Archivo de la categoría: ’80 (S. XX)

Félix de Azúa – Sobre la felicidad

Los padres destrozan a sus hijos haciéndoles felices; los amantes se destrozan entre sí haciéndose felices; los sabios se mantienen en una rigurosa ignorancia con el fin de hacer felices a los humanos; los poderosos explotan a los débiles para facilitarles la felicidad; y los artistas chapotean en ese delirio obsceno, buscando fragmentos en el mar de sangre, para exhibirlos en el museo con un cartelito que lleve su nombre.

¿Pero por qué? Esta pregunta no tiene respuesta. Sólo sabemos que nuestro significado está hoy escrito en términos históricos y que a la historia sólo pasan los criminales. Miles, millones de hombres y mujeres viven ochenta años sin pena ni gloria, y sin hacer demasiado daño; pero son insignificantes, NO NOS DICEN NADA. Llega, en cambio, un canalla, logra el dinero suficiente para matar a centenares de miles de hombres y tiene asegurado un lugar SIGNIFICATIVO en la historia de la humanidad.

La ciudad de Florencia es visitada anualmente por millones de turistas que la adoran. Pero esa ciudad es el resultado de la guerra, de la explotación, del crimen y la estafa. Una casa anónima, encalada y pobre, con su maceta de geranios, en el interior de Badajoz, carece de importancia; es anónima, forma parte del miserable bagaje de los PERDEDORES de este mundo. Sólo es histórica y significativa la ciudad construida sobre la sangre. A la historia sólo pasan los canallas. En la basílica de San Pedro muchos hombres y mujeres miraron con placer la nariz de la Virgen de Miguel Ángel, pero sólo uno le pegó de martillazos. Este será el que pase a la historia, éste es el significativo porque pone de manifiesto nuestra insignificancia mediante un gesto de loco.

Historia de un idiota contada por él mismo
Félix de Azúa (1986)

Me temo que va a ser difícil explicar que este libro me ha llenado de buen rollo.

Philip Roth – Todos diferentes

“- Dímelo, ¿por qué les parece un latazo, a los ingleses, que los judíos sean tan judíos?

– Voy a decírtelo, pero a condición de que podamos hablar, de que esto no se convierta en el enfrentamiento inútil, destructivo y doloroso que estás empeñado en provocar, diga yo lo que diga.

– ¿Por qué es un latazo que os judíos sean tan judíos?

– Vamos ver, me molesta que la gente… Es sólo una sensación, no una postura meditada. Tendré que pensármelo mejor, si te empeñas en seguir mucho más tiempo con este asunto, después de tanto chablis y tanto champán. Me molesta que la gente se aferre a una identidad sin ninguna razón especial, por mor de la propia identidad. No veo en ello nada admirable, desde ningún punto de vista. Tanto rollo con la “identidad”… Empiezas a tener “identidad” en cuanto dejas de pensar, o así lo veo yo. Los grupos étnicos, sean lo que sean, judíos, caribeños convencidos de que hay que mantener puras las esencias del Caribe, lo único que consiguen, los grupos étnicos, es hacer más difícil la vida en una sociedad donde estamos intentando coexistir en paz, en términos amistosos, como es Londres, y donde ahora tenemos una grandísima diversidad.

– Mira, por muy acertado que pueda sonar lo que dices, al menos en parte, lo que sí puedo asegurarte es que lo de vuestro “nosotros” está empezando a deprimirme. Ese nosotros de las gentes que sueñan con la perfección, sin mezcla, sin contaminación, sin olores. No me vengas a mí con el tribalismo judío. ¿Qué es esta insistencia en la homogeneidad, sino una muy sutil manifestación del tribalismo inglés? ¿Por qué ha de ser intolerable tolerar unas pocas diferencias? Os aferráis a vuestra “identidad”, “por mor de la propia identidad”… Dicho así, es exactamente lo que tu madre hace.

– Por favor, soy incapaz de hablar cuando me gritan. Ni es intolerable, ni yo he dicho nada semejante. Las diferencias me parecen perfectamente tolerables, cuando son auténticas. Me parece digna de desprecio la gente que basa en las diferencias su antisemitismo, o su rechazo de los negros, o de lo que sea. Digna de desprecio, y lo sabes muy bien. Lo único que digo es que estas diferencias no siempre se me antojan del todo auténticas.

– Y eso no te gusta.”

La Contravida
Philip Roth

La Contravida, como lo son prácticamente todas las novelas reputadas que se publican en los EEUU actualmente, cumple con muchas de las condiciones que forman la corriente realista. Y, por tanto, y esto es lo que más me interesa, se lee fácil. La pega es que este género limita mucho los cauces para la sorpresa, y el nivel de exigencia desciende.

En La contravida uno visualiza sin mucho esfuerzo las escenas como si formaran parte de una película. Todo está explicado, todo parece evidente. Incluso simple. Pero la prosa de Philip Roth tiene una facultad pasmosa para quedarse dentro y convertirse en un runrún que nos acompaña allá donde vamos. Esta carraca, por decantación, destila poco a poco ideas que dan forma a las convicciones. Y uno piensa que quizás las cosas no eran tan sencillas. Heredero de Hemingway, precisamente lo que hace Roth es utilizar estos actos cotidianos, en apariencia tan poco significativos, para desentrañar los grandes valores de la cultura contemporánea.

Pero yo he tratado de prostituirlo. O bien de contradecir mis dos primeros párrafos, y por eso he entresacado el diálogo de arriba. Porque es uno de los pocos momentos donde los detalles y las acciones explicitan parte del mensaje. María, hija de una familia inglesa bastante snob y antisemita, dice: “Empiezas a tener identidad en cuanto dejas de pensar”. El interlocutor es Nathan Zuckerman, conocido alter ego del propio Roth. Zuckerman es un judío que se toma su condición muy a pecho. Y le duele, claro.

Esta sencilla conversación representa cualquier diálogo que pueden tener dos personas de culturas diferentes, sean cuales sean de entre todas las que pueblan el mundo. Ridiculiza, además, todos los divertimentos grupales que proceden de la necesidad de pertenencia que tenemos los humanos. O somos hippies, o judíos, o sagitario, o nacionalistas, o culturetas, o de derechas, o del Barça, o de whisky con Coca Cola, o de la generación de los setenta, o fans de la Pantera Rosa, o varias cosas a la vez.

No sea que, por un casual, fuéramos a ser todos amigos.

De propina, y como estoy recolocando las viejas entradas en el nuevo blog, dejo un pequeño texto de Marjane Satrapi que creo que tiene mucho que ver con el contenido del post.