sus vitrinas el premio sueco, y así se valorará no sólo lo bien que escribe, sino sus dotes proféticas. Cuando hablé de Cosmópolis, me referí al carácter visionario de este autor, que en 2003 publicaba una novela donde adelantaba una hipotética rebelión social contra los dominadores de la economía. Justo lo que hoy parece una amenaza más que probable y hace siete años, cuando lo escribía DeLillo, se veía como una total estupidez anacrónica. Como tiempos remotos que ya no volverían.

Bien, pues si por algo DeLillo tiene ganada la fama de profeta es por esta obra, Ruido de Fondo. Aquí, el autor desmenuza esas filias, fobias y temores que dominan el primer mundo, un primer mundo que somos todos nosotros. Plantea una amenaza que, el tiempo le ha dado la razón, es la madre de todas las amenazas. Un escape tóxico, un atentado terrorista a gran escala, un terremoto en cualquier ciudad occidental, inundaciones porque saltan los diques de contención en una ciudad situada por debajo del nivel del mar… todos esos desastres que pueden ocurrir, que siempre serán culpa de los humanos y sobre los que nosotros como seres individuales no tenemos ningún control, están resumidos en las páginas de Ruido de fondo. El dato que nos falta es el siguiente: el libro fue publicado en 1984, cuando aún no había sucedido ninguna de las tragedias que he comentado y que forman parte del imaginario popular.

Hoy llegan noticias de la pandemia. Esa gripe que ha sido llamada de tantas maneras nos amenaza con acabar con el ser humano, pero yo me he comprado una tele. Entonces me acuerdo de Ruido de fondo. Imaginaos meter en una turmix la más pequeña de nuestras preocupaciones y mezclarla con la mayor de las tragedias, lo mismo cada día vemos los muertos del telediario mientras nos levantamos a echar más sal a la ensalada.

Eso es Ruido de fondo. Y así describe el autor el título, en un momento cualquiera de la novela, y sin avisar: “Súbitamente fui consciente de la densa textura del entorno. Las puertas automáticas se abrían y se cerraban con un aliento abrupto. Los colores y los olores parecían más definidos. El rumor de los pies arrastrándose por el suelo emergía de entre una docena de sonidos diferentes, destacando sobre el zumbido sublitoral de los sistemas de mantenimiento, del crujido de papel de periódico producido por los clientes al consultar sus horóscopos en los diarios expuestos en la entrada, de los murmullos de las ancianas de rostro empolvado y del rítmico traqueteo de los automóviles al rodar sobre una tapa de alcantarilla demasiado holgada frente al acceso principal. Pies deslizándose. Podías oírlos con claridad, arrastrándose triste y entumecidamente por cada pasillo.”

Mejor ya paro de recomendarlo. El que quiera que lo lea, que para eso tenemos bibliotecas y librerías. Y si ya lo habéis hecho, no dejéis de comentar en el blog, que hace mucha ilusión.

W. Faulkner – Donde el lector es el intruso

“El camino: ahí lo tienes, justo hasta mi puerta. Toda la mala suerte que va y viene por él que tiene que encontrarla por fuerza. Le dije a Addie que no era ninguna bicoca vivir junto a un camino como éste, y ella, como mujer que es, dijo: «Pues ponte en marcha y vete a otra parte, entonces.» Y yo le dije que no era ninguna buena suerte, porque el Señor puso los caminos para viajar: ¿no los ha hecho todos planos y extendidos en la tierra? Cuando quiere que algo esté siempre en movimiento, lo hace alargado, como un camino o un caballo o una carreta, pero cuando quiere que esté algo quieto, en su sitio, lo hace de arriba a abajo, como un árbol o un hombre. Así que Él nunca quiso que la gente viviera en los caminos, porque ¿qué es lo que está en un sitio antes, el camino o la casa? ¿Es que alguna vez ha puesto un camino al lado de una casa?, pregunto yo. No, nunca, digo yo, porque es siempre la gente la que no descansa hasta poner su casa donde todo el que pasa en una carreta pueda escupir en el umbral, y así la gente está intranquila y con ganas de coger y largarse a cualquier sitio, cuando lo que Él quiso para ella era que se quedara quieta como los árboles o los maizales. Porque si él hubiera querido que el hombre estuviera siempre moviéndose de un lado para otro, ¿no lo habría hecho alargado sobre la panza, como a las serpientes? Es de pura lógica que sí.”
Mientras agonizo (1930)
William Faulkner

Leí Mientras agonizo porque dicen que es uno de los mejores libros del siglo XX. Casi siempre leo libros recomendados o reseñados por ahí, por aquello de no perder el tiempo. Esta teoría mía, además de mi conocida habilidad para no callarme ni debajo del agua, me han proporcionado bastantes discusiones, sobre todo con mis compañeros y mi profesor del taller de escritura. Dicen ellos que, aunque un libro sea malo, algo nos enseña y nunca es una pérdida de tiempo. Me parece bien esa opinión, pero yo que me tengo en mucho aprecio prefiero no arriesgar y aprender leyendo sólo los buenos. Si eso, cuando me los acabe todos, ya empezaré a jugármela con los demás.

Así que, tras esta innecesaria explicación, me centro en Mientras agonizo y observo que cuenta con dos ventajas: primero, las recomendaciones unánimes; y segundo, que es de William Faulkner. Puedo esperar una tragedia realista americana todavía no desprovista de lírica -con el tiempo el discurso realista en los EEUU se ha “enrudizado”, salvo jugosas excepciones que voy comentando en el blog-, ideas lanzadas al viento para quien quiera recogerlas, pocas concesiones descriptivas… Y algo de eso me he encontrado, además de muchas más cosas que no esperaba.

Está extendida una conocida mentira sobre esta novela que dice que son los personajes quienes cuentan la historia. La verdad es otra: los personajes no cuentan nada, sólo hablan consigo mismos en un intento de comprenderse. Los lectores no existen en esta historia, ¿quién los necesita? Faulkner únicamente deja la puerta entreabierta para que se puedan escuchar esas reflexiones, y a partir de ahí que cada uno recomponga la historia como buenamente pueda. Por eso hay momentos en que el lector se rebota y le dan ganas de gritar a las páginas del libro: “¡oye, no paséis de mí, explicadme de qué va esto!” Apunte snob: a esto de que los personajes piensen hacia adentro, o sea, lo que pasa en Mientras agonizo, los listos le llaman monólogo interior. Hala, ya lo he soltado. Si alguien quiere más información que vaya a la wikipedia.

“Os presento a la señora Bundren”, dice uno de los pensadores al final del libro -no digo cuál para no desvelar el chiste, aunque me temo que si alguien ha llegado hasta aquí es porque se sabe la novela-, y ahí se acaba todo. El lector da la vuelta a la página. Y a la siguiente, y a la otra. Entonces ve que es necesaria venganza y se siente en la obligación de soltarle una patada al señor Anse Bundren, o aparecerse por allí con una colt de cualquier calibre y pegar dos tiros a los dientes nuevos del hombre más rastrero que ha protagonizado novela. Bueno, quizás no le pase a todo el mundo esto de una manera tan agresiva, pero a mí sí me ocurrió.

Luego, tras pensarlo un poco, descubrí que todo era un chiste y me avergoncé de cómo se habían reído de mí. Ya más tranquilo, vi a Faulkner subir dos peldaños más en mi cielo de los escritores. Luego me levanté del sofá y coloqué este libro en la estantería de los insuperables.

Esa estantería la reservo para aquellos libros que están a la altura de los que un día escribiré yo. ¿Había dicho ya que me tengo en mucho aprecio?