Archivo mensual: septiembre 2009

Amélie Nothomb – Un viaje de letras

“-¿Entonces sigue creyendo que Dios existe?

-Sí, puesto que no dejo de insultarlo.

-¿Y por qué le insulta?

-Para obligarle a reaccionar. No funciona. Permanece impasible, sin dignidad ante mis injurias. Incluso los hombres son menos blandos que él. Dios es un mamarracho. ¿Se da cuenta? Acabo de insultarle y él permanece callado.

-¿Y qué le gustaría que hiciese? ¿Que le fulminara con su ira?

-Creo que lo confunde con Zeus, caballero.”

Cosmética del enemigo (2001)
Amélie Nothomb

Confieso que me acerqué con cuidado a ella. Había oído hablar de la Nothomb pero siempre recibía con recelo las opiniones, como escucho a mi abuela cuando me habla de esa chica de la frutería que tengo que conocer porque es hacendosa y limpia y también está soltera y mayor.

No sé de dónde me habría venido la duda sobre Amélie Nothomb. No había leído nada sobre ella y todas las opiniones eran favorables, o sea que no pintaba mal para una lectura de esas de relajar los músculos. Quizás es porque había demasiados libros suyos en la biblioteca, algo que me suele producir rechazo. O quizás porque es mujer y llevo implícito en mi subconsciente un machismo literario que sería suficiente para enviarme mil años atrás y dejarme allí colgado. Esto último lo decía en broma. Bueno, sí, la intención era la broma, pero ahora mismo me está entrando una duda de autoconocimiento que me empieza a preocupar: reviso el blog y sólo tengo dos nombres de mujer, uno de una norteamericana desconocida que escribe de miedo –Ann Beattie– y otro de una escritora intimista, dulce, con mucho talento para la construcción de personajes, pero que en mi opinión se pasó de líneas en su primera novela y a la que no traté muy bien en el comentario –Leticia Sigarrostegui-. ¡Joder, yo que me creía un tipo moderno y voy a acabar siendo un cavernícola! ¿Realmente puedo yo ser machista, algo que no me había ni remotamente planteado? ¡Abuela, llama a la frutera, que acabo de descubrir que tenías razón, que necesito a una mujer limpia que me cuide la casa, planche y cocine mientras veo con los amigotes el fútbol!

Bueno, volvamos a Amélie Nothomb, que a este paso pierdo la mitad de mis lectores -contando con que la paridad se aplique también al blog-. Sea por lo que sea, y olvidando esa sospecha que me ha entrado en el párrafo anterior, confieso que nunca me había acercado a la escritora belga nacida en Japón. Para remediarlo, la mejor manera fue coger el libro más fino que encontré –Cosmética del enemigo– y empezarlo a leer. Tenía unos minutillos de descanso, así que me puse a hojearlo sin mucha fe y… no salí de la biblioteca hasta acabarlo. Vale que el libro es breve, su lectura completa no dura más de una hora, pero cayó como un vendaval.

En cuatro páginas me vi enganchado en una conversación estúpida entre un señor que lee mientras espera la salida del avión, y un pesado impertinente que empieza a hablarle y a perseguirle hasta que consigue ser escuchado. Conforme avanzan las hojas, la conversación se va haciendo más densa e incómoda mientras el pesado se encuentra cada vez más en su salsa. El otro, el lector, quiere huir pero poco a poco se ve metido de lleno en la trama, y contempla cómo su vida se desmorona poco a poco. Mientras avanzamos por la Cosmética del enemigo, el tono anímico sube al mismo tiempo que la altura intelectual y el relativismo que preside las vidas de los contendientes. En ocasiones, incluso se cita a personajes como Spinoza o Pascal. Por cierto, ¿alguien sabía que la palabra cosmética no se refiere únicamente a esos embellecedores para humanos, sino que tiene origen en la fuerza que regula los mecanismos del universo -cosmos-? Hay momentos en que parece que la tensión ha alcanzado el límite, pero siempre aparece un detalle más, otro dato, que aumenta la tirantez.

Al final, tras un inesperado y violento viaje de letras, levanté la vista y volví a reconocer la biblioteca. Respiré hondo, dejé Cosmética del enemigo en su estantería, recogí las cosas, y me fui a casa. Ahora lo pongo aquí para recordarlo. ¡Ah! Y también para dar el primer paso en la lucha que acabo de empezar para acabar con mi machismo cultural. Espero hacerlo con rumbo y lógica, no como otros que quién sabe en qué estarán pensando.

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Toole – Leer a carcajada limpia

“-Ignatius, chico, déjame entrar -chilló.

-¿Que te deje entrar? -dijo Ignatius a través de la puerta-. Ni hablar. Estoy ocupado en este momento en un pasaje especialmente sucinto.

-Déjame entrar.

-Ya sabes que nunca te permito entrar aquí.

La señora Reilly aporreó la puerta.

-No sé qué es lo que te pasa, madre, pero sospecho que sufres un trastorno temporal. Ahora que lo pienso, me da demasiado miedo, no puedo abrirte la puerta. Puedes tener un cuchillo en la mano o una botella rota.

-Abre la puerta, Ignatius.

-¡Ay, la válvula, que se me cierra! -croó sonoramente Ignatius-. ¿Ya estás satisfecha, ahora que me has destrozado para el resto del día?

La señora Reilly se lanzó contra la madera sin pintar.

-Bueno, no rompas la puerta -dijo él por fin y, unos instantes después, se abrió el pestillo.

-¿Qué es toda esta basura que hay por el suelo, Ignatius?

-Eso que ves es mi visión del mundo. Aún tengo que estructurarlo en un conjunto, así que mira bien dónde pisas.

-Todas las persianas cerradas. ¡Ignatius! Aún hay luz fuera.

-Mi yo no carece de elementos proustianos -dijo Ignatius desde la cama, a la que había vuelto rápidamente-. Oh, mi estómago.

-Aquí huele a demonios.

-Bueno, ¿qué esperas? El cuerpo humano, cuando está confinado, emite ciertos aromas que tendemos a olvidar en esta época de desodorantes y otras perversiones. A mí, en realidad, el ambiente de esta habitación me resulta bastante confortante. Schiller, para escribir, necesitaba en su mesa el aroma de manzanas podridas. Yo también tengo mis necesidades. Has de recordar que Mark Twain prefería la posición supina en la cama cuando componía esos abortos aburridos y trasnochados que los eruditos contemporáneos intentan demostrar que son importantes. La veneración que se rinde a Mark Twain es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual.

-Si hubiera sabido que esto estaba así, hace mucho tiempo que habría entrado.

-No sé por qué estás aquí ahora, en realidad, ni por qué sientes esa súbita necesidad de invadir mi santuario. Dudo que vuelva a ser el mismo después del trauma de esta intrusión de un espíritu extraño.

-He venido a hablar contigo, hijo. Saca la cara de entre esas almohadas.

-Debe de ser la influencia de ese ridículo representante de la ley. Parece que te ha vuelto contra tu propio hijo. Por cierto, se ha ido ya, ¿no?

-Sí, y me disculpé por tu actuación.

-Madre, estás pisando los papeles. ¿Tendrías la bondad de desplazarte un poco? ¿No te basta con haberme destrozado la digestión, también quieres destruir los frutos de mi cerebro?

-Bueno, ¿dónde quieres que me ponga, Ignatius? ¿Quieres que me meta en la cama contigo? -preguntó furiosa la señora Reilly.

-¡Mira dónde pisas, por favor! -atronó Ignatius-. Dios santo, nunca existió nadie tan total y literalmente acosado y asediado. ¿Qué es lo que te ha impulsado a entrar aquí en este estado de locura absoluta? ¿No será ese olor a moscatel barato que asalta mis órganos olfativos?

-He tomado una decisión. Tienes que salir y buscarte un trabajo.

Oh, ¿qué broma pesada estaba gastándole ahora Fortuna? ¿Detención, accidente, trabajo? ¿Dónde acabaría aquel ciclo aterrador?

-Comprendo -dijo pausadamente Ignatius-. Sabiendo como sé que eres congénitamente incapaz de llegar a una decisión de esta importancia, supongo que ese policía subnormal es quien te ha metido la idea en la cabeza.

-El señor Mancuso y yo hablamos yo como solía hablar con tu papá. Tu papá me decía lo que había que hacer. Ay, ojalá estuviera vivo.

-Mancuso y mi padre sólo se parecen en que los dos dan la impresión de ser seres humanos bastante inconsecuentes. Sin embargo, tu actual mentor parece de esos individuos que piensan que todo puede arreglarse si todos trabajamos sin parar.

-El señor Mancuso trabaja duro. Tiene un trabajo muy difícil en el barrio.

-Estoy seguro de que mantiene a varios vástagos indeseados, todos los cuales están deseando crecer para ser policías, las chicas incluidas.

-Pues has de saber que tiene tres niños preciosos.

-Me lo imagino -Ignatius comenzó a saltar lentamente en su cama-. ¡Uau!

-Pero qué haces, ¿otra vez estás tonteando con esa válvula? Eres la única persona que tiene una válvula. Yo no tengo ninguna válvula.

-¡Todo el mundo tiene válvula pilórica! -chilló Ignatius-. Lo que pasa es que la mía está más desarrollada. Intento despejar un pasaje que tú has logrado bloquear. Aunque tengo la impresión de que puede estar ya bloqueado para siempre.”

La conjura de los necios (1962)
John Kennedy Toole

La risa suele ser más cosa colectiva, de amigotes, cubata en mano y chiste de mal gusto; con ella demostramos complicidad, aprecio, buen rollo y, sobre todo, identificación con una serie de lugares comunes que nos son propios sólo a nosotros -a nosotros los colegas, a nosotros los listos, a nosotros los de Pamplona o a nosotros los hombres machitos en toda su generalidad y extensión-. Cuando uno lee no suelen darse esas condiciones; quiero decir, es una actividad que se lleva a cabo en silencio, sin música estridente y sin amigotes que coreen. Lo de los cubatas, allá cada uno, no seré yo quien impida agarrarse un pedo y echarse después unos párrafos, que de todo tiene que haber en este aburrido mundo de los libros.

Pero llega el momento de coger entre las manos novelas como La conjura de los necios, y uno se da cuenta de que no hace falta compañía para garantizar la risa. Este verano -cuando aún existía la estación, que el otoño ha caído en Pamplona como si no hubiera más lugares desapacibles en el mundo- releía yo La conjura de los necios en la piscina, rodeado de chicas embarazadas que veían jugar a niños ya nacidos y chulitos cachas con raquetas de tenis; y leía, me despistaba y por un instante no podía evitar gritar unas risas que atraían todas las miradas. Al principio daba corte, pero luego, cuando mi reputación de ser humano normal un poco gordito había caído por los suelos y ya pensaban en mí como el lunático ese de los libros, me dejaba llevar y me partía con las ocurrencias de otro gordo mucho más impertinente: Ignatius Reilly, uno de los personajes mejor dibujados que he leído, alguien a quien todos querríamos conocer alguna vez para poder partirle la cara con todo merecimiento.

Su historia tiene momentos tan hilarantes que obligan a cerrar el libro y respirar hondo para dejar pasar el ataque. Los demás personajes que se presentan no son menos memorables. Las cartas de Myrna Mankoff a Reilly son inconmensurables, con ese encabezamiento de “señores” en todas ellas; las respuestas de Reilly, y sobre todo su escasa conexión con la realidad; las verdades de Bruma Jones, el negro deslenguado; el McCarthismo irreflexivo -valga la redundancia- del sr. Robichaux, la histeria de la señora Levy… una galería de prototipos que John Kennedy Toole mezcla -más bien, revuelve- en la novela, a los que saca punta con bisturí de cirujano, y cuyas características estira hasta el absurdo para conseguir una historia llena de conexiones imposibles, diálogos ácidos y malos entendidos con un ágil toque de camarote de los hermanos Marx. En suma, una joya para pasar muy buenos ratos, ver la realidad con otros ojos y leer buena literatura sin tener que poner cara de gafapasta.

Que un autor con el humor y la verborrea de John Kennedy Toole no viera publicarse ninguna de sus novelas es una mala noticia. Que se suicidara a los 32 años a causa de la depresión que le entró porque ninguna editorial se decidía a sacar a la luz La conjura de los necios es una malísima noticia. Que, en 1981, la misma novela rechazada doce años antes ganara el premio Pulitzer es una demostración de que la justicia, en el sistema editorial, llega tarde en las ocasiones en que lo hace; un sistema, el tradicional -parece que surgen propuestas que abren huecos a la esperanza, espero que duren- que tiende a encumbrar a escritores con más contactos que talento y a ignorar lo que llega por otros cauces.

 

Kerouac – De turismo por el origen de la miseria

“Oí una gran carcajada, la risa más sonora del mundo, y allí venía un amojamado granjero de Nebraska con un puñado de otros muchachos. Entraron en el parador y se oían sus ásperas voces por toda la pradera, a través de todo el mundo grisáceo de aquel día. Todos los demás reían con él. El mundo no le preocupaba y mostraba una enorme atención hacia todos. Dije para mis adentros: «¡Whamm!, escucha cómo se ríe ese hombre. Es del Oeste, y estoy aquí en el Oeste.» Entró ruidoso en el parador llamando a Maw, y ésta hacía la tarta de ciruelas más dulce de Nebraska, y yo tomé un poco con una gran cucharada de nata encima.

-Maw, échame el pienso antes de que tenga que empezar a comerme a mí mismo o a hacer alguna maldita cosa parecida -dijo, y se dejó caer en una banqueta y siguió ¡jo! ¡jo! ¡jo! ¡jo!-. Y ponme judías con lo que sea.

Y el espíritu del Oeste se sentaba a mi lado. Me hubiera gustado conocer toda su vida primitiva y qué coño habría estado haciendo todos esos años además de reír y gritar de aquel modo.”

En el camino (1957)
Jack Kerouac

Droga dura para volver, esta vez sí, a la actividad. Mira que llevaba tiempo con ganas de hablar de este libro, no porque sea uno de mis preferidos -de hecho me parece un libro con muchas posibilidades de lectura, pero no hasta el punto de ser favorito-, sino por su desmesurada y a mi modo de ver exagerada aceptación popular. De entrada, una cagada de los encargados de la traducción: me gustaría saber por qué, si el libro se titula On the roadEn la carretera-, en castellano lo plantan como En el camino. Seguro que hay alguna explicación más o menos lógica, pero no estaría mal que alguien me la diera. El título actual me recuerda, y no soy el único, a cierto manual de uso religioso sin mucha relación con el tema del que hablamos.

El libro ha sido calificado de infinidad de formas: el definitivo manifiesto Beat, la biblia hipster, el ritmo del bop hecho letras y otros miles de elogiosos apelativos que incluyen algún término inglés cuya pertinencia depende más de su sonoridad que de lo que realmente significan. En definitiva, un libro que ha sido colocado en los altares de la gloria por ser el retrato de una generación, la de los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial, en el país más poderoso del mundo. A causa de esta novela su autor, Jack Kerouac, alcanzó unas cotas de conocimiento que no supo digerir. Tan tímido era el pobre que dicen que siempre se emborrachaba antes de conceder una entrevista, hasta que un día, a los 47 años, acabó muerto por una cirrosis.

On the road está escrito a modo de novela autobiográfica. Sal Paradise -alter ego de Jack Kerouac-, es el narrador de la historia. Quizás sea por la timidez del autor, pero echo de menos una mejor definición de este personaje. Bueno. El caso es que Paradise recorre los Estados Unidos a la velocidad de la locura de su acompañante, Dean Moriarty, y éste es precisamente quien nos enamora, el que odiamos, el verdadero protagonista de la novela. El loco egoísta que quema la vida en los cilindros de cualquier Cadillac, Hudson o Dodge rumbo hacia ninguna parte, ahora hacia el este, ahora hacia el oeste. Nueva York es uno de los lugares de esa ninguna parte, como San Francisco -Frisco en la novela-, o Dénver en múltiples ocasiones, o Los Ángeles e incluso México, el desconocido y sorprendente paraíso del sur.

Dos aciertos veo en el haber del libro. Por un lado, la fastuosa presentación de cada lugar de los Estados Unidos. En todo momento uno es consciente de dónde se encuentran los protagonistas, bien en el árido oeste o en la dinámica y civilizada Nueva York. Por otro, una filosófica lectura entre líneas que se convierte en aviso para navegantes relatado de forma sangrienta. Después de la segunda guerra mundial, con victoria del imperio, se encumbró al capitalismo a la categoría de divinidad indiscutible, y abrió la puerta al gran pecado de esta doctrina: el consumismo -que ahora parece que está llegando a su fin merced a la manida crisis, ojalá-. Moriarty consume kilómetros y experiencias, y mujeres y drogas, y coches y fracasos tras fracasos y cuando se asienta es por poco tiempo: en seguida se da cuenta del error y vuelve a huir, olvida lo que le da razones y busca más elementos de consumo.

 

“Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, y persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte y echándose sobre mí. Vi su cara extendiéndose sobre las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas; vi su destartalado coche soltando chispas y llamas por todas partes; vi el sendero abrasado que dejaba a su paso; hasta lo vi abriéndose paso a través de los sembrados, las ciudades, derribando puentes, secando ríos. Era como la ira dirigiéndose al Oeste.”

Éste es Dean Moriarty. Sólo por conocerlo merece la pena embarcarse en las páginas de este viaje, y también por darnos cuenta de que no es él el único con sed de miseria: que todos tenemos un Moriarty dentro que nos hace ver el mundo como una gran oferta de artículos de consumo.

 

Céline – Viaje al fin de la noche (IV)


“Y además, las flores son como los hombres… ¡cuanto más grande, más torpe!”

Viaje al fin de la noche (1932)
Louis Ferdinand Céline

El mundo de nuevo hace ruido, otra vez es el despertador el que me saca de la cama y vuelvo a dudar sobre qué coleccionable elegir. Es la vida de verdad, que ha vuelto y asoma más apetecible que nunca: proyectos, esperanzas, y alguna que otra realidad.

Mejor vivirlo, lo esperable y lo repentino, que contarlo.

Welcome home, people.

Parte I – Sobre la guerra
Parte II – Sobre los jefes
Parte III – Sobre la corrección política
Parte IV – Sobre la botánica
Parte V – Sobre Nueva York