Kerouac – De turismo por el origen de la miseria

“Oí una gran carcajada, la risa más sonora del mundo, y allí venía un amojamado granjero de Nebraska con un puñado de otros muchachos. Entraron en el parador y se oían sus ásperas voces por toda la pradera, a través de todo el mundo grisáceo de aquel día. Todos los demás reían con él. El mundo no le preocupaba y mostraba una enorme atención hacia todos. Dije para mis adentros: «¡Whamm!, escucha cómo se ríe ese hombre. Es del Oeste, y estoy aquí en el Oeste.» Entró ruidoso en el parador llamando a Maw, y ésta hacía la tarta de ciruelas más dulce de Nebraska, y yo tomé un poco con una gran cucharada de nata encima.

-Maw, échame el pienso antes de que tenga que empezar a comerme a mí mismo o a hacer alguna maldita cosa parecida -dijo, y se dejó caer en una banqueta y siguió ¡jo! ¡jo! ¡jo! ¡jo!-. Y ponme judías con lo que sea.

Y el espíritu del Oeste se sentaba a mi lado. Me hubiera gustado conocer toda su vida primitiva y qué coño habría estado haciendo todos esos años además de reír y gritar de aquel modo.”

En el camino (1957)
Jack Kerouac

Droga dura para volver, esta vez sí, a la actividad. Mira que llevaba tiempo con ganas de hablar de este libro, no porque sea uno de mis preferidos -de hecho me parece un libro con muchas posibilidades de lectura, pero no hasta el punto de ser favorito-, sino por su desmesurada y a mi modo de ver exagerada aceptación popular. De entrada, una cagada de los encargados de la traducción: me gustaría saber por qué, si el libro se titula On the roadEn la carretera-, en castellano lo plantan como En el camino. Seguro que hay alguna explicación más o menos lógica, pero no estaría mal que alguien me la diera. El título actual me recuerda, y no soy el único, a cierto manual de uso religioso sin mucha relación con el tema del que hablamos.

El libro ha sido calificado de infinidad de formas: el definitivo manifiesto Beat, la biblia hipster, el ritmo del bop hecho letras y otros miles de elogiosos apelativos que incluyen algún término inglés cuya pertinencia depende más de su sonoridad que de lo que realmente significan. En definitiva, un libro que ha sido colocado en los altares de la gloria por ser el retrato de una generación, la de los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial, en el país más poderoso del mundo. A causa de esta novela su autor, Jack Kerouac, alcanzó unas cotas de conocimiento que no supo digerir. Tan tímido era el pobre que dicen que siempre se emborrachaba antes de conceder una entrevista, hasta que un día, a los 47 años, acabó muerto por una cirrosis.

On the road está escrito a modo de novela autobiográfica. Sal Paradise -alter ego de Jack Kerouac-, es el narrador de la historia. Quizás sea por la timidez del autor, pero echo de menos una mejor definición de este personaje. Bueno. El caso es que Paradise recorre los Estados Unidos a la velocidad de la locura de su acompañante, Dean Moriarty, y éste es precisamente quien nos enamora, el que odiamos, el verdadero protagonista de la novela. El loco egoísta que quema la vida en los cilindros de cualquier Cadillac, Hudson o Dodge rumbo hacia ninguna parte, ahora hacia el este, ahora hacia el oeste. Nueva York es uno de los lugares de esa ninguna parte, como San Francisco -Frisco en la novela-, o Dénver en múltiples ocasiones, o Los Ángeles e incluso México, el desconocido y sorprendente paraíso del sur.

Dos aciertos veo en el haber del libro. Por un lado, la fastuosa presentación de cada lugar de los Estados Unidos. En todo momento uno es consciente de dónde se encuentran los protagonistas, bien en el árido oeste o en la dinámica y civilizada Nueva York. Por otro, una filosófica lectura entre líneas que se convierte en aviso para navegantes relatado de forma sangrienta. Después de la segunda guerra mundial, con victoria del imperio, se encumbró al capitalismo a la categoría de divinidad indiscutible, y abrió la puerta al gran pecado de esta doctrina: el consumismo -que ahora parece que está llegando a su fin merced a la manida crisis, ojalá-. Moriarty consume kilómetros y experiencias, y mujeres y drogas, y coches y fracasos tras fracasos y cuando se asienta es por poco tiempo: en seguida se da cuenta del error y vuelve a huir, olvida lo que le da razones y busca más elementos de consumo.

 

“Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, y persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte y echándose sobre mí. Vi su cara extendiéndose sobre las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas; vi su destartalado coche soltando chispas y llamas por todas partes; vi el sendero abrasado que dejaba a su paso; hasta lo vi abriéndose paso a través de los sembrados, las ciudades, derribando puentes, secando ríos. Era como la ira dirigiéndose al Oeste.”

Éste es Dean Moriarty. Sólo por conocerlo merece la pena embarcarse en las páginas de este viaje, y también por darnos cuenta de que no es él el único con sed de miseria: que todos tenemos un Moriarty dentro que nos hace ver el mundo como una gran oferta de artículos de consumo.

 

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4 Respuestas a “Kerouac – De turismo por el origen de la miseria

  1. Uno de los pocos que no he podido terminar. Demasiadas idas y venidas. Y la tía del individuo habría que ponerla en un pedestal, santa paciencia.

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  2. Pues yo no le tengo muchas ganas: mi chico lo leyó y lo calificó de repetitivo. Dice que se marchaban a un sitio, conseguían pareja y trabajo, y al poco tiempo se iban para otro pueblo, y lo mismo, y así todo el libro. Está bien el tema anticonsumismo, en serio, pero la verdad es que ganas de leerlo no me entran, pese a que tu crítica no es tan negativa…

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  3. A mí este libro me dejó totalmente deslumbrado cuando tenía dieciseís o diecisiete años. Comparto muchas de las cosas que dices: es un libro escrito a la carrera, sin apenas correcciones, sobre la marcha y eso es uno de sus encantos, aunque entiendo que algunas veces pueda parecer por ello deslavazado. Sí, no va a ninguna parte, pero es que de eso se trata, de estar "en el camino" o "en la carretera", de vivir las cosas sin que al final gane el bueno o se descubra al asesino. Es una forma de entender la literatura como forma de vida que me encanta y que yo creo que se ha sustituido hoy totalmente por la concepción de la literatura como negocio. ¿Qué tiene muchos errores? ¿Qué importa? Es una novela para leer con pasión, y esa pasión o se comparte o no, así de natural.¿Lo malo? que es un libro, en mi opinión, sencillo y auténtico, tan sencillo que es muy facil de imitar posteriormente por tantos escritores que han ido de enrollados y de nuevos Kerouacs, por tantos "jipiosos" de a tanto la pose

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  4. Pingback: Cinco milímetros de agua | Vividor de otras vidas

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