Zeberio Zato

Zeberio Zato nació un 5 de mayo.

Fue una de aquellas noches en que un relato me desvelaba. Mi mente, señalada por los hados, había pergeñado una historia digna de algún gran escritor. Con esfuerzo, pues no eran horas para la vigilia, me desperecé y la apunté. Dormí después tranquilo y esperanzado, especialmente satisfecho. Albergaba en mí la conocida certeza de que esa historia sería el germen de mi primera obra. Quizás un día se convertiría en genial relato. O mejor, vería la luz como una trepidante novela.

A la vuelta del trabajo releí las anotaciones: eran una mierda. Siempre ocurría cuando escribía poseído por esa semiinconsciencia que hace que todo parezca más fácil. No recuerdo ninguna de las aristas de su argumento. De hecho, ni siquiera creo que su argumento tuviera aristas.

La abandoné, como es lógico, y seguí buscando la inspiración.

Pero los días siguientes comenzaron a suceder cosas extrañas. Comencé a intuir que algo no iba bien. Era como si alguien me siguiera dentro de mi propia casa, ¡y vivía solo! Sospeché que el objeto que me perseguía era un papel. Cualquiera que haya pasado por mi casa tomará este hecho como algo circunstancial, pues no soy una persona especialmente ordenada y nunca tiro a la basura papeles con letras escritas -salvo que se trate de folletos de propaganda-. Podríamos decir que en mi casa los papeles siempre le persiguen a uno.

Pero en este caso era un papel concreto: aquel en el que había apuntado la horrenda historia.

Por las mañanas lo encontraba detrás de la tostadora, hasta que acabó con las esquinas quemadas como un pergamino antiguo. A la hora de la siesta se colocaba justo encima el mando de la tele y me miraba, con sus letras azules, mientras yo cambiaba de canal. Un día se camufló entre los papeles de fumar, otro desperté y me lo encontré recostado en la almohada. ¡Era horrible! El producto de mi mediocridad literaria me perseguía día y noche.

Con el paso del tiempo no me quedó opción. Tuve que enfrentarme a él, y lo hice como siempre: con decisión. En un alarde de valentía releí la historia que él albergaba, donde esperaba encontrar la clave de esta psicosis. Todo era insufrible, menos el nombre. El personaje de aquella basura tenía un nombre que portaba una sonoridad incomparable, ¡un nombre que quería salir de allí y tener vida propia! Por fin había llegado a mí, lo había conseguido. Era Zeberio Zato.

Convivimos felices, hasta que en noviembre de 2008 Zeberio Zato hizo su primera aparición pública, y creó un blog. Yo siempre había querido tener uno, pero fue él quien se adelantó. Traté de influir en su quehacer, de aconsejarle caminos literarios útiles, pero todos sabemos que un padre no puede tratar de entrometerse en lo que hace un hijo. Le dejé hacer.

Dos meses después se dio de alta en facebook y me agregó como amigo.

Dos años después, aquel personaje insistente y cabezón se hizo con casi 2.500 contactos cibernéticos. Ha cerrado su primer blog con casi 35.000 visitas que vinieron de 71 países diferentes. También escribió su primer libro, un poco ambicioso diario de viaje que relata una semana por Nueva York. Cerca de un centenar de allegados han podido leer este documento y, los que han conseguido terminarlo, han hablado positivamente del mismo.

Pero quizás lo mejor que ha conseguido es que su nombre despierte sonrisas y misterios allí donde se pronuncia. Lo oigo comentar con extrañeza, en multitud de foros: ¿Quién es Zeberio Zato?

En esos casos oigo y callo, pues así me lo ha pedido. No puedo hacer menos. Bueno, sí, también me permito el lujo de vivir con el mayor orgullo que puede sentir un padre: ver que sus criaturas crecen felices.

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